Los que me conozcan saben que si hay un género al que atizo es el romántico. Suele pecar de facilón, de no saber cuidar a sus personajes y de finales donde abundan las lagrimillas y poco la estructura lógica. Por suerte, hay excepciones dentro de este género, en el que el guion es cuidado hasta el más mínimo detalle y los personajes son verosímiles en su forma de actuar. A ese grupo pertenece La Casa del Tejado Rojo, de Yoji Yamada.

El primer impacto de la película se produce desde su estructura. Empezamos con el funeral de una tía abuela, Taki, la cual nunca ha tenido hijos. Su sobrino, Takeshi, quiere que escriba sobre su vida y ella accede. A partir de aquí se produce el «doble relato»: por un lado, la historia de ella como sirvienta con dieciocho años, en la casa del tejado rojo y con sus propietarios; por el otro, la mujer, ya mayor, con su sobrino al lado. ¿Fórmula usada? Hasta la saciedad y desde los inicios de la novela epistolar. Eso sí, funciona con sentido.

Un ejemplo claro es el guion. Se juega con un doble relato —el presente y el contado por Taki—, sirviendo este también como una doble historia. Así, el guion tiene dentro de sí varias utilidades. La primera de ellas es, cómo no, la identificación con el papel de la sirvienta en la historia del pasado, jugando con la sorpresa hasta que finalmente se confirma quiénes tendrán una historia de amor, aunque también sirve mucho para ver esa historia de culpa y redención dentro de un contexto tan espinoso como era el Japón de los años treinta y cuarenta, donde el machismo era el pan de cada día y el adulterio era una infamia.

Yoji Yamada se encarga de añadir unas pinceladas de humor que ayudan al relato a hacerse más llevadero

Otra virtud de la historia, y que pertenece al guion también, es su dosificación de elementos. Si bien aquí el drama y el romance son las notas predominantes, Yoji Yamada se encarga de añadir unas pinceladas de humor que ayudan al relato a hacerse más llevadero en sus tramos iniciales. A pesar de ello, algunos de estos descansos son más paródicos que otros, pareciéndose más a las películas de Studio Ghibli y similares en forma. Sin embargo, eso no resta en calidad al largometaje, si no que le dota de una ingenuidad naíf que contrasta bien con el desenlace amoroso en la famosa casa del tejado rojo.

Otro elemento destacable es la dirección. Cada plano tiene un recurso y una intención muy marcados, y la cámara sabe muy bien dónde enfocar el drama y sobre quiénes. Se nota mucho sabiendo que viene de estrenar Una familia de Tokio —remake de Cuentos de Tokyo de Yasujiro Ozu— y salir airoso de una historia así requiere una gran dosis de sensibilidad cinematográfica. Y, si bien no podemos comparar los géneros de ambas cintas, sí queda claro la enorme sutileza con la cual La Casa del Tejado Rojo describe una historia sencilla y sin demasiados alardes.

La Casa del Tejado Rojo es una película romántica más que idónea para pasar un buen rato

A pesar de ello, y ya que hablamos de sencillez, hay que decir que la película tiene varios errores graves. El primero y más llamativo de ellos es la producción. Si nos centramos en la parte del pasado, resulta llamativo fijarse en los escenarios de cartón-piedra que rodean la casa del tejado rojo. Quitando los motivos que pudiera haber, esa torpeza resulta muy incómoda para una historia que se toma mínimamente en serio. Es, a día de hoy, como los cromas de las cintas a las que se les acaba el presupuesto. Y eso duele a la vista.

Pero el otro error forma parte del guion. Pese a que se sostiene con una fuerza tremenda durante casi todo el metraje, el hecho de eliminar el papel del amante de la historia presente resulta una puñalada en el estómago, y más cuando se ha introducido un dato dramático sobre la posible muerte del diseñador de dibujo. Dejar fuera ese cabo suelto, guste o no, también baja mucho el nivel de la obra, aunque Yamada elige bien sus piezas y sabe encarar bien los últimos minutos, donde a la abuela se le acaba concediendo el perdón con un buen cierre.

En definitiva, La Casa del Tejado Rojo es una película romántica más que idónea para pasar un buen rato, sobre todo si el espectador no quiere sentirse que le toman el pelo. No es para todos los paladares al ser una película nipona, sí, pero su sutileza en la forma y su delicadeza respecto a las emociones de sus personajes la convierten, a día de hoy, en una obra válida para echarle un vistazo.