He criticado todo lo criticable de Juego de Tronos. Le he dedicado una serie completa, casi una saga, de nueve #juegodetrolas. Me he quejado en este medio de todo lo habido y por haber. Ahora la pregunta es, ¿por qué la sigo viendo?

Comenzaba la andadura de los #juegodetrolas criticando el evidente deux ex machina que supone la magia en la serie. En un post publicado hace cerca de un año dejaba clara mi postura: resolver tramas con magia es, sencillamente, un truco barato. Quizá el ejemplo más soez de esta mala praxis fue cuando una nube de humo negro antropomorfa parida por la sacerdotisa roja asesina a Renly Baratheon así, por la cara. Coincidió, casi, con el momento en que los hombres empiezan a controlar la mente de los animales y con eso de que algunos pueden resucitar. Sé de muchos que en ese momento colgaron las alforjas de la serie y optaron por otros vicios. Pero yo seguí.

Continué destacando en otro post la tendencia al absurdo que tenían, en general, todos los personajes. No era ya que cometieran errores o mezquindades de todo calibre, era que, simplemente, hacían cosas de lo más tonto: desde poner de guardaespaldas del rey a uno que apodan «matareyes» hasta abandonarse al fornicio en una torreta abandonada aprovechando una visita a Invernalia. Acuérdense: Viserys vende a su hermana a cambio del ejército más cutre que hay al otro lado del mar —teniendo en el pueblo de al lado toda una legión de «inmaculados» a la venta—; Eddar Stark descubre el pastel en Desembarco del Rey y lo primero que hace es contárselo a su más tenaz enemiga… ¿Les parecen errores lógicos? ¿No les parece que son un poco idiotas? Miren, sin ir más lejos, la última temporada. Recuerden, en el último episodio, lo que hace Jaime por su hermano. ¿No les parece que habrían ahorrado muchos malos rollos si lo hubiera hecho mucho antes?

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En la tercera entrega de los #juegodetrolas destacaba lo contradictorio de la actitud de Eddar Stark con respecto a la dinastía regia. Después de descubrir por el pelo —¡¡¡por el pelo!!!— que Joffrey no es hijo legítimo de su padre, orquesta todo un cambio de linaje e incluso se plantea que un herrero de la corte —según parece, hijo bastardo del rey— pueda llegar al trono de hierro. No es el único. Por lo visto, el descubrimiento de que el rey tiene un bastardo por ahí —de hecho, varios— hace temblar los cimientos de la monarquía. Lo dice hasta Melisandre. Raro, ¿no creen? Raro, sobre todo teniendo en cuenta que los bastardos en general en el contexto de la serie no tienen nada que hacer normalmente en la casas de sus padres. Miren a Jon Snow; miren a Ramsay Bolton. Bastardos criados incluso bajo la tutela de sus verdaderos padres no tienen derecho a heredar ni el apellido, pero un herrero bastardo no reconocido puede heredar los Siete Reinos. ¿No es un absoluto disparate?

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Después del parón dediqué mi siguiente reprimenda al triste papel que tienen las mujeres en la trama. No sólo son víctimas o villanas, sino que además suelen ser la causa de todos los problemas. Recuerden. Todo el pifostio se monta por culpa de Cersei y sus tramas de amor y asesinato; piensen toda la locura que está armando la bruja de Melisandre, con sus sacrificios rituales y pariendo hijos nube; piensen que si no fuera por Daenerys, el bueno de Drogo seguiría luciendo una procaz melena de romería en romería. La mujer, cuando no es víctima es villana —Shae llega a ser ambas cosas—, y si hay alguna que más o menos puede resultar una mujer normal, guerrera y con valores nobles que vayan más allá del ego o la venganza, nos la visten de hombre, o la enamoran puerilmente del primer Jon Snow que se mete entre sus piernas, como si un impúber y virginal mozo de la Guardia de la Noche pudiera enseñarle algo de la vida a una salvaje nacida bajo las estrellas.

Luego vino el muro. Era inevitable que no le dedicara al menos un post a esa mole tan ingente como absurda que se alza separando los Siete Reinos del lejano norte. Según parece, quien lo construyó pensó que era preferible proteger a toda la humanidad de lo que venía del frío antes que proteger con un muro semejante su propia casa y la de sus descendientes. Como resultado, Invernalia es la primera ciudad devastada por la guerra y la amenaza que viene del hielo está más cerca que nunca. Porque, sencillamente, el muro es un coladero de mucho cuidado. Si los personajes no fueran idiotas —ver tercer párrafo de este post— no habría explicación posible a que Mance Rayder plantee una estrategia de confrontación cuando podría haber pasado por los huecos del muro, uno por uno, a todo el Pueblo Libre, exactamente igual que han pasado salvajes —y hasta huargos— desde el episodio uno de esta historieta.

