La semana pasada, tras la trifulca del estreno de Alatriste, el creador del personaje, Arturo Pérez-Reverte, comentó la jugada en tuiter. A lo largo de varias intervenciones, el académico tuvo palabras para unos y para otros: loa hacia los guionistas —aunque algún medio quiso entender lo contrario—, aquiescencia con el reparto principal, y algunas tocadas de esgrima hacia la cadena responsable. Y no se equivocaba.

Los guionistas, de entrada, tienen la menor parte de culpa de todo el resultado final. Es verdad que pusieron a una niña impúber a protagonizar una escena de seducción erótica; es verdad que trampearon todo lo que quisieron con la información acerca de la llegada de los ingleses; es verdad que organizaron las escenas en una progresión más bien descendente en intensidad, con algún que otro altibajo. Sí. Es verdad. Pero también es cierto que normalmente un guionista no tiene más potestad para determinar la fotografía que la de indicar si la escena es interior o exterior, de día o de noche; ni hace mayor aportación en la selección del reparto que poner entre paréntesis una edad de referencia la primera vez que sale un personaje, lo cual, como salta a la vista, no es respetado en absoluto. Todo lo demás, lo gordo, es culpa de la cadena —y probablemente lo otro, lo de los guionistas, en muchos casos también lo sea—. En Alatriste, como en todas las series, han trabajado muchas personas que han cumplido con su tarea lo mejor que han podido; lo mejor que les han dejado. Las decisiones, en última instancia, venían de arriba. El escritor, por tanto, tiene razón. El problema es que, entre sus tuits, Pérez-Reverte, quizá movido por la amargura histórica o el fatalismo ibérico que tan bien cultiva, apeló al ya manido tópico de que «en la HBO sería distinto».

Para que me comprendan, lo de compararnos con la HBO como justificación es algo así como el «que inventen ellos» catódico; algo así como decir que si tuviéramos el coche de Hamilton no habríamos quedado en el último puesto de la tabla; algo así como querer dejar claro que nuestra intención y trabajo eran buenos, excelentes, pero que las herramientas y la dirección eran de segunda categoría. ¿Y saben qué me parece, además de una excusa cobarde que pretende exculpar a los guionistas de los fracasos televisivos? Pues me parece una gran verdad, oigan, pero no por lo que ustedes está pensando.

Poner la excusa de que no somos HBO es algo así como decir que no podemos freír bien un huevo porque nuestras sartenes no son marca Le Creuset

Es cierto que la HBO tiene pasta. Puede permitirse superproducciones pop como Juego de Tronos, horteradas como Boardwalk Empire, laberintos como Treme, moralinas como The Newsroom, experimentos como The Leftovers o fuegos fatuos como True Detective. Y además todas a la vez. Sí. La HBO es poderío. Ahora bien, el nivel de calidad de cualquier serie HBO también pueden encontrarlo en AMC (Breaking Bad), o en FX (Fargo), o en Netflix (House of Cards, Orange is the new black), o incluso en Amazon (Transparent). Les digo más: el nivel de calidad de HBO también pueden encontrarlo en la pública danesa DR1 (Borgen, The Killing, Bron/Broen…). Por si quieren hacer números, una temporada de diez episodios como las de Borgen tiene un presupuesto en la danesa de 8 millones de dólares, unos 6,7 millones de euros —sólo la primera temporada de Juego de Tronos costó 60 millones de dólares en HBO—. ¿Creen que hacen falta decenas de millones para hacer una producción decente? Alatriste, según se comenta, ha tenido un presupuesto de en torno a 10 millones de euros.

Poner la excusa de que no somos HBO es como decir que no podemos ir por carretera de Sevilla a Almendralejo porque en vez de un Ferrari tenemos un Citröen

Personalmente creo que hacer una pieza con el «estilo HBO» más que de presupuesto es una cuestión de respeto por la audiencia. Piénsenlo. HBO conoce el perfil de su clientela y actúa en consecuencia. Nosotros conocemos el perfil de nuestros espectadores y nos importa un carajo: cortamos las escenas a medias con publicidad, convertimos cualquier cosa en comedia costumbrista familiar y ponemos tramas para niños pasadas las doce de la noche. HBO sabe que su clientela valora la entidad de sus historias y las respeta. Nosotros ponemos a un treintañero a hacer de veterano de las guerras de Flandes y a una rusa a hacer de castiza española del Siglo de Oro. La HBO sabe que la rentabilidad está en tener muchos clientes contentos y fieles. Aquí pensamos que la rentabilidad está en hacer algo lo más baratito posible y largo, y valorar la publicidad en función del share para que los pocos que nos vean valgan relativamente más a la hora de cobrar. Y, por último, la HBO sabe que cada cliente cuenta y estudia los datos demográficos o socioculturales a la hora de programar su parrilla. Aquí solo importa la masa, el «para toda la familia»; si no tienes una audiencia millonaria relegamos tu serie al cajón de los sueños perdidos.

Poner la excusa de que no somos HBO es algo así como decir que no podemos freír bien un huevo porque nuestras sartenes no son marca Le Creuset; como decir que no podemos ir por carretera de Sevilla a Almendralejo porque en vez de un Ferrari tenemos un Citröen; como afirmar que no podemos hacer las cosas bien simplemente porque hemos nacido en la cara vieja del Mundo. Totalmente absurdo e hipócrita. Porque el problema no es que no seamos la HBO. El problema es que tenemos una ficción televisiva deficiente en todos sus aspectos, incapaz de entender ni entenderse, carente de comunicación entre sus agentes y presa de un reparto de poderes donde los que son realmente creativos tienen que ceder ante quienes simplemente se lo creen.