Estamos ya llegando al final de Hannibal y lo prometido es deuda. Para mi gusto, es una serie que plantea mucho, que tiene cosas muy loables, pero que a pesar de todo no puede considerarse a la altura de El silencio… ni siquiera a la altura de El dragón. Pero vayamos por partes, como haría el propio Dr. Lecter.

Lo bueno de la serie es que ha intentado ser fiel a su propia factura visual. El color, los tonos, la producción… sin duda son una obra de arte. Lo han tratado de cuidar al detalle, incluyendo los timelapses de las cortinillas. La interpretación de los actores es decente. Casi no vemos a Morfeo; casi no vemos al malo de Casino Royale… Casi. Lo más positivo, para mi gusto, han sido los homenajes. Son perfectos. Como deben ser. Ya decía en post anteriores que los buenos homenajes son los que aluden sin copiar. En Hannibal encontrarán escenarios, planos, encuadres e incluso frases literales de El Silencio de los Corderos bien llevadas, así como escenarios familiares —mi favorito: el cuarto de baño de El Resplandor—.

Malo No muy de mi gusto hay bastante: desde el ritmo hasta el parsimonioso protagonista. Sin embargo, lo que peor llevo de todo es el fuera de campo: lo que sucede sin que veamos. Lo que acontece sin que se nos enseñe. Y en eso no hay mayor desaguisado que los crímenes del propio Hannibal.

El caso es que, si Hannibal te invita a cenar, en lo que tú te afeitas él ha pasado consulta a cuatro pacientes, ha asesinado a un pobre ciclista que pasaba por allí, le ha extraído el hígado —colocando el cadaver en una sorprendente posición y sin dejar ninguna huella—, ha hecho foie gras, lo ha salteado con polenta, patata gaufrette y salsa de zumo de uva verde al estilo del Auberge du Pont du Collongesa y todo, por supuesto, sin ThermoMix.

Parecerá una exageración, pero no lo es tanto. Hannibal comete sus crímenes en off, y allí se quedan: en off. El montaje nos sugiere que todo lo que cocina —bajo la batuta de José Andrés— es de procedencia humana, y ya. Punto. No importa. Tenemos un crimen principal y el resto de asesinatos solo son un medio, un recurso para escandalizar y aterrorizar al espectador incauto mientras Graham levanta una ceja con cara de bobalicón mientras piensa en ciervos, ya sea sentado en su despacho o ante un tótem de cuerpos desmembrados. En el séptimo episodio de la temporada, Hannibal organiza un banquete y contrata ayudantes de cocina que, a juzgar por la tranquilidad con la que trabajan la carne humana —sesos, riñones, etc.—, o no reconocen lo que tienen entre manos porque son zotes dignos de un Chicotazo o están en el ajo, nunca mejor dicho. Y esas cosas me cabrean.

Ante una serie de intriga, por muy psicológica y onírica que nos la quieran pintar, nos movemos en el universo ficcional verosímil. Lo que ocurra tiene que seguir los cánones de lo plausible. Me parece una soez incongruencia explicitar hasta el detalle los asesinatos que soluciona Graham con la mirada perdida al tiempo que nos dejan los crímenes de Hannibal en el mundo de las cosas incongruentes. Como si fuera un extra. Como la serie no fuese con él.