La verdad es que, en retrospectiva, la última ha sido una temporada de lo más completa. Jon Snow ha muerto y resucitado; hemos conocido sus verdaderos orígenes; Melissandre nos ha desvelado su verdadera identidad, y parece que las guerras empiezan a presentar ya sus facciones de forma más clara de cara a la batalla final —esa que todos esperamos—. Muchos han escrito por ahí que hemos contemplado la mejor temporada hasta el momento de la serie, si bien hay que tomar esta aseveración con diversos matices. En primer lugar me ha parecido que, a pesar de todos los avances, la temporada sencillamente ha retomado el camino en que estaba predispuesta probablemente desde sus orígenes. En segundo lugar, muchos de los llamados «logros» de esta remesa, entre el que está lógicamente el mayor empoderamiento femenino, hay que tomarlos igualmente con perspetiva.

Con todo, me siguen irritando los retruécanos de última hora; las dádivas al espectáculo en detrimento de la causalidad; el subterfugio del fuera de campo para justificar los carros y las carretas. Ya. Ya sé que probablemente, como me achacaba un guionista hace poco, los creadores de la serie han pensado todo esto y han determinado que esa es la mejor de las soluciones en base a sus intereses. Ya lo sé. No les estoy descubriendo nada. Y por eso estos «resquicios» me irritan, de hecho, más si cabe. En una serie con la potencia y el presupuesto de Juego de Tronos no hay excusa de producción posible; no hay falta de respaldo de audiencia ni problemas de renovación ni cuestiones de presupuesto —sólo faltaba—. Las pequeñas traiciones que todos experimentamos como espectadores están ahí porque los guionistas han querido que estén ahí. Y eso molesta todavía más, tú. Pero vamos por partes.

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Todo era una distracción

Terminábamos la pírrica temporada anterior con Cersei sometida a escarnio público por la injerencia de una secta de fanáticos; con Daenerys presa de una horda de caballeros melenudos parecidos a los que una vez llamó «su pueblo»; con Arya perdiendo la visión de forma traumática, y con Jon Snow muerto sobre la nieve a machetazos de sus congéneres. Todo explosivo, todo sorprendente y todo en el episodio final, a lo grande. El problema es que se ha demostrado que era todo mentira. Bueno, tal vez no mentira-mentira, pero sí una evidente distracción sin otra pretensión más que alargarnos el cuento lo más posible.

Terminada la sexta temporada las consecuencias evidencian el chiste: la secta de fanáticos le ha durado a Cersei dos copas de vino; la turba de melenudos le ha costado a Daenerys tres vuelcos de lámparas candentes; la ceguera de Arya era sólo una reprimenda temporal que formaba parte de su entrenamiento, y la muerte de Jon Snow tenía cura, según parece, simplemente recortándole la barba y limpiándole las heridas. Por resumir: era todo una trola, un cachondeo para que levantases las cejas y ya. Una engañifa.

Hubo un tiempo en que Juego de Tronos, a pesar de todas las críticas que se le podía hacer, todavía respetaba la máxima de no transgredir el pacto con el espectador y apechugaba con la propia causalidad de sus propuestas. A Ned Stark le cortaron la cabeza y la serie siguió adelante con esa falta; a las víctimas de la Boda Roja se las quitaron del medio y la serie —al menos hasta el momento no ha caído en la broma de los libros— continuó adelante con ese evento en su haber. Jaime sigue sin mano, Theon sigue sin pene… Las cosas que pasaban, pasaban. No había vuelta atrás. Ahora, en cambio, parece que todo es prostético, artificial, vacuo. Y esto me lleva a la siguiente reflexión.

Empoderamiento femenino, ¿seguro?

Cersei es la que corta el bacalao. Siempre lo ha sido. Desde el instante en que se le antojó yacer incestuosamente en un torreón polvoriento de Invernalia en vez de en la comodidad de su alcoba a puerta cerrada. En la primerísima temporada de hecho lo dice abiertamente, en el diálogo que da nombre a la serie, cuando le espeta a Ned Stark eso de «si juegas el juego de tronos o ganas o mueres». Él, demostrando una vez más su torpeza y falta de miras, se atreve a recomendarle en el patio a Cersei que coja a sus hijos y huya de la ira de Robert. Ella simplemente esboza una media sonrisa y dice: «¿Y qué hay de mi ira, Lord Stark?». El tiempo ha demostrado que, en efecto, ella es la boss; la única que no ha tenido que cambiar de cama en cinco temporadas. El problema es que es malvada —de hecho es la causa de todos los males—. Y de ahí la gran contradicción de la quinta: ¿cómo es posible que una mujer con semejante poder terminase llorando desnuda por las calles después de haber pasado las penurias de la prisión? ¿no había ningún guardia fiel que evitara su encarcelamiento? ¿no había ningún secuaz —de esos que luego ha demostrado tener— dispuesto a liberarla a fuego?

