Aviso del autor: esta crítica contiene spoilers sobre el final de la película. Si la lees sin verla, a lo mejor te hago un favor y te la ahorras.

La poca pero ínclita gente que me lee y se manifiesta sobre ello para mi asombro suele no estar de acuerdo conmigo. Y es que opinar es gratis, y opinar sobre lo que otros opinan también. Ya he intentado adelantarme un par de veces a estos comentarios, sobre todo en mi crítica de la gran familia española. Pero revisando mis entradas a este maravilloso blog Nosoprano, que me paga con fama y repercusión mediática mis disertaciones cinéfilas, me he dado cuenta de que el problema puede estar en que me gusta todo.

Mi madre se lo decía a sus amigas cuando yo era un inocente bebé, mostrando orgullosa mis rollizas carnes. Incluso hay una leyenda urbana que dice que otras madres, preocupadas por sus inapetentes hijos, me invitaban a comer para ver si se les pegaba. Ya de mayor mis colegas en el trabajo insistían en que veo de todo, que no tengo filtro. Yo sí que tengo filtro, el filtro es el precio de las películas que voy a ver al cine. Cada semana acudo religiosamente al cine, que es más de lo que puede decir el 70 por ciento de la gente que opina sobre películas en internet. Además, la magia de las luces bajando de intensidad, el ver la películas en pantalla grande, en óptimas condiciones, ya es un plus para mí, y normalmente, ya que no es mi trabajo, voy a ver películas que creo que me van a a gustar, y como consecuencia hago la crítica, no al revés. La tercera de las razones por las que creo que hago críticas positivas —con la cual concluyo esta introducción— es que por mi condición de creador amateur tiendo a empatizar con quien ha conseguido terminar algo tan complejo como una película, sobre todo si es del cine español.

Bueno, pues hoy no. Hoy me voy a cebar con la basura que vi ayer.

Los juegos del hambre: en llamas, me ha parecido una de las cosas más bochornosas que se han estrenado este año. Así, tal cual. Y no me entiendan mal. Ya sé que es un producto para adolescentes, ya sé que pretende ser una máquina de hacer dinero. Me parece lícito y disfruto con películas de encefalograma plano: «eres entretenimiento de evasión, tú y yo lo sabemos, así que vamos a disfrutar sin darle al coco». Pero es que la nueva peli de Jennifer «mofletitos» Lawrence no solo es mala, sino que tiene ínfulas de película buena,  con un —Spoiler, pero bueno para el caso…— final de esos tipo «estaban todos muertos» que sorprende pero irrita a más no poder.

La primera película de la saga tenía un primer tercio que contra todo pronóstico no estaba mal. Mundo distópico, una dirección artística algo arriesgada y una tensión sexual no resuelta atípica me inducían a pensar que quizás sí que este producto tenía algo especial que lo diferenciara de otras mierdersagas tipo Crepúsculo. Poco a poco Los Juegos del Hambre iba mostrando sus cartas y se iba haciendo más y más tediosa. Hasta que, paradójicamente, cuando la película pierde toda su gracia, ritmo y sentido es cuando empiezan los juegos del hambre, con un sonrojante uso de las casualidades y del Deus ex maquina. Nada de química entre los personajes principales, actuaciones exageradas, trama y sucesión de acontecimientos absurdas…

Pues la segunda es peor, porque tiene todo esto y más. Tengo que reconocerle un mérito, y es que al menos los giros de la trama no son previsibles, en muchas ocasiones por absurdos. Aparte de esto, la historia que se nos presenta es infantil pero sangrienta; es superficial pero nos quieren vender que hay mensaje; es absurda y al final, en una anagnorisis patética, mal rodada y contada a matacaballos, nos explican el porqué de la boñiga que hemos estado viendo y de la que llevamos 40 minutos desconectados.

Y lo peor es eso, las pretensiones de no ser un producto más, de ser más cool. Al final las casualidades no eran casualidades, todo era parte de un plan. Y aunque sobre el papel parece interesante, lo que consigue es que estemos tan hartos de este inventarsealgoporquesí que cuando llega el final y te dan una «explicación sorprendente» —que si recuerdas lo que has estado viendo, hace aguas por todas partes— lo único que queda por decir es: ¡Pos mu bien!. Aparte de que la película no termina, que esa es otra. Si no sabes hacer un final abierto, no lo hagas.

Vamos terminando, porque ni siquiera merece la pena que hablemos de otros aspectos técnicos de la película, como la enésima banda sonora sin personalidad, los efectos digitales exagerados, como de primero de diseño informático, o incluso fallos de enfoque e iluminación. Tampoco echaré más leña al fuego con esa galería de personajes vacíos, prescindibles o con que la historia de amor pierde el poco atractivo que tenía en la primera entrega. Es una película mala, larga y aburrida, no es ni para adultos ni para adolescentes. Me deja esa sensación que tengo cuando escucho a Coldplay: ¿Pero por qué le gusta a tanta gente?

Lo dicho: Pos mu bien.