Nota: el autor de este artículo ha tenido un ataque de Rayuelismo: si quieres leer la “crítica” en sí, comienza a partir del cuarto párrafo, y no vuelvas al principio. Si por el contrario, tienes nostalgia del auténtico día del espectador, ese que creaba colas que doblaban esquinas, sigue leyendo. 

Hace mucho tiempo, en una ciudad muy muy charra, existían varios lugares  donde se podían ver películas en pantalla gigante. De algunos guardo un vago recuerdo, pero podría marcarlos a todos esos sitios por un momento emotivo y mágico. Por ejemplo, recuerdo mi primera película en el cine, los Gremlings, en el Liceo, fascinado por esas fotos cerca de la taquilla que tenían un filtro turbio e intrigante y que hacían que lo que ibas a ver tuviera aún más aura de misterio, evitando con la mirada las imágenes promocionales de películas como Noche de Miedo. Casi diez años después volví a sentir esa emoción, parecía que el cine empezaba de cero, el año que comenzaron en el Van Dyck a emitir las tres grandes de Disney, La sirenita, La bella y la Bestia y  Aladdin. Año de esta última, el 1993 que asocio con otro gran momento emocional de mi historia con las salas de cine, el año que después de dos horas de cola y meses de espera me senté y me deshice delante de los dinosaurios que no abandonarían mi cabeza nunca más, los de Parque Jurásico.

Salí de la infancia y entré en la adolescencia al mismo tiempo el día que vi el Rey León, la primera película de Disney que me dejó un gusto agridulce, que ya no era para mí. Y lo hice en aquellos maravillosos Multicines Salamanca, del que guardo un cariño especial, era el cine de ir ya solo, de poder decidir yo la película sin la custodia conservadora de mi padre. Y así avanzamos hasta el año donde volví a soñar con el cine, donde volví a ver colas después de una supuesta crisis del cine y la desaparición de algunas salas en Salamanca. Llegaron los cines Vialia, en la estación, como un elefante a una cacharrería, y allí volví a ver salas repletas, allí HABÍA QUE RESERVAR ENTRADA PARA EL ESTRENO. Tuve que hacerlo para las tres de el Señor de los anillos. Parecía que el cine retomaba su éxito empresarial y comercial en el cambio de siglo.

En diez años más he cambiado. Me he pasado al cine europeo, al dogma, a Mendes y a Eastwood, y ya no me emociona tanto ver monstruitos gigantes. Pero tampoco he  vuelto a ver colas kilométricas en el cine. Nunca más había tenido que llegar con tiempo para no quedarme sin entrada y me daba pena estar solo en las salas, fuera el género que fuera. El cine se muere… Pero ayer El cine Van Dyck, el único superviviente de los cines del Siglo XX de nuestra ciudad, ha hecho lo que todos hemos comentado en los debates de cafetería in situ o virtuales: Con la inercia de la fiebre de la fiesta del cine ha rebajado el precio de la entrada el día del espectador a 3,5 —by the way, que corra la voz— y he vuelto a ver colas, he vuelto a ver ambiente de miércoles en el cine. Y me he sentido contento de estar de nuevo en una sala de cine repleta para ver, pásmense, La Vida de Adele.

Estar en una sala hasta arriba para ver una película de tres horas  de drama francés, sobre la historia del descubrimiento y despertar de la sexualidad de una adolescente lesbiana,  con minutos de sexo lésbico explícito y con el 80 % de la película conformado por primeros planos de la protagonista, a mí me llenó de orgullo de pertenecer a la gente que cada semana vamos religiosamente al cine. Además, pagar 3,5 por tres horas de Adele, es rentabilizar bastante la entrada.

La vida de Adele es un canto al amor contado desde una manera que a priori nos puede hacer recular, ya que la cámara, como ya he mencionado, no hace más que acompañar durante algunos años de su vida a Adele, una adolescente perdida, que le cuesta congeniar en sus relaciones personales. Sin meternos nunca en su mente, sin conversaciones de terceros sobre ella, todo lo que piensa y siente Adele nos lo muestran sus ojos, hipnóticos y lacrimógenos y sus acciones, muchas de ellas torpes, erróneas y en las que las emociones que muestran su rostro son tan evidentes que tocan hueso.

Y ya está, parece poco, pero es muy grande. Adele descubrirá a su gran amor, Emma, con la que nunca nos quedamos solos. Es el gran personaje, de una belleza imperfecta y perturbadora, capaz de enamorar a hombres y mujeres, y que genera debate después de ver la película, pues se opone la opacidad de lo que pasa cuando no está con Adele a la cristalina narrativa no verbal  de la bella adolescente interpretada por Adèle Exarchopoulos. Es Emma, la contraposición a ella, la iniciada, la que juega, la que actúa impunemente cuando no la vemos.

Las dos protagonistas forman un dúo y tienen una química formidable. Su juegos de miradas, de manos, de acercamientos y alejamientos físicos… Y sus escenas de sexo. Este aspecto, muy criticado de la película por su excesiva duración y su cercanía al porno, no hacen más que subrayar el viaje de Adele, los momentos de descubrimiento de su cuerpo y de su alma en esta realidad nueva que había intentado ocultar y negarse a sí misma.

Una película ambigua, llena de símbolos, de objetos y lugares externos que explican lo profundo, de debate postcine, de teorías sobre lo que pasa fuera de escena o detrás de los ojos de Adele. Unos ojos que se instalarán durante unos días en  tu mente. Una película enorme.

Otra vez, de nuevo, hay cine. Puro cine.