El Señor de los Anillos es hasta la fecha el mayor evento cinematográfico de lo que va de siglo. Seguro que ahora muchos de ustedes me acusarán y dirán que soy un demagogo o un exagerado. Vale, pues ahora piense en cinco segundos alguna película que siquiera se le acerque aunando una incontestable calidad técnica, artística, literaria, otro proyecto realizado con el mismo cariño hasta el último detalle, y que además haya influido de la manera que lo ha hecho en todo el cine posterior y en el resurgir del gusto por un género, la fantasía, en nuestra sociedad. ¿Ninguna? Venga, un minuto,…. Venga, le doy un día.

No hay ningún criterio objetivo que achacarle a la adaptación de la epopeya de Tolkien, si acaso la acumulación de «finales» en el Retorno del Rey. Pero en ese momento, el que ha llegado hasta aquí está entregado, no quiere que nunca acabe. Porque El Señor de los Anillos es pura humanidad y pura fábula acompañada de aciertos en todo, casting, dirección artística, la última gran banda sonora… Eso sí, te puede gustar o no, aburrir o no, ahí ya no me meto, que para gustos está Coldplay.

Además mi relación con la primera trilogía de Peter Jackson es una historia de amor correspondido. Lloré al verlas, pero de felicidad y emoción. Las esperé con ilusión y ellas me dieron todo lo que deseaba. Me hicieron soñar, sufrir y disfrutar. Me sorprendían y a la vez me sentía reconfortado y seguro en cada minuto de su extendido metraje. Mi gran historia de amor cinematográfico, amor maduro, exigente, entregado.

Pero todo acaba y aquí me hallo, doce años después, delante de una gran pantalla, con unas gafas ridículas, escuchando una canción para quinceañeros en los créditos de El Hobbit, la desolación de Smaug. No he mirado ni una vez el reloj en casi tres horas.

Pero me siento viejo. Decepcionado. Triste.

¿Qué ha pasado? pues dos cosas, que pueden resumir el resto de mi crítica: Ya no hay magia y ya no hay mimo. «Me lo he pasado como un enano», chiste fácil que he oído a muchos de mis conocidos sobre la película, incluso a algún guionista le he leído algo parecido en twitter. Y puede que sea así, que es divertida, pero tan divertida como ver a tu sobrino jugar a un videojuego de última generación. Todo espectáculo exagerado, todo acción. Pero El Señor de los anillos no era eso.

Me equivocaba cuando defendía la decisión de hacer tres películas. No me importaba que el libro diera para mucho o poco, si se creaban más personajes o se añadía peripecia. Yo quería aventura y épica, quería volver a dejarme llevar por una película, quería acompañar a estos enanos y sentir con ellos como lo hice con los miembros de la comunidad del anillo. Porque esa era, entre toda la parafernalia, la gran virtud de aquellas: lo humano, superando el maniqueísmo y superficialidad de los personajes del libro, que hacían las cosas porque sí —hala, lo que he dicho—. Todos fuimos un habitante de Rohan, todos comprendimos a Boromir. Todos queríamos a Gandalf.

La Desolación de Smaug

Y eso es lo que falta ahora. Aventuras lujosas —muy lujosas, las cosas como son— vividas por personajes que no me interesan. Los elfos son antipáticos y burdos. Los enanos quieren ser graciosos y en el mejor de los casos, son infantiles. Eso los que son activos en la historia, los menos, que hay alguno que en más de cinco horas sólo ha dicho «me quedo con él, que soy su hermano» —demasiados personajes que no aportan nada para una adaptación cinematográfica—. Por no hablar de los dos teóricos protagonistas: un Bilbo que solo hace las cosas porque lo ponía en el libro, y un Thorin que tiene el raccord emocional de un sketch de Muchachada Nui. No se entienden sus reacciones, salta del egoísmo al compañerismo sin razón, lo que le da una antipatía insoportable. En la línea argumental de 15 M de los humanos ya ni entro. Y el pobre Gandalf, que es el que vive una aventura más interesante y empática para el espectador, sale con cuentagotas. Solo nos queda un dragón espectacular y  pagado de sí mismo, que tiene la mejor secuencia de la película en un mano a mano dialéctico con Bilbo, pero que luego se convierte en el malo final del videojuego, un bicharraco grande y estúpido que pierde toda la personalidad que tenía persiguiendo absurdamente a enanos más ágiles que los miembros del equipo olímpico de gimnasia de Rusia.

En fin, que quizás mi gran decepción influye en mi crítica, ya que mientras más pasa el tiempo va amainando mi disgusto. Pero es que tampoco recuerdo nada, no hay nada que comentar, ni un solo tema de la banda sonora, ni una imagen que perdure en la mente. Está claro que falla algo más que el guión. Falla el pulido, el amor con la que si hicieron las anteriores, que todavía, aunque de manera muy inferior, se percibía en  el El Hobbit, un viaje inesperado, primer capítulo algo tedioso en su parte central pero que dentro de sus fallos, algo de magia conservaba.

Lo dejo aquí, que ya es tarde, y al igual que durante la película se me ha pasado el tiempo volando. ¿Tendría que ser eso suficiente? Puede. ¿Fantasmadas élficas y un impresionante 3D bastan? Pues para un rato lo mismo sí. ¿Iré a ver la tercera? Claro. Eso sí, dejaré el corazón —y la parte analítica del cerebro— en la mesita de noche.