Vayan al cine, que se acaba. Aprovechen la fiesta, no sea que se les pase la oferta y tengan que pagar más. Aprovechen, que ahora es el momento. Si no lo hacen, se arriesgan a que les tomen por idiotas. ¿Son ustedes idiotas? 

Qué importa regalarle nuestra información al CRM de las empresas; qué más da que luego comercien con nuestros detalles y los de nuestros seres queridos; qué importancia tiene meter nuestro nombre en una base de datos de Dios sabe qué cosa. ¡Nos regalan dos euros y pico de la entrada! Por ese dinero cualquiera vendería su intimidad y marcaría la casilla de «acepto que me manden publicidad para siempre». Fíjense qué gran ahorro, sobre todo ahora que el cine está más caro que nunca. Una entrada cuesta hoy día casi lo mismo que un gintonic. ¡Casi lo que un menú de comida rápida! ¿Se lo pueden creer? Hay que aprovechar estas cosas, que se ha convertido en un artículo de lujo.

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Vayan al cine, que se nos agota. Ahora mismo es un bien más escaso que nunca. Apenas se puede disfrutar en la tele; apenas lo pueden ver en internet. No hay ya pantallas ni recursos para ver cine; todo depende de las salas. Si no vamos, el cine muere. No han encontrado otra ventana de explotación, y la piratería insana lo está carcomiendo. Vayan al cine, por supervivencia. Que se acaba. Como la música, que se está extinguiendo. Ya hace años que nadie saca un disco, y las películas están así así. Vayan, vayan… y no olviden dejar su información y su correo para que les mandemos publicidad, que, si no, no les hacemos descuento.

Vayan al cine, y lleven a sus hijos quinceañeros. A los menores de la familia. No se preocupen, que comerciaremos con sus datos en consecuencia. Además así, después de la sesión, les pueden llevar a poner un telegrama. ¡Qué mejor manera de enseñarles cómo era la forma de vida de sus abuelos y bisabuelos!

— Mira hijo, esto es un cine. Así se veían las películas antes del iPad, antes del HD y de la pantalla plana en el salón. ¿Te gusta?

— Sí, mucho, papá, lo voy a tuitear.

— No. No se puede. Tienes que apagar el teléfono.

— ¿Apagar el teléfono? ¿En serio?

— Sí hijo, sí. Y además no podemos hablar. En el cine hay que estar en silencio como en misa.

— ¿Como en qué?

Vayan al cine, y disfruten de la experiencia. La pantalla grande, el sonido envolvente, el codo del vecino, las risas, las toses, el móvil del de la tercera fila, las palomitas, los adolescentes… ¿No les apasiona? ¿No les encandila? El cine en sala con todos sus añadidos: el asiento incómodo de hace dos décadas, el chicle sorpresa en el reposabrazos, el aire acondicionado… Y ese magnífico doblaje obligatorio que tanto nos gusta. ¿Para qué escuchar la voz de Scarlett Johansson, si con la de una tal Joël Mulachs nos entendemos? ¿Para qué seguir los chistes idiomáticos y los acentos originales? A nosotros con que nos pongan un poquito de deje cubano a los personajes latinos ya comprendemos que los policías de Miami no les entiendan.

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Vayan al cine, que hay pelis muy buenas y bien de precio. Bueno, la verdad es que están todas al mismo precio, las de niños y las de adultos; las españolas y las extranjeras; las superproducciones y el cine low cost. Todo es lo mismo, vale lo mismo, cuesta lo mismo. Aprovechen el chollo. Y además disfruten de los temas maduros del cine de ahora; las tramas complejas para gente adulta. Pasen, pasen, firmen el papelito, marquen la casilla y tomen su entrada dos euros más barata por gentileza de los patrocinadores. El peliculón que van a ver no les dejará indiferentes, seguro.

Vayan al cine, por piedad, que nos hace falta decir que la gente sigue yendo al cine. Que queremos al menos tener una alegría, aunque no le ganemos. Abrir mañana el periódico y ver las colas, y el éxito, y la afluencia… y así poder soñar despiertos con que este tipo de cosas animará a la gente a ir más al cine. Que seguro que esto nos resulta más barato que meter menos asientos y hacerlos más cómodos; que seguro que nos sale mejor que renegociar colectivamente el asunto de los paquetes de películas; que nos sale a cuenta, en vez de mejorar la experiencia en sala, en vez de adaptarnos o reconvertirnos. Seguro que cuando termine la Fiesta del Cine volvemos a llenar y tenemos a la Disney contenta. Porque el público sólo necesita una chispa para volver a entrar en revolución. Que sí, que sí. ¿O acaso te crees, Manolo, que la gente sólo se mueve por los chollos? ¿Acaso te piensas que el público sólo reacciona ante las rebajas? No. Ya verás. Pasado mañana ponemos el precio normal y volvemos a ganarle dinero.

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Vayan al cine, que la experiencia es mucho mejor que en casa. Disfruten del calor humano, del roce colectivo. Teniendo esto, ¿quién quiere ver películas sentado en el sofá o tumbado en la cama? ¿Quién disfruta del cine en pijama o en calzoncillos? Hagan caso, déjennos sus datos, acepten el contrato de publicidad, acepten que nos quedemos con su información, acepten que la podamos vender al precio que nos dé la gana sin tener que pagarles nada a cambio, y disfruten del cine de verdad, en la sala, como Dios manda.

Vayan al cine, que es lo que toca. En Navidad regalos, en San Valentín bombones, el día de la madre… y en la Fiesta del Cine. ¿No ven que va todo el mundo? ¿No ven que les ha llamado su amigo, su primo o su aborregado colega? ¿Qué son ustedes acaso? ¿Librepensadores? Pues piense cómo le verán los demás cuando termine la fiesta y le diga a sus compañeros en la oficina que usted no la aprovechó. ¡Quedará como un paria! Todo el mundo sabe que no hay nada más español que aprovechar una oferta, un chollo, un pelotazo. Y quien no lo hace es que es tonto. ¿Es usted tonto? Ande, sólo son unos datos de nada. No tiene ni que darnos su facebook ni enseñarnos su foto: ya nosotros nos encargamos de buscarla. ¿A qué espera? Deje de leer esto y váyase al cine. ¿Qué duda? ¿Acaso cree que nuestras intenciones al patrocinarle no son buenas? ¿Acaso teme que comerciemos con su privacidad para venderle champús? ¿No cree que nos mueve la filantropía? ¿Acaso se piensa que queremos hacer leña del árbol caído?