Goya murió como la inmensa mayoría de genios españoles: en el exilio. Concretamente, pasó a mejor vida en Francia en 1828, sesenta y seis años antes de que apareciera el cinematógrafo en el mismo país. Y hasta ahí toda la relación del pintor con el cine: la geográfica. Obviamente, Goya no llegó jamás a entrever la fotografía en movimiento ni a fantasear con sus posibilidades pictóricas. ¿Por qué, entonces, nuestros premios de la Academia de Cine llevan el nombre —y la efigie— del artista?

Es raro, ¿no les parece? El Premio Cervantes se concede a las letras y lleva el nombre de un escritor; el Velázquez de las Artes Plásticas lleva el nombre de un pintor; incluso, fíjense, el Daoiz, uno de los más importantes premios militares, lleva el apellido de uno de los héroes sublevados contra la invasión napoleónica. ¿Por qué los premios de la Academia de Cine no siguen esa tradición? ¿Acaso no ha habido cineastas españoles?

El Premio Cervantes se concede a las letras y lleva el nombre de un escritor; el Velázquez de las Artes Plásticas lleva el nombre de un pintor

Claro, tenemos que ponernos en el contexto de la creación de los premios, allá por la lejanísima y remotísima —nótese la ironía— primavera de 1987. ¿Qué impulsaría a los creadores del galardón a robar el nombre de los pasillos del Prado? Quizá fuera que los Buñuel tenían un tinte demasiado político; tal vez fuera que los Berlanga, con Berlanga presente, fueran demasiado personalistas; y está claro que lo de poner un nombre aséptico tipo Óscar —como en Hollywood—, César —como en Francia— o una sigla tipo BAFTA —como en Reino Unido— es demasiado elegante para nuestro castizo temperamento soez.

Goya. Porque sí. Según ataja la página web de la propia Academia —tienen un apartijo especial tan sólo para justificar el nombre, luego se ve que más de uno se lo ha preguntado— se eligió Goya por ser un nombre corto y porque, según parece, «Goya (marca registrada) había tenido un concepto pictórico cercano al cine y varias de sus obras más representativas tenían casi un tratamiento secuencial» —lo de «marca registrada» lo pone la propia web de la Academia, ojo, que así a lo tonto han registrado al mismo pintor como marca comercial—. ¿Se lo creen?

El cine no es arte. No lo es. O, al menos, no lo consideran un arte de primera categoría

Es posible, oye. No soy un experto como para negar los elementos secuenciales de los lienzos del zaragozano, aunque debo decir que como justificación no vale un pimiento. Más elementos secuenciales tienen los veintitantos actos de La Celestina; los cientos de endecasílabos enfáticos del maestro Quevedo; los ochenta y ocho arcos de medio punto de la Plaza Mayor de Salamanca de Alberto Churriguera, dispuestos así, como los actos, como los versos, en secuencia, uno tras otro. ¿Por qué no ponerles «los Quevedo»? Nada. Goya, porque sí.

Mi teoría personal sobre el asunto de la elección del nombre de nuestros premios cinematográficos más conocidos es que todo parte de una premisa muy sencilla que todavía, y puede que cada vez más, revolotea por el inconsciente de alguno: el cine no es arte. No lo es. O, al menos, no lo consideran un arte de primera categoría. La pintura sí, claro. Está en los museos. Pero ¿el cine? El cine es una distracción, un divertimento, un producto comercial, espectáculo. ¿Arte? No. El arte tiene el 10% de IVA, el cine el 21. ¿Cómo va a ser el cine arte? ¿Y cómo vamos a ponerle a unos premios el nombre de un cineasta? Anda, anda, Manolo, ponle el nombre de algún artista «de verdad», y mejor de uno muerto, que no se puede defender.

Si el cine se considerase arte se enseñaría en las escuelas, ¿no?

Si el cine se considerase arte se enseñaría en las escuelas, ¿no? En nuestros libros de texto estudiamos a Lorca, a Alberti, a Dalí y a Picasso, pero apenas mencionamos a Buñuel aunque compartiera residencia con los tres primeros; estudiamos a Cela y su Colmena, pero no mencionamos a Berlanga y Mister Marshall, ni a Bardem con el ciclista, que son prácticamente de la misma época. Obvio. No es arte. No se considera arte. Es propaganda, evasión y comercio. Pretexto para vender palomitas de maiz y destape. Landa y Cantudo. ¿Acaso hay museos importantes de cine? ¿Acaso dedicamos el más mínimo cuidado a la conservación de nuestra filmoteca? Claro que no. Los museos son para las esculturas, los cuatros y los toros, Manolo. El cine es cosa de protestantes. Ponle Goya, anda, que así por lo menos le damos un poquito de empaque a la gala de Televisión Española con el nombre de un artista de verdad, tú.