Si hay algo que caracteriza, en general, cualquier franquicia cinematográfica que se precie es que cada nueva entrega debe ser más sorprendente y espectacular que la anterior. Los conflictos de las segundas partes tienen que ser superiores a los de las primeras; y los de las terceras partes deben subir exponencialmente el nivel de las secuelas. En esta escalada, la séptima entrega de A todo gas tiene todos los ingredientes obligatorios en su rango: acción, disparos, explosiones, coches de gran cilindrada, piruetas imposibles al volante… pero, como cabe esperar, con todo esto apenas queda sitio para el argumento.

Porque si de algo carece Furious 7 es precisamente de un argumento consistente. Tiene, en vez de eso, una excusa; un pretexto pirotécnico y gratuito para pisar el acelerador y hacer a los coches volar (literalmente). Siguiendo la historia de la sexta entrega, en la que el antagonista queda en estado comatoso, es el hermano de éste, un villano interpretado por Jason Statham (conocido por otras sagas al volante como Transporter) quien jura venganza contra la cuadrilla que dirige Vin Diesel. Perseguidos por este asesino implacable, Diesel encuentra apoyo de manera sorpresiva en un misterioso individuo (Kurt Russell), que dirige una unidad encubierta del ejército y que promete ayudarle contra su verdugo a cambio de que el equipo de Diesel le consiga «el ojo de Dios», un software de reconocimiento facial a escala planetaria de vital importancia —como McGuffing, claro está—. Para ello tendrán que rescatar al hacker que lo diseñó, que se encuentra en manos de una sofisticada banda de mercenarios.

La película llega después de que una trágica noticia empañase su producción: la muerte de uno de sus principales intérpretes, Paul Walker, que perdía la vida en noviembre de 2013

Independientemente de lo verosímil que pueda resultarle al espectador todo esto, y disparada la trama, como se ve, hacia la estratosfera, aquella pandilla que organizaba carreras ilegales en el primer título de la saga de pronto se ve con un encargo de envergadura en el que tendrá que saltar en coche desde aviones, conducir de ventana a ventana en las torres de Abu Dabi, hacer frente a drones de combate demoliendo las calles de Los Ángeles… y sin más ayuda que la de un episódico Dwayne ‘The Rock’ Johnson y una anecdótica Elsa Pataky.

La película llega después de que una trágica noticia empañase su producción: la muerte de uno de sus principales intérpretes, Paul Walker, que perdía la vida en noviembre de 2013, precisamente en un accidente de tráfico. La obra, no obstante, no se ha resentido visiblemente de la pérdida; Walker realiza su última interpretación fiel al papel que le dio la fama, y la pieza se corona con un colofón a modo de homenaje póstumo que los más entendidos del motor sabrán valorar.

Mucha testosterona —junto al equipo sólo va, de hecho, una mujer: la novia del jefe—, mucha explosión y un villano infalible que hará las delicias de los aficionados al género y los fans de la saga.