HouseOfCards

Apabullante. No hay mejor manera de explicarlo. El comienzo de la segunda temporada de House of Cards no deja a nadie indiferente.

Volvemos a la carga un año más tarde en el preciso instante en que lo dejamos. La segunda temporada de House of Cards arranca tan solo unos minutos después del final en alto de la primera. No podía ser de otra forma. Aquellos cinco minutos finales de la primera entrega abrían tantos nuevos conflictos que prolongar el lapso en la historia hubiera sido del todo imperdonable.

Como seguro que recordarán, hace ya bastante que apuntaba en este blog que House of Cards era uno de los grandes descubrimientos del 2013. No caeré en la demagogia de decir que es la «serie del año» —hay otras muchas que no le van a la zaga en este sentido—, aunque tiene todas las papeletas para serlo: además de una pieza magistral en todos los aspectos, es la serie que ha inaugurado una nueva forma de explotación de los productos audiovisuales en televisión.

Y es que House of Cards está hecha expresamente para facilitar que el espectador se empache bien a gusto y a su ritmo. El fenómeno del binge-watching —literalmente, «visionado-borrachera»—, consiste en «darse un atracón» con una serie; prepararse cómodamente y verse en maratón cinco, seis o todos los episodios de una sentada. Se trataba de una actividad habitual entre los seriéfilos de toda la vida, que aprovechábamos normalmente el final de temporada para darnos el gustazo de «ponernos al día» con la ficción que cayera. Pura gula.

La política de Netflix, que produce y cuelga del tirón todos los episodios de House of Cards, ha marcado, a mi entender, un antes y un después en la forma de explotar lo audiovisual. Y es que el espectador ya no tiene que esperar para ver su producto favorito en su totalidad. Esto implica una gran ventaja añadida: no es ya la exclusividad de la HBO, Showtime u otros canales de pago, es también la disponibilidad, donde quieras y cuando quieras, de tu producto favorito. Ni publicidad, ni esperas, ni presencialidad en un horario determinado por la cadena: tú lo pagas y lo ves en el momento que te dé la gana.

La segunda temporada de House of Cards afronta la trama de nuestro protagonista-villano y su pugna por seguir ascendiendo en el poder. Junto a eso, se replantea en términos muy drásticos la relación con su amante-reportera, la joven Zoe Barnes (Kate Mara), que se verá en la encrucijada entre subirse al tren de Underwood hacia los infiernos o ser arrollada por él. Encontraremos nuevos personajes y veremos el hundimiento de los de siempre: los pilares que sostienen el castillo de naipes y que, poco a poco, van doblándose conforme gana peso y poder la cabeza visible de esta historia.

Mención aparte merece Claire (Robin Wright), amante esposa de la bestia, que desvela ya en el primer episodio su verdadero rostro, más cruel y malvado que el de su esposo si cabe; una Medea capaz de traspasar los límites con una soltura y determinación que deja los parlamentos a cámara de Underwood casi como un lloriqueo, un intento de justificación privada de sus propios crímenes. No hay piedad. No hay perdón.

House of Cards es un fantástico ejemplo de cine en la era de YouTube que, de hecho, difumina los límites entre lo cinematográfico y lo televisivo; un claro exponente de la revolución de los formatos y la nueva lógica empresarial; una muestra de la aceptación por parte de los productores de un nuevo espectador, menos dispuesto a esperar y más dueño de su tiempo. En definitiva, un remake de una serie de los noventa que se ha convertido, paradójicamente, en uno de los más claros exponentes de la ficción del futuro. Y además con un corte y confección de primer nivel.

Y ahora, si me disculpan, tengo que dejarles: me espera el resto de la serie.