Cersei es la boss; la única que no ha tenido que cambiar de cama en cinco temporadas

Daenerys tiene la sartén por el mango desde que condenase a todo el pueblo dothraky con sus ínfulas de grandeza. El pobre Drogo fue el primero en caer, víctima del enamoramiento. La llamaba «mi luna y mis estrellas» y estaba dispuesto a conquistar los siete reinos a pecho descubierto por ella. Cuando se le han presentado dificultades ella simplemente ha soltado a sus dragones y listo, problema resuelto y enemigo chambuscado. No tiene rival. Nunca ha tenido rival. Por eso, al igual que en el caso de Cersei, la súbita caída en desgracia en plena huída no hace más que azuzar mi vena de desconfianza. ¿Un pueblo primo del suyo propio que, sabiendo quién es ella, no le otorga el menor respeto? ¿Acaso no han oído lo que ha pasado en todos los pueblos vecinos «liberados» por la acción de la rubia oxigenada? ¿Acaso no son conscientes de que la muchacha tiene recursos, algunos de hecho con colmillos y que escupen fuego? ¿Cómo es posible que la veamos polvorienta y encadenada? ¿Nos están tomando el pelo o qué?

A diferencia de las anteriores, la deriva de Sansa sí ha seguido una evolución más o menos lógica: era la sufridora de la familia y lo sigue siendo. Su sufrimiento desembocaba en huída, como es lógico, y la huída ha terminado con su medio hermano el muerto, que ya no está muerto por gracia de la magia. En ella, como en las anteriores, se sostiene el argumento de que esta temporada es la que por fin ha dado a las mujeres el lugar que se merecen; el empowerment que dicen los horteras. No sólo han protagonizado prácticamente toda la temporada sino que además han logrado sus objetivos humillando o sobreponiéndose a sus enemigos varones. Sansa ha convertido a Bolton en comida para perros; Daenerys ha horneado a sus enemigos en una pira descomunal y Cersei ha cumplido ya por fin —llevaba temporadas enteras diciéndolo— su plan de volar a todos sus enemigos por los aires. Y yo que me alegro, oye, de que por fin les hayan dejado romper el techo de cristal de los Siete Reinos. No obstante, hay un detallito que me escama de todo esto: no lo han conseguido por ellas mismas.

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En el momento en que Cersei entró en palacio después del paseo de la vergüenza, con los pies ensangrentados y peinada a lo garçon, trazó su plan de venganza. Pero no lo hizo ante la posibilidad de recuperar su hueco en la Corte o ante la perspectiva de poder comandar un ejército. Cersei trazó su plan en el instante en que fue aupada en brazos por un maromo de dos metros por dos metros. Sir Gregor Clegane, ya medio zombificado, ha sido para ella más que una tabla de salvación. Él ha mantenido lejos a los sectarios mientras su otro secuaz, el nigromante Qyburn, preparaba el pastel de veneno verde explosivo.

Mucho empowerment femenino, pero a la hora de la verdad todas han conseguido sus objetivos con la ayuda de al menos dos hombres

Daenerys tiene el lujo de poseer tres dragones y dos pagafantas. Los primeros, además, son independientes. A veces la ayudan y a veces la dejan a su suerte. Porque son dragones. Los segundos, en cambio, no la dejan ni a sol ni a sombra. Por eso desde el momento en que su amada se va por los cielos ellos no tardan ni un instante en emprender su búsqueda. Da igual que ella realmente no sienta por ellos más que apego; da lo mismo que uno sea un medio-mentor y el otro sencillamente un revolcón. Ellos van a rescatarla pase lo que pase. Y lo logran. ¿Quién si no mata a los guardianes de la tienda donde ella organiza la pira? ¿Quién si no bloquea las puertas para que la khalessi haga su truco ignífugo y salga de allí renacida? Luego despacha a sus amores cada uno por su lado, pero ellos bien que le han venido para salir del trance.

Sansa, por su parte, a pesar de contar con la espada de Brienne cuando le haga falta, ha logrado sus objetivos más por la inesperada ayuda de Theon, la acción de su no-hermano no-muerto Jon, y el ofrecimiento del Meñique, que nunca da puntada sin hilo. A la muchacha realmente le va viniendo todo rodado. Ella en realidad no tiene demasiado que hacer, simplemente aconsejar a Jon cómo se hace un asedio en condiciones —él no se entera mucho de estas cosas— y aceptar los ofrecimientos del otro, que directamente se presenta allí con un ejército completo. Ella no ha tenido ni que mandar una lechuza mensajera.

¿Cuál es la conclusión de todo esto? Que sí, que mucho empowerment femenino, pero a la hora de la verdad todas han conseguido sus objetivos con la ayuda de al menos dos hombres. Ninguna parece valerse por sí misma salvo Arya, de la que hablaré más adelante, y alguna secundaria como Yara Greyjoy, que ocupa el puesto que ocupa sencilla y abiertamente porque su hermano no tiene pene y no es «apto para gobernar» —según sus propias palabras en audiencia con Daenerys—.

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Y todo lo demás lo hizo un mago

Sin embargo, lo que más me molesta del asunto es la falta de escrúpulos —puesto que estamos de acuerdo en que han debido de darle mil vueltas a cómo presentar esto, aceptemos entonces que se debe a la intención y no el accidente de los guionistas— que hay que tener para transgredir por completo el pacto con el espectador y plantear sencillamente los hechos consumados, los logros obtenidos.

Llegamos al último capítulo intrigados por el devenir de Cersei, que ha perdido la posibilidad de su juicio por combate, y de pronto descubrimos que está todo organizado para un espectáculo de fuego valyrio. Sin que sepamos nada, sencillamente los niños asesinan al maestre —también, qué necesidad, podía haber muerto en el templo como todos los demás— y luego todo explota. Bum, y fin de la trama. Se acabó la distracción; fin del paréntesis de los gorriones y ya podemos seguir adelante. Dejamos a la imaginación del espectador a Sir Gregor Clegane acarreando barriles de pólvora verde por las noches, para que nadie se entere, y disponiéndolos en su sitio correcto para volar el templo y sólo el templo; dejamos a la imaginación del espectador el juego de los niños, que parecen ser parte importante de la trama, con su red de informadores y espías; y dejamos a la imaginación del espectador —esto es, en off— la forma en que Cersei ha ganado de nuevo el favor de la misma guardia que no dio un duro por ella cuando estaba presa entre fanáticos.

Dejamos a la imaginación del espectador cómo, en definitiva, ha pasado de ser pedigüeña de buen corazón a la Ninja Asesina del Velo Púrpura

Llegamos al último capítulo con Arya venciendo en la oscuridad a su robótica compañera de reparto y emancipándose a lo salvaje de la Hermandad de los Asesinos de la Casa de las Pelucas —nombre inventado—. Pero luego no sabemos qué ha sido de ella hasta los instantes finales del último episodio cuando, en un giro explosivo y sorprendente de los acontecimientos, de pronto una sirvienta de metro ochenta se quita la cara y resulta ser nuestra menuda heroína que le corta sin miramientos, y con una sonrisa sádica, la garganta al viejo Walder Frey. Dejamos a la imaginación del espectador las vicisitudes de la pequeña —y conocida en los Siete Reinos— Arya Stark para cruzar el mar y medio continente; dejamos a la imaginación del espectador las penurias y vericuetos que habrá sorteado para colarse en una fortaleza inexpugnable justo cuando dos ejércitos de hombres libidinosos festejaban un pacto en su interior; dejamos a la imaginación del espectador los quebrantos que habrá pasado la menor de las hermanas de Invernalia para asesinar a dos hombres hechos y derechos y además trocearlos, aderezarlos y cocinarlos en secreto en las cocinas del castillo… y dejamos a la imaginación del espectador —echándole mucho morro al tema— cómo, en definitiva, ha pasado de ser pedigüeña de buen corazón a la Ninja Asesina del Velo Púrpura —nombre inventado, de nuevo—. A mí me suena a tomadura de pelo, pero voy a darle un voto de confianza a los escritores y la oportunidad de que me cuenten en un flashback toda esta película que me han robado —hay una, de hecho, que narra lo mismo: se llama Hero, es de Zhang Yimou y dura una hora y tres cuartos—.

Porque, en general, si algo destaca de esta temporada es la facilidad de los creadores para «dejar cosas a la imaginación del espectador». Sin duda gana la palma la gran incógnita desvelada acerca del origen de Jon Snow, que tantos y de forma tan cacareada habían descubierto ya sencillamente sumando dos más dos. Ahora queda para los foros y los blogs frikizoides —como el presente— especular sobre las consecuencias que traerá consigo este esperado descubrimiento y si, como ya vaticinan algunos, terminará emparentado con el viaje del pobre Jorah enamorado o con la inclusión de Sam en la biblioteca de la Ciudadela. ¿Encontrará Mormont en su viaje a Aegon Targaryen, hijo perdido de Rahegar y legítimo heredero de TODO? ¿Encontrará Sam en la biblioteca algún edicto polvoriento que nombre a Jon Snow heredero universal de su padre biológico en detrimento del linaje de sangre? ¿Será Tyrion realmente un Targaryen de tapadillo? ¿A quién obedecerán finalmente los dragones cuando todos los Targaryen enseñen la patita? Todo está por ver… salvo que decidan obviarlo para ponernos más explosiones y finales sorprendentes, claro.