Un año más la Fiesta del Cine ha sido un triunfo. Un éxito. Una iniciativa que ha llevado a cientos de miles de personas a las salas, como el año pasado. Pueden frotarse las manos. Pueden estar contentos. ¿Las salas? ¡Qué va! Los patrocinadores.

Reconozcámoslo: los cines están muriendo. Ojo a la sutileza: digo «los cines», no «el cine». El cine está más vivo que nunca y se ve por más canales que nunca, en streaming o en alquiler, en VOD o en televisión en abierto. Son las salas, los cines, los que están al borde del colapso. Porque es caro, dicen. Por la piratería, añaden. Pero no es por nada de eso.

Los cines están muriendo porque son una forma anticuada e incómoda de disfrutar del cine. Tienes que desplazarte, someterte a un horario, a un idioma, a un colectivo. Tienes que soportar estar arrinconado en una sala codo con codo con un desconocido cuando podías estar plácidamente repanchigado en tu sofá.

Los cines están muriendo porque no hay estrenos que realmente merezcan la pena. Las productoras parecen estar sólo interesadas en llenar los multisalas de adolescentes devoradores de palomitas, fácilmente embelesables con fuegos de artificio y otros efectos especiales. La publicidad comercial se ha colado entre los trailers; las salas se posicionan en los centros comerciales entre local y local de comida rápida, y no hay, ni parece haber, nadie dispuesto a expulsar a los mercaderes del templo.

Los cines están muriendo porque son un entretenimiento aislante y antisocial. Enciérrate dos horas sin móvil, sin Twitter, sin redes sociales… ¡Ni siquiera puedes hablar con el de al lado! Tampoco aplaudir, que molesta. Sólo puedes manifestar aquellas emociones individuales irreprimibles como la risa, el llanto o la sorpresa. Aunque todos los clásicos dicen que la película la completa el espectador, este lo hace calladito, en su cabecita y para sí mismo. Nada de aportar tu argumento ni opinión. Nada de hashtags en los márgenes de las películas.

Los cines están muriendo porque son el último engranaje de una industria opresiva y anticuada que obliga tanto a distribuidores como exhibidores a seguir sus cánones, sin apenas margen para sus propias promociones, lanzamientos e iniciativas.

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[blockquote author=”” pull=”pullright”]¿Por qué íbamos a bajar sencillamente el precio de las entradas en taquilla si podemos apuntar los nombres de los consumidores y mandarles publicidad?[/blockquote]

Los cines están muriendo porque no tenemos cultura ni respeto por el cine. En las escuelas se estudia a Unamuno, a Lorca y Alberti, pero no se estudia a Buñuel ni a Berlanga. El cine es un arte que no se considera un arte, sino un entretenimiento como otro más. El cine es cultura que no se llama cultura sino ocio, evasión, palomitas y fiesta.

Y, pese a todas estas heridas mortales, a alguien se le ha ocurrido meternos en la cabeza que el cine es caro, aunque siga siendo más barato que un gintonic; aunque siga siendo más barato que el estadio, la plaza de toros o la mayoría de las plateas. La entrada más asequible del próximo concierto de los Rolling costaba 85€; la más barata de Extremoduro 25€, igual que el de casi cualquier concierto, pero el cine de siete, ocho y nueve euros es lo caro, lo insostenible. La entrada de cualquier parque de atracciones está entre dieciséis y veinte. Busquen en estos ejemplos alguna de las trabas antes mencionadas. No es casualidad que no tengan casi ninguna. ¿Es caro, realmente, el cine?

Supongo que sí. Si ellos lo dicen. Ese será el motivo real… O no. ¿Quién sabe? Lo mismo quieren vendernos algo; lo mismo quieren algo de nosotros. Piensen que la mejor manera de vender algo es hacer creer al comprador que lo está consiguiendo por mucho menos de su precio real. Por eso en las rebajas se marca el precio anterior, claro, para que veas la ganga. Para que te des cuenta. Créete que esto vale mil, así cuando te lo venda por quinientos aceptarás rápido. ¿Pero cuál era el precio real? ¿Y qué importa? Al fin y al cabo el precio es algo subjetivo.

Creamos que el cine es caro, así cuando hagan la promoción de la Fiesta del Cine acudiremos corriendo al reclamo. Aprovecharemos el momento. La ganga. Porque somos listos, o así nos creemos. Muy listos. Pillamos la oferta y salimos ganando. ¿Y a cambio de qué? A cambio de nosotros mismos.

Sí. De nosotros. Sí, también de ti. Ven, ven, pasa, siéntate. Vamos a invitarte al cine pero antes entra aquí. Pincha. Pincha. Haz Click. Deja tu nombre y tu edad. Apunta también tu código postal y correo electrónico.

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[blockquote author=”” pull=”pullright”]A alguien se le ha ocurrido meternos en la cabeza que el cine es caro, aunque siga siendo más barato que un gintonic[/blockquote]

Buen chico. ¿Cómo te llamas? ¿Fausto qué más? Bueno. Ya casi está. Ahora acepta el contrato. Firma ahí. No te asustes por la letra pequeña, marca la casillita de que lo has leído, aunque sea mentira, y ya. Sólo dice que me autorizas a utilizar tus datos para mandarte publicidad; para venderlos a terceros sin avisarte; para hacer con ellos lo que me dé la gana. Tu nombre, tu casa, tu edad… —tu dirección IP, la versión de tu navegador, tu sistema operativo…— A cambio te invitamos al cine. Bueno, a una parte, claro. Que tu información de carácter personal o la de tus hijos no vale una entrada de cine completa. ¿Qué te has creído?

Y ¿por qué? Porque queremos fomentar el cine, claro. Queremos que la gente vaya a las salas y generar cultura cinematográfica —de chollo y oferta—. ¿Quién lo pone en duda? Lo gestiona FAPAE, FEDICINE, FECE y el Ministerio. Federaciones sin ánimo de lucro y de entidad pública. ¿Qué otro interés podrían tener? Es cierto que también hay un misterioso grupo de partners y patrocinadores —digo «misterioso» porque en el enlace que han habilitado en la web para ver quiénes son en el momento de escribir este artículo no aparece absolutamente nada— que se han embarcado en el proyecto por su carácter filantrópico y desprendido. El año pasado estaban El Corte Inglés, la Coca Cola, la Ford —sí, la de los coches—… todas ellas empresas preocupadas por la crisis del cine que no tienen ningún interés en hacerse con una base de datos de potenciales clientes [ironíaON].

Esta edición, además, ha coincidido con el estreno español más potente de lo que va de año: los Ocho apellidos vascos. Mejor que mejor. Más gente para la saca. Datos, datos, datos. Muchos datos. Así, registrándose y autorizando sin leer. ¿Por qué íbamos a bajar sencillamente el precio de las entradas en taquilla si podemos apuntar los nombres de los consumidores y mandarles publicidad? No, no. Hay que registrarse. Acreditarse. Dar para recibir. Y le ponemos de nombre «fiesta», que a todo el mundo le gusta. Olé.¶

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