Han pasado más de veinte años desde que Spielberg revolucionara las carteleras de medio mundo con su particular fábula sobre los peligros de poner la experimentación científica en manos de los mercaderes. Aquella Jurassic Park original fue sucedida por dos secuelas a cual más desastrosa que, como vaticinaba la propia película, no reparaban en desmanes a la hora de exprimir al máximo al dinosaurio de los huevos de oro. Década y media después de la extinción de la franquicia, los arqueólogos de Hollywood han desempolvado los huesos para devolver a la vida a los saurios, siguiendo esta moda de «renaceres» cinematográficos que llevamos este año, y contar con todo descaro la misma historia que ya contaba la película original.

Porque, en definitiva, es exactamente la misma sintonía, aunque entonada en un acorde más alto. Si la Jurassic Park de los noventa narraba la catástrofe de un zoológico del que se escapaban los dinosaurios con apenas una docena de personajes y varios animatronics, la Jurassic World del siglo XXI eleva todo a la enésima potencia: un parque gigantesco y ultramoderno, cientos de extras, dinosaurios más grandes y más inverosímiles y, por supuesto, un titánico adversario digital. ¿Las novedades? La trama amorosa y el triunfo a medias del villano —recordemos que en la original el villano se salía de la carretera sin lograr sus objetivos—, que deja abierta la trama para las secuelas que ya han anunciado.

En Jurassic World encontramos las ruinas del fallido Jurassic Park, rememoramos la peripecia de sus protagonistas iniciales y recordamos los acordes que compusiera John Williams para ilustrar la apoteosis

La película es conocedora de su acervo y homenajea de forma permanente a su antecesora —no a las secuelas—. En una estrategia inteligente, el film sabe conjugar la dosis de acción y sorpresa necesarias para cautivar a la audiencia más joven, con sucintos elementos de nostalgia para embelesar a los que ya disfrutaron de la experiencia original en su infancia. En Jurassic World encontramos las ruinas del fallido Jurassic Park, rememoramos la peripecia de sus protagonistas iniciales y recordamos los acordes que compusiera John Williams para ilustrar la apoteosis, eso sí, empleados así como de cualquier manera.

Aunque los nuevos efectos impresionan, el gran acierto del film reside en un tono más desenfadado, plagado de chistes y bromas, así como en la química del protagonista Chris Pratt con todos: con Bryce Dallas Howard, con los niños protagonistas, con los velociraptores y, por supuesto, con la audiencia, según se desprende del nuevo record de recaudación que, ya sólo en la primera semana, parece que apunta a desbancar a otras sagas míticas en lo que a llevar gente al cine se refiere.

Sólo nos queda esperar a ver cuál de las dos versiones del cuento resiste mejor el paso del tiempo, si la aventura que hoy llena las salas o su antecesora, que ya parece haberse ganado, a todas luces, el apelativo de «clásica».