Pocos temas hay más trillados en la actualidad que el holocausto judío. No es extraño: desde la aparición de Shoah, y especialmente durante las décadas de los 90 y de los 2000, ha habido varias perspectivas distintas sobre el mismo hecho histórico. Desde los documentales de Claude Lanzmann hasta las obras mil y una veces conocidas de El Pianista, La lista de Schlinder La vida es bella. Sin embargo, László Nemes ha conseguido lo que parecía imposible: renovar el tema con una mirada distinta a través de Hijo de Saúl.

Son of Saul es una clara antítesis formal de trabajos como La academia de las musas o la trilogía de Las mil y una noches (2015). Mientras los trabajos de José Luis Guerín o Miguel Gomes buscan la imagen más pura para relatar una ficción, el trabajo del director húngaro busca bajo la cinematografía de ficción una visión absolutamente documental. Y es esa perspectiva la que resulta tan fresca y tan natural que ha hecho que directores como Claude Lanzmann elogien al joven director, o incluso que filosófos como Georges Didi-Huberman dediquen un ensayo de 25 páginas al joven cineasta —se puede encontrar en el último número de Caimán Cuadernos de Cine— acuñando, para dicha cinta, la etiqueta de “cuento documental”.

La mayor proeza reside en dicha construcción del lenguaje cinematográfico, pero, pese a ello, no es el único elemento destacable en la película. Sin el artificio del guion, Hijo de Saúl jamás podría haber logrado ser algo más que un trabajo experimental. Por suerte, la construcción de la historia, al menos, tiene unos pilares sobre los que aguantarse, especialmente en lo que tiene que ver con Saúl y su universo como personaje.

Sin apenas un solo arreglo musical, el trabajo de Nemes se conforma con retratar el horror de los campos de concentración casi siempre fuera de plano

Otro de los factores que convierten a Hijo de Saúl en un trabajo redondo es su apartado sonoro. Sin apenas un solo arreglo musical, el trabajo de Nemes se conforma con retratar el horror de los campos de concentración casi siempre fuera de plano. Los gritos, los disparos y otros ruidos distintos actúan, de hecho, como buen retrato atmosférico de la situación, ayudando así a conrear un contexto conocido, pero no menos opresivo dentro de la película.

Sin embargo, el lucimiento viene sobre todo de la fotografía. Matyás Erdély es quien retrata con una belleza estética sin parangón la crueldad en sí misma. La mano derecha de Nemes, además, es la cámara-ojo perfecta. No solo sigue al protagonista en su tour de force particular, sino que también se esmera en conjuntar fondo y forma. Dos ejemplos de ello son la escena de los cerrajeros y el humo, o el clímax donde fuego, sangre y desnudos conviven en una pesadilla digna de Munch.

Sin embargo, no todo es brillantez en Hijo de Saúl. Las subtramas, por desgracia, no tienen tanta entidad como deberían. Algunos momentos sí tienen la finura y la sutileza que merece la película; otros, sin embargo, parecen hechos con brocha gorda, como si no importara matizarse. Eso, por desgracia, solo es el síntoma de algo peor: la película, por desgracia, no funciona del todo en el apartado emocional.

Su temor al efectismo del horror irónicamente resta la capacidad de turbar

El fracaso parcial de Nemes reside, por desgracia, en la contención de sus formas. La película deja frío en ocasiones al espectador porque el director, por desgracia, busca el máximo rigor posible dentro de su trabajo. Su temor al efectismo del horror —acertado dentro de esta clase de trabajos— es a veces tan excesivo que irónicamente resta la capacidad de turbar de verdad al espectador. Solo la secuencia final representa la obra brillante que podría haber sido Hijo de Saúl, tan efectiva en lo técnico como desgarradora en lo estético.

El trayecto de Saul Aüslander es un trabajo meritorio, dándole la vuelta a la tortilla a un subgénero tan manido como es el del Holocausto judío. No hay duda de que el molde de la historia era el necesario, de que las bases están y funcionan con precisión. Sin embargo, es una pena ver que Nemes podía haber hecho mucho más, puesto que Hijo de Saúl es, por desgracia, el bosquejo de una posible obra maestra de la década. Y, sin embargo, es irónico que un trabajo decente como este merezca un reconocimiento similar al que recibió Amor de Haneke en los Oscars de su año. ¿Por qué no?