Probablemente ahora mismo Big Bang sea mi serie favorita.

No sé de muchas que después de siete temporadas sigan teniendo su impronta, su gancho y su esencia. La introducción de nuevos personajes se ha hecho de manera lógica y gradual, y ha traído consigo nueva cancha para diferentes tramas y nuevas historias. Big Bang, por el momento, parece haber encontrado la fórmula del éxito, la clave del asunto. Y probablemente sea lo que sabiamente definió el periodista Roberto Zamarbide vía twitter como «la estable inestabilidad».

Es cierto. En el último episodio que vi, alguien preguntaba a Leonard por qué seguía viviendo con Sheldon. Si lo piensan, sería una solución bastante lógica a los problemas de convivencia de ambos: Leonard y Penny se van a vivir juntos y Sheldon se queda en solitario. ¿Sería raro? Probablemente sería lo usual en la vida real. Claro, si eso sucediera se terminaría la serie.

Porque está claro que la fuente de conflicto, el motor de toda la historia, es el propio Sheldon. Si bien en sus comienzos se trataba de provocar la inestabilidad con la incursión de una vecinita sexy en medio de una pandilla de nerds, lo cierto es que lo que mantiene la serie con vida es el eterno conflicto del personaje de Texas y su particular forma de ver el mundo.

Penny aporta, por supuesto. La inestabilidad constante en su relación con Leonard, así como la tensión del resto de relaciones dan un punto a la trama. Pero Sheldon se lleva la palma. La convivencia con una persona así —créanme, los hay, yo los he visto— es la clave del asunto. De hecho, es el nexo de unión de todos los demás. Sheldon, y su estable inestabilidad.

Hay pocos personajes que sean en sí mismos capaces de generar tanto conflicto. Si lo piensan bien, el personaje interpretado por Jim Parsons tiene la gran virtud de desequilibrar cualquier formato donde lo pongan. Imagínenlo en El Mentalista. Imagínenlo en Juego de Tronos. Imagínenlo en Bones. Sí, se llevaría un disparo, cuanto menos, en las tres —en Juego de Tronos también, que según van inventándose cosas las pistolas no tardarán en llegar—.

Sin embargo, la gran dosis de conflicto que plantea la figura de Sheldon se ve respaldada por una tanda de coprotagonistas —no se puede hablar de secundarios, a diferencia de HIMYM— igual de singulares. Cada uno a su manera, cada uno con su forma de vestir, cada uno con sus propias neuras. Sí. Porque son eso. Neuras. Y aquí es donde reside la paradoja de la ecuación: en toda la pandilla de nerds, Sheldon es el único realmente estable.

Si se fijan, los traumas que tiene Sheldon son probablemente los menos de todo el grupo. Es cierto que se apela a una infancia traumática y un hogar conflictivo, aunque eso está más o menos en la biografía de todos —menos Ras—; así como a sus fobias, tirrias y manías, que no son más que eso. Si observan sus problemas sociales, Sheldon es el que mejor lidia con ellos. A veces se esfuerza por adaptarse a las normas de convivencia, pero en el fondo realmente le importa poco. Le da lo mismo. Que se adapten todos a él. Es egocéntrico, envidioso y en ocasiones realmente insultante con sus propios amigos. Pero es feliz así. Los demás no.

Los demás, aunque buenas personas, son un atajo de acomplejados. Perdón por la crudeza. De una forma o de otra, la vida de todos, cuando no la tuerce el propio Sheldon, es un desastre emocional. Ellos sufren; reviven sus traumas del pasado una y otra vez; dejan anhelos por alcanzar constantemente; reprimen emociones y deseos casi por norma… Por eso me resulta curioso: el protagonista que causa la constante inestabilidad es, en el fondo, el más estable de todos.

La serie lleva emitidos en los Estados Unidos nueve episodios de la séptima temporada, y no han bajado de los 16 millones de espectadores —para que se hagan una idea, el doble que HIMYM—. Cada actor, según se puede leer en los mentideros, cobran en torno a los 325.000 dólares por episodio, casi ocho millones por temporada, y se rumorea que próximamente, si los números acompañan, podrían pedir un aumento que llegara al millón por episodio. No sé ustedes, pero yo de Sheldon me sentaría cómodamente en «mi sitio» y soltaría un sonoro: Bazinga!