¡Qué maravilla! Cientos de miles de personas llenando las salas. Aplausos, vítores, desgarros de camisa y un «hagamos la ola» multitudinario. Y todo solo con bajar el precio a algo «razonable». ¿Veis? ¿Veis como ese era el problema? Bajar el precio y nada más… ¡MENTIRA!

Por si no se han dado cuenta, ayer terminó una promoción que ha devuelto, aunque de forma efímera, el éxito a las salas de cine. #lafiestadelcine , que así se ha llamado, ha movilizado a la masa y ha logrado sacar a la gente de casa para ir a las salas entre semana. Incluso ha plantado cara a la todopoderosa champions. En todos los periódicos y medios, el titular hacía mención a la bajada de precio y cómo una medida así triunfa. Nos gusta ir al cine y además nos gusta pagar poco. Maravilloso. Pero hay trampa.

La primera trampa está en el propio precio. 2,90 € por entrada. «Tirado» en comparación con lo que se suele pagar a diario. En los mentideros los comentarios eran de lo más predecible: «con precios así la gente no se plantearía si ir o no al cine…», «deberían mantenerlo siempre así y no quejarse tanto…» Se ve que a la mayoría los casi tres euros les parece un precio razonable, excepto a los cines, claro. Porque los tres euros por pase, desgraciadamente, no cubren los gastos normales de un cine medio de ciudad.

La sal de la promoción la han puesto FAPAE —productores—, FEDICINE —distribuidores—, FECE —exhibidores—, Ministerio de Educación —ya nos cobrarán, ya…—, y, ojo al dato, El Corte Inglés, Coca Cola, Ford, Canal Plus, Entradas.com, JCDecaux, etc. que han patrocinado la iniciativa. Por tanto, olvidemos lo que hemos visto. Los 2,90 € por pase son una utopía para una sala normal con los sueldos del de taquilla, el del kiosko, el de la limpieza, el del proyector, lo que cobra la productura-distribuidora, los derechos de autor, el alquiler, la luz, el agua/calefacción/aireacondicionado, el seguro, la página web… ah, y el IVA, claro, que aquí «solo» es el 21%, el triple que en Francia.

Pero la trampa no está solo en darnos una ilusión que no es real: la trampa está en que, de hecho, la cosica no nos sale del todo gratis. ¿O se pensaban que entidades filantrópicas como El Corte Inglés o Coca Cola iban a invitarnos al cine por nuestra cara bonita, por el bienqueda o porque les sobra el dinero? No. Ya saben que las grandes corporaciones no dan puntada sin hilo, y pronto, muy pronto, el casi millón de personas que se han beneficiado del asunto empezarán a recibir la dichosa publicidad en lo más íntimo de sus teléfonos móviles.

¿Cómo? Pues muy simple: para entrar en la fiesta del cine hacía falta acreditación. No bastaba con la sencilla entrada comprada de forma anónima en la taquilla. No, amigos, no. Si querías entrar tenías que llevarte el papelito desde casa con tu DNI, y tenías que haber rellenado antes un formulario vía internet donde como poco tenías que poner tu nombre, edad, provincia, dirección postal, teléfono y tu email —el email dos veces, que es importante—. Ah, claro, y aceptar la «política de privacidad» donde se te promete que sólo van a utilizar tus datos para mandarte «información de interés», tanto las federaciones como las empresas patrocinadoras. Mira con qué trastabillada gramática lo decía al pie del mismo formulario:

Usted, al enviar el formulario, también otorga el consentimiento a los responsables para la cesión de sus datos de contacto dichos patrocinadores y/o colaboradores bajo las mismas finalidades establecidas con anterioridad.

Fíjate qué bien, ¿eh? Un buen día un empresario se levanta en algún lugar con tu teléfono y el de un millón de personas como tú a las que puede bombardear tranquilamente con sus promociones y ofertas, y además puede pasarle —o venderle— la lista a los colegas. Matrix te posee Neo, y también la Coca Cola, la Ford o el Corte Inglés. Y cuidadito, que saben dónde vives. Le has contado al Canal Plus todo lo que tardaste cuatro citas en decirle a tu pareja, incluyendo tu edad real, y a cambio de que te invitaran apenas a la mitad de la entrada de una película en el cine. No tardarán en ponerte cara —facebook es lo que tiene, que le pone cara a la gente—, y quién sabe si empezarán a seguir tus tuits para saber qué te gusta, qué ves en la tele, qué sitios frecuentas con tu foursquare, qué fotos subes a instagram, y todas esas cosas que solo compartes con «tus amigos» —ah, y no te imagines agentes secretos con granos en la cara y pinta de acosadores de bilblioteca: esas cosas las hacen automáticamente los servidores mientras los informáticos juegan al Leyends—. Y lo gracioso es que tú has accedido. Ea. ¡Fiesta!

Pero bueno, el asunto ha tenido repercusión, que era de lo que se trataba. Se ha hablado de cine y de dinero, que es algo que por lo visto está de moda, y de soslayo se le ha echado un capote a la piratería. ¿Cómo? ¿Qué? Claro, porque la conclusión facilona del tema, la que ha circulado por los barrios bajos y las portadas de los periódicos, es que la piratería no es la gran culpable, como pregonaban los anteriores inquisidores de palacio, sino que es el coste. Se ha derivado el argumento hasta el punto de casi «justificar» la descarga ilegal dados los «abusivos precios» del cine. «¿Ves?», me decía uno, «con precios razonables la gente prefiere ir al cine antes que piratear la película», y se metió a ver el biopic de Julian Assange admirado por el halo de profeta que le otorga el cartel, como si su canosa melena fuera la digievolución lógica del Che Guevara postmoderno y los hackers, antes temidos, fueran en el fondo justicieros llamados a compensar los desmanes de los aburguesados propietarios de las salas de cine. Ríete tú del Zorro.

De poco sirve argumentar que las colas de gente y la afluencia se deben más a otros motivos que a la bajada de precio. Se debe a que nos gusta el cine, claro, pero también a la movilización; a la presión social de tus amigos, que te llevan a la sala a «compartir» una película; se debe a lo extraordinario de la medida; a la necesidad imperiosa del ser humano de aprovechar todo lo que parezca un chollo, una rebaja, una ganga; al gregarismo de nuestra especie; a la norma cósmica que nos obliga a hacer cosas en determinadas fechas, como en San Valentín, como en el Oktoberfest… De poco sirve repetir una y mil veces que el precio no es el único causante de todo el problema, y que el descuento no es la panacea.

Ni siquiera logro convencerme a mí mismo de que, de hecho, tampoco reside en la piratería la clave del asunto. Leo y releo una y otra vez lo que escribí de los calzoncillos y casi me convenzo, pero luego lo niego. Tengo que negarlo. Porque una y otra vez termino dándome cuenta de que yo soy el culpable de la crisis del cine. ¡Yo! Bueno, tú también tienes algo de culpa. Tú y todos.

Porque en el fondo todos sabemos que hacer cola en la puerta del cine es… cómodamente evitable.