Llegó el esperado final de Cómo conocí a vuestra madre y fue de todo menos eso, esperado.

En efecto, ha habido sorpresa. Las normas de la buena conducta blogger me impiden spoilear más, por el momento, pero todo llegará más abajo. Antes vamos a hacer el clásico recordatorio.

Cómo conocí a vuestra madre comenzó su andadura allá por 2005 sin demasiado éxito en sus comienzos. Al menos, sin el éxito que ha cosechado después. Durante las primeras temporadas se postuló como una sitcom que realmente hacía honor a su nombre hasta erigirse, para este poco humilde escribidor, en una digna heredera de las comedias de colegas como había sido Friends en la década inmediatamente anterior.

El declive vino, en mi opinión, en algún momento entre la cuarta y la quinta temporada. Los personajes se fueron desdibujando hasta convertirse en una parodia extrema de lo que solían ser —que ya es decir—. Las tramas se habían vuelto poco a poco cada vez más vacuas e infantiles, y lo absurdo había ido ganando terreno a los sutiles instantes de verdad que se mostraban entre líneas.

Pero el ocaso parecía no llegar nunca. Pese a tener agotadas ya todas las premisas, la cadena la renovaba in extremis temporada tras temporada, hasta que llegó la última, y la serie renació poco a poco de sus cenizas al volver a la trama primigenia, la que daba sentido y orden a todo: la de la puñetera madre.

Tengo que reafirmarme en que, aunque era el primer conflicto, lo de la madre realmente nunca ha importado demasiado. Se sabía que iba a ser la escena final, el cierre de la historia, pero no era, ni ha sido, el motor realmente potente de la serie. Después de haber visto el último episodio sigo pensando que Ted es un sosaina eclipsado por todos los secundarios de la propuesta, que se lo meriendan con patatas en cada nuevo plano. Pero era lo último, lo definitivo, y se sabe que las últimas cosas tienen cierto punto solemne solo por el hecho de ser eso, las últimas.

—Spoilers a partir de aquí—

El final ha sido como el principio. Literalmente. Lo tenían rodado desde hacía mucho, mucho tiempo, o eso han dicho —los kilitos del Ted del último plano/contraplano no me cuadran con su carita lampiña de la primera temporada, que se supone que es cuando se rodó—. Desde luego, si no rodado, claramente lo tenían pensado. Y bien. O mal. Según se mire.

Sí. Según se mire. Primero porque, como ya sabrán los que se hayan aventurado a leer estos párrafos, la madre de los niños lleva muerta seis años por una enfermedad y todo el rollo que ha soltado Ted a sus hijos a lo largo de doscientos y pico episodios no es más que una historieta para tratar de convencerles de lo enamorado que ha estado siempre de Robin. Eso está bien, querido espectador. Recuerden que hasta yo aventuré que terminaría con un beso final y resulta que no. Mira. Oye. Termina como empezó: con el Ted y la corneta azul bajo la ventana de Robin. Es bueno que nos sorprendan.

También es bueno el poso de todo el asunto: un viudo que trata de conseguir la aprobación de sus hijos adolescentes ante la posibilidad de rehacer su vida con otra mujer. No me parece mal final, la verdad. Le da a toda la serie un planteamiento distinto al que hemos tenido todo el tiempo. Y un punto optimista a toda la tristeza que ha embadurnado los últimos episodios. Lo crean o no, me ha parecido una buena premisa para un buen final de serie.

No obstante, la premisa no ha podido ejecutarse de una forma más burda. La vida en familia le dura a Ted una secuencia de montaje. Como oyen. En menos de tres minutos se despachan la boda, convivencia y enfermedad de la madre. De hecho, aunque llevan toda la última temporada mareando con el dichoso encuentro con la muchacha del paraguas, éste se posterga hasta el episodio final.

Encuentro, convivencia y separación en menos de veinte minutos. No es darle poca importancia a la relación. Es quitarle la que ha tenido durante toda la serie; es convertir la fuerza motriz de toda la ficción en la resolución del gag; en el chiste final del primer episodio cuando terminaba diciendo aquello de «y así fue como conocí a la tía Robin».

Y el problema no termina ahí. Los secundarios pasan de pronto a un plano tan lejano como desconocido. Marshall asciende en su vida laboral en off —lo cuenta tomando copas—; Lily va a tener a su tercer hijo en off —lo cuenta tomando copas—; Robin recorre el mundo como periodista de éxito en off —lo cuentan, varias veces, tomando copas—; y Barney tiene su primera hija fruto de una relación en off que se cuenta en off con una chica llamada «número 31» que no tiene ni cara y que da a luz, como todo, en off. En el caso de Barney no solo lo cuenta en off —tomando cervezas en un combate de robots—, sino que incluso tratan de meter con calzador un final emotivo a su conflicto personal cuando toma a su hija en brazos sin haber sembrado antes más que una frase, una línea de diálogo. Es decir: nos venden como resolución algo que no es, que no ha sido, ni siquiera una trama completa. ¡Y es la misma serie que ha movido episodios enteros sólo con la premisa de que Lily no lea sus mensajes en el teléfono móvil!

Cómo conocí a vuestra madre ha tenido un final bien planteado pero, en mi opinión, mal desarrollado que peca de una gran injusticia con los fans: no haberles dedicado el tiempo que se merecían. O peor. Haberlo perdido con parodias absurdas y tramas infantiles. ¶