Háganme un favor, vean este fragmento de El Ministerio del Tiempo y traten de encontrar el fallo garrafal que tiene. Se trata de un supuesto encuentro entre Velázquez y Picasso donde ambos hablan de pintura, de sus influencias y demás. Miren, miren:

¿Lo han notado? ¿Se han dado cuenta? Exacto. Ninguno de los dos actores es fiel al personaje que encarna sencillamente porque ninguno de los dos tiene acento andaluz. En efecto, Velázquez era sevillano y Picasso malagueño. ¿No hubiera sido lo más lógico poner actores que de verdad marcasen sus respectivos acentos? Por supuesto esto sólo es un detalle nimio y sin mayor importancia que en nada empaña la propuesta de TVE, pero no me negarán que da que pensar.

Pocos rasgos hay más característicos de una procedencia —con su aparejada cultura y forma de entender la vida— que la forma de hablar, la forma de expresarse. Los distintos acentos siempre me han parecido un elemento que enriquece nuestro lenguaje y le dota, en cierta forma, de identidad. Sin embargo, casi da la impresión de que en nuestro doblado panorama cinematográfico y televisivo los acentos son el coco, el mal a combatir. La pátina inescrutable que imprime el infame doblaje nos priva de ser capaces de diferenciar el magnífico trabajo que hacen los actores y actrices extranjeros cuando se enfrentan con personajes marcados con una clara procedencia. Los ejemplos son abundantísimos, desde el británico Hugh Laurie hablando con acento norteamericano en House hasta el neoyorkino Viggo Mortensen hablando con acento ruso en Promesas del Este o austriaco en Un método peligroso. Recuerden el profundo acento de Cillian Murphy en Peaky Blinders, o cualquiera de las interpretaciones de Gary Oldman, cada una con un acento diferente adecuado a la procedencia del personaje. ¿No consiste en eso, precisamente, ser actor? Echen un ojo a Anne Hathaway imitando el acento cockney, propio de algunos distritos londinenses, y valoren el hecho de que sea natural de Brooklyn:

Aquí parece que no tenemos de eso. Pese a ser un país repleto de lenguas, dialectos y dejes idiomáticos en nuestro panorama televisivo y cinematográfico parece haberse impuesto el vallisoletano universal, como si el resto no existiera o no tuvieran cabida. Es cierto que el año pasado ha sido especialmente pródigo con el andaluz en obras como El Niño, La Isla Mínima o los Ocho apellidos vascos, pero descontando eso es raro oír a personajes haciendo honor a su procedencia… salvo en la telerealidad, claro. Y eso es lo más sangrante.

El andaluz que se oye en la televisión actual parece estar irrefrenablemente ligado con cierto grado de analfabetismo, cierto grado de mofa y cierto grado de condescendencia, y no lo digo por el antediluviano acento forzado de La Juani en Médico de Familia. No tienen más que poner un rato algún programa «culto» de la televisión actual como Mujeres Hombres y Viceversa o los Gipsy Kings para encontrar algún deje periférico. Recuerden este —por otra parte maravilloso— momento televisivo de los últimos años:

Curioso, cuando menos, tratándose de una de las comunidades autónomas que más premios Nobel nos ha dado. Tiene gracia, oye, que la tierra que vio nacer a más poetas de la Generación del 27 se vincule una y otra vez, y más que nada, con la gracia y el ceceo; con la juerga y