Soy fan de El Silencio de los Corderos. Siempre la he defendido. Muchos la consideran una película más de género, pero lo cierto es que va mucho más allá. De entrada, sigue siendo una de las tres películas que históricamente ha ganado los cinco Óscars más importantes —película, guión, director, actor y actriz—, lo cual ya les puede dar una idea de la importancia. Sin embargo, lo que considero sublime del film es la fotografía de Tak Fujimoto, que no se llevó la estatuilla. Sí, he dicho fotografía. ¿Por qué? Por dos motivos fundamentales: la escenificación y la empatía. Me explicaré.

La fotografía en El Silencio de los Corderos no se amolda a los imperativos de las escenas. Por decirlo de otra manera, la iluminación no guarda relación con los espacios sino que va acorde a los personajes. Ojo al dato: hay personajes buenos y malos, los buenos están en la luz, siempre bien iluminados, y los malos —el malvado, más bien— está siempre en la oscuridad —salvo cuando finge que es «bueno», que sale a la luz hasta que es descubierto—. Hasta aquí nada del otro mundo. Una dicotomía clásica en la representación del bien y del mal un tanto maniquea si cabe. Pero hay más. Demme, el director, con Fujimoto, nos ofrecen una vuelta de tuerca: Clarice, la protagonista, que es «buena» y pertenece al «mundo de la luz» se adentra paulatinamente en la oscuridad hasta acabar en la mismísima guarida del villano donde, como es obvio, sólo él tiene capacidad de visión —con unas gafas de visión nocturna—. El otro villano, el dr. Hannibal Lecter, también contribuye a este giro hacia lo inesperado: es el malo malísimo, el villano supremo, el demonio… y sin embargo siempre está en la luz. De hecho cada vez que aparece lo hace bajo una luz más y más intensa hasta acabar a la luz del sol; desde su celda —la única iluminada— hasta las calles de la libertad. Bonito, ¿verdad? No termina aquí la cosa.

El segundo rasgo es la empatía, y es que El Silencio de los Corderos es una película feminista. Sí. Un filme policiaco donde un degenerado secuestra mujeres para despellejarlas es feminista, lo digo en serio. Y no solamente porque se pervierta el mito orfeico al poner a una mujer de heroína —que ya—, sino en otros muchos aspectos. Todo el film gira, de hecho, en torno a la feminidad: desde el psicópata asesino que pretende «convertirse» en mujer, hasta la propia Clarice, que luchará durante toda la película por ser mujer en un ambiente de suma masculinidad. ¿Y cómo colabora el director de fotografía a esto? Fujimoto nos «fuerza» a ponernos en la piel de la protagonista mediante el empleo reiterado de la cámara subjetiva: si se fijan, cuando Hannibal le habla a Clarice, realmente le está hablando a la cámara —a nosotros—; cuando el asesino, amparado en la oscuridad absoluta, le acaricia el pelo a Clarice mientras le apunta con su Magnum, en realidad «somos nosotros» los que lo vemos a través de sus ojos. Complicado no sentir empatía, ¿no cree?

La franquicia de Hannibal ha dado mucho de sí. Una secuela, una precuela, y ahora, cómo no, una serie de TV que aborda las experiencias de Will Graham —antes de El Silencio… Thomas Harris experimentó con la trama en El Dragón Rojo sin mucho éxito, luego cambió al protagonista por una mujer y… voliá!—, el agente del FBI que «atrapa» a Lecter. Ya hemos visto el segundo episodio en AXN y la verdad es que no pinta mal —no olvidemos que juega con un amplio universo de referentes, así como una legión de fans—. Todavía es pronto, no obstante, para lanzar veredictos al respecto de la serie, pero llegará: todo lo bueno se hace esperar, Clarice.