La segunda temporada de Hannibal llega con una propuesta similar a la primera: inquietante, irracional, y terriblemente hermosa.

Hannibal es un trampantojo para los sentidos. Puedes aceptarlo y dejarte seducir, o no; puedes sucumbir al engaño y disfrutarlo, o enarcar el entrecejo y tratar en vano de buscarle un sentido. No hay otra. Lo toma o lo deja, señor comensal.

Porque eres eso: un comensal en la mesa de esta propuesta de la NBC —una pública, ojalá las nuestras fueran tan arriesgadas—. De entrada, el menú de Hannibal te resulta familiar: crimen, policiaco, FBI… Nada que no conozcas. Todo te entra por el ojo. Tomaré de primero… Pero claro, luego llega la sorpresa.

Nada es lo que parece. De pronto empiezan a presentar ante ti unos platos que no parecen tener ningún sentido. Oiga, camarero, que esto no es lo que yo he pedido. Sí, sí, es; es la interpretación del chef. Pruébelo. Porque en Hannibal el plato tantas veces trillado y manido de la investigación policíaca no tiene el menor sentido. Primero por lo imposible —como ya dijimos de la temporada anterior—, y segundo por lo extraño de la componenda. Oiga, pero esto ¿cómo se come?

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[blockquote author=”” pull=”pullright”]De nuevo lo onírico se mezcla con lo real y lo real sencillamente roza el absurdo.[/blockquote]

La segunda temporada parte del lugar donde nos dejó la primera: Graham convertido en el Hannibal de las películas, y el Hannibal de la serie convertido en el Graham que nunca apareció en los libros. El mundo al revés. Y oye, con cruce de acusaciones incluido. Mientras, un nuevo serial killer haciendo de las suyas, pero sin que nos importe demasiado. ¿Qué más da? No, no… no le importa a nadie.

A nadie. Como los asesinillos de pacotilla de la primera temporada, que pasaron sin pena ni gloria frente al conflicto externo/interno del protagonista y su verdugo psicológico; su dementor particular; su Hades subterráneo. ¿Comerá también Graham de la granada que se presenta en sus sueños? ¿Será su condenación eterna? Caos ominoso. Oiga, camarero, no entiendo absolutamente nada. ¿Esto también se come? Sí, sí. Trague, trague.

Porque a veces es esa sensación —por otra parte tan bien descrita en el primer episodio de esta segunda temporada— de notar cómo nos meten algo por un tubo hasta el estómago. A la fuerza. De nuevo lo onírico se mezcla con lo real y lo real sencillamente roza el absurdo. Por un lado nos esperamos lo de siempre pero por otro nos encontramos con algo completamente distinto. Deconstrucción. ¿Nos la estarán pegando?

Al menos hay una cosa que es cierta en medio de todo este desbarajuste: es horriblemente bello. Como una creación propia de la Nouvelle cuisine, un hermoso emplatado y una cuidada elaboración puede esconder el más brutal de los desgarros.

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Piénselo. Seguro que le ha pasado: alguna vez se lo han presentado tan bien que ha terminado comiendo carne cruda. Esto es igual. El continente supera con mucho el contenido.

Y eso es lo más grave de todo. Le seducen con una receta conocida; le ponen delante un plato que aparentemente no tiene nada que ver con lo que ha pedido, pero su presentación es tan interesante y atractiva que se lo termina comiendo. Trague, le digo. Hannibal es una obra maestra de puesta en escena y fotografía. El trabajo visual, el juego con el contraluz, la variable profundidad de campo, los colores… Solo por ver los primeros planos de una hermosa e inquietante Gillian Anderson merece la pena sumergirse en el viaje hacia la mente de un loco, aunque ello conlleve contemplar también el horror en primer término.

Hagan la prueba: busquen un solo plano casual; busquen un solo instante en que la figura de los personajes no esté perfectamente recortada con un fondo de iluminación contrastada —la parte del rostro más clara sobre el fondo más oscuro; el perfil más oscuro sobre el fondo más claro—. Trabajazo. Y cariño. Y respeto hacia el espectador. No como en otros lugares.

Pida el postre y quédese tranquilo. Probablemente pasado el trago se pregunte si entre tanta música de fondo, tanto venado y tanto plano hermosamente bello —incluso los grotescos— hay algo que de verdad alimente. Pero no importa. Olvídese. El serial killer de turno no nos importa lo más mínimo; ni siquiera los crímenes en off de Hannibal o de Graham, o de cualquiera tiene la menor relevancia. Nimiedades.

Lo realmente importante es el viaje, así que tome asiento, sírvase una copa de vino, y prepárese para el amuse bouche

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