Por fin se ha estrenado la que, para muchos, es una de las propuestas frikizoides más esperadas: Gotham, la serie que narra los acontecimientos de la ciudad de Batman, antes de Batman. Aquí la disección del piloto.

Gotham parte con una ventaja que no todas las series del palo tienen: hay un universo detrás. Sí. Un universo. Si las series normales tienen una biblia de personajes y un conjunto de tramas, basta bucear entre la inconmensurable lista de villanos de los cómics originales para entrever que el catálogo de referentes puede ser infinito. Si a esto se añade, además, que Batman es un personaje recurrente de la cinematografía y la televisión ¡de las últimas tres décadas! y que sus personajes habituales —El Pingüino, Joker (Guasón en Latinoamérica), Catwoman (Gatúbela en Latinoamérica… ay, qué maravilloso continente), entre otros— son mundialmente conocidos, raro, muy raro tiene que ser que alguien no esté al tanto de quién es quién. Incluso mi madre en su tierna infancia tenía su Batman sesentero y campy. No. De entrada tiene todas las de ganar.

La propuesta de Gotham, sin embargo, tiene varios problemas que, a mi parecer, lastran un poco la deriva de la serie. El primero de ellos, como es obvio, es la ausencia del héroe. ¿Qué interés puede tener la ciudad de Batman sin Batman? En el piloto, desde la primera secuencia, ya conocemos al joven Bruce Wayne. El prólogo de la serie nos sitúa en el terrible momento en que el joven pierde a sus padres en la famosa y mil veces repetida escena del atraco. Los puristas pueden estar contentos, porque tiene todos los elementos: el callejón, el collar de perlas… Eso sí, no se muestra la cara del villano. Y ahí está el detonante de todo: encontrar al asesino de uno de los hombres más acaudalados de la ciudad. ¿Será El Joker, como en la versión burtoniana? ¿Será algún otro personaje del universo como «Máscara Negra»? La pista de los zapatos brillantes y la bala «especial» juega bastante al despiste, aunque los «huevos de pascua» que abundan en el piloto apuntan al Guasón —pintadas smile medio escondidas, aspirantes a comediantes con poca gracia…—

En fin, el caso es que el hueco dejado por Batman ha pasado a ocuparlo un nuevo protagonista: Jim Gordon, policía noblote recién llegado a la ciudad que tendrá que bregar con toda la corrupción imperante en el departamento —además de los escarceos lésbicos de su novia—. ¿Ven ya el problema? El verdadero conflicto del asunto está en la propia moral de policía. O bien se corrompe para sobrevivir entre sus pares en la ciudad Gótica, o bien opta por llevar una doble moral: acceder a corruptelas menores, saltarse la ley con tal de poder ir «limpiando» poco a poco la ciudad de maleantes; actuar como un lobo solitario mintiendo a sus compañeros y ocultando sus verdaderas y nobles intenciones; hacer el bien bajo una máscara turbia y oscura… exacto, convertirse metafóricamente en Batman. Esto, conociendo como conocemos la historia futura —sabemos que va a haber un Batman— nos lleva a un nuevo dilema: si ya tenemos un héroe capaz de actuar al margen de la ley, ¿qué necesidad hay de otro?

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Porque el verdadero sentido de un héroe enmascarado es que se apresta a llegar donde los héroes legítimos no pueden. El verdadero drama del personaje de Jim Gordon —y la justificación de que medio tolere la presencia del Hombre-Murciélago— es que tiene las manos atadas por una ley y una cadena de mando corruptas que protegen a los poderosos en sus villanías. Gordon debería ser un héroe frustrado; un policía introvertido condenado a cargar la cruz de la ignominia bajo la pesada capa del silencio, pero en Gotham dista mucho de serlo. Es más: mira a la cara a los villanos, es arrogante, luchador, y además pregona a los cuatro vientos máximas propias de justiciero enmascarado del tipo «no descansaré hasta encontrar al asesino de tus padres y limpiar el departamento». ¿Un problema? Obvio, pero está claro que no nos interesaría lo más mínimo si no fuera así.

Y esto me lleva al segundo problema de la serie: la lógica, o más bien su ausencia. Gotham plantea unas premisas del todo irreales con las que quieren hacernos comulgar, quizá para hacer la cosa más llevadera, para complicarse menos desde el punto de vista argumental, o sencillamente porque consideran que los espectadores son sencillamente idiotas y no van a entender un planteamiento más elaborado o con más subtexto. Por ejemplo, en vez de presentar un departamento de policía en el que los mediocres se llevan el mérito de los excelentes, optan por invertir el mundo posible y hacer que lo malo sea lo bueno. Así, el pobre Jim no hace más que llevarse broncas de sus superiores cuando hace las cosas bien: que reduce satisfactoriamente a un delincuente sin necesidad de sacar el arma, mal hecho, le tenía que haber pegado un tiro aun a riesgo de la rehén; que atiende a un niño traumatizado que acaba de presenciar el asesinato de sus padres y que tienen abandonado, solo, bajo una manta en plena escena del crimen, mal hecho, tenía que haberlo ignorado… y así todo. Y no sólo es el caso de Gordon, también el Pingüino sufre bajo la batuta de guionistas sin atisbos de lógica en las cabezas. Si no, no se explica que siendo uno de los grandes villanos de la franquicia sea tan torpe en sus maquinaciones —aunque la escena inculpatoria de las perlas en la droga se nos cuenta en off, para mayor cobardía de los realizadores—.

Pero, con todo, Gordon se lleva la palma. Consciente de lo traumático de la situación del joven Bruce Wayne, y tras ser testigo de ciertas tendencias del chaval que están entre lo esquizofrénico y lo suicida, el bienintencionado policía considera que lo más adecuado es ir a verle para decirle que todavía no han pillado al asesino de sus padres. Es más, va expresamente a ver a chico para que sepa que el tipo al que han acusado del crimen en realidad era inocente. Que lo sepas, chavalín; no hagas caso a los periódicos. El que mató realmente a tus padres sigue por ahí, y sabe dónde vives. Te lo digo así para que tú, a tus doce años, entiendas la situación y estés al tanto del asunto, y porque quiero mantenerte informado. Porque estaba yo en el penthouse de mi novia millonaria pensando y me he dicho, qué caray, el chaval merece saber la verdad, ¿por qué me lo voy a callar y evitarle el sofoco mientras investigo a escondidas si puedo meter el dedo en la llaga y traumatizarle un poco más? Lo mismo así consigo que termine por perder la cabeza, crezca sin amigos, dilapide su fortuna en disfraces de murciélago, y se deje la vida haciendo mi trabajo con una mallas negras por los tejados de la ciudad.