Tras ello, arremetí contra otra de las manías semejante a la de solucionar los problemas con magia: solucionarlos con personajes sacados de la manga. Temporada tras temporada han ido apareciendo nuevos y nuevos sujetos cuya única función en ocasiones es desenredar pequeños nudos de la trama principal. Si no sabes cómo van a sacar al protagonista de un entuerto no te preocupes: aparecerá un rescatador que lo solucione. Esto añade un ritmo más y más episódico a unos capítulos ya de por sí fragmentados, lo que termina aburriendo, y además supone un descaro a menudo inadmisible. Personajes que se han ganado el cariño del público como Arya Stark realmente no ha hecho un carajo en lo que llevamos de serie: primero la salvó Syrio Forel, el profesor de esgrima; después la rescató Yoren, el misterioso reclutador de la Guardia de la Noche; luego le hizo el favor Jaqen, aquel hombre extraño que cambiaba de cara; tras ello vino el Perro… y parece que todos murieron o desaparecieron para siempre cuando dejaron de cumplir su misión protectora. Miren, de hecho, el final de la última temporada, cuando Bran es de pronto rescatado por los niños perdidos y el gnomo que vive en el tronco de un árbol…

Por supuesto una de mis entradas favoritas de la saga #juegodetrolas es la que dediqué a los desnudos gratuitos y chabacanos que inundan la serie sin ningún tipo de lógica ni raciocinio. Sé que son el principal uno de los reclamos principales de la propuesta, y quizá por eso la queja fue más hacia la estética y la gerontofobia. Lo estético, primero, porque en mi opinión se cargan toda la ambientación de la serie: vemos soldados con sus armaduras embarradas, sus cicatrices sanguinolentas, sus dientes negros y su mugre pegada a cada poro de la piel, pero las chicas parecen tener todas una silkepil guardada en el zurrón —incluso las salvajes al otro lado del muro— y están interpretadas por profesionales del cine pornográfico. Y la gerontofobia, segundo, porque no encontrarán en la serie un solo desnudo menor de 35 —o menos—; ni siquiera aunque esté más que justificado: Cersei Lannister, la reina cuarentona, probablemente sea, de todos los personajes principales, uno de los que más tiempo dedica a juguetear entre el batir de sábanas si no con su hermano con algún primo rubito y, sin embargo, todavía no ha enseñado una teta.

Junto a las magias y a los personajes, dediqué también una airada queja al resto de cosas que la serie se saca de la manga en el momento más oportuno, elevando el concepto de deux ex machina a la enésima expresión. No es ya solo que haya nubes asesinas de pretendientes al trono, que también; es que cualquier cosa es susceptible de aparecer de pronto y solucionar los problemas transgrediendo todas las premisas que se ha puesto la propia ficción: que nos vienen a atacar con una armada de nosecuantas naves, pues inventamos el «fuego valyrio»; que uno de Los Otros se va cargar a Sam, su novia y el hijo de ésta, pues inventamos el pedernal mágico que mata a los caminantes; que Stannis está sumido en la desesperación porque ha perdido su ejército, pues nos inventamos un banco que le haga una hipoteca sobre el Bastión de las Tormentas a un 3,07% TAEVariable. Ea. Y la rueda sigue y sigue y sigue.

La última la he dedicado, por supuesto, a la pesadez que supone que cada vez que publico una entrega del #juegodetrolas algún listo me mande a leer los libros, sin darse cuenta de que con ello me está dando la razón en que la serie es, cuanto menos, imperfecta.

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Así las cosas, muchos me preguntan que por qué la veo. Por qué sigo adelante con ella si es obvio que me produce cierto escozor en la parte de atrás de la cabeza. Pues bien, digamos que, simplemente, me parece que pese a sus errores es una de las mejores propuestas de la ficción actual. La serie tiene grandes méritos en lo referente a ambientación, fotografía y producción. Los actores, igualmente, me parecen soberbios, y debo reconocer que los personajes, a pesar de todo, están bien construidos. Sin embargo, lo que me gusta realmente es su sencillez.

¿Cómo? ¿Qué? ¿Te has vuelto loco, Cité? ¿Juego de Tronos una serie sencilla? Pues sí. Lo es. Y mucho. Un amigo guionista dice que la serie podría llamarse «Gente en sitios», y tiene toda la razón. Las escenas rara vez rompen la unidad de escenario, rara vez involucran a más de dos o tres personajes, y rara vez se componen de algo que no sea un genial y magnífico diálogo. Si quisieran, estoy convencido de que podrían adaptar la serie al proscenio sin cambiar apenas una coma. Y ahí reside, creo, el atractivo de la propuesta. Juego de Tronos es una serie de parejas que hablan, y a través de, insisto, geniales diálogos desarrollan una trama que eclosiona en momentos de acción administrados con cuentagotas. No necesitan cadáveres en maleteros, ni intrincadas redes de espionaje policial, ni subterfugios de detectives buscando pistas o diagnosticando lupus. Dos personajes, una situación, y un conflicto que se materializa a través del diálogo. Con eso suplen los desastres expresados más arriba. Y eso, debo admitirlo, me gusta.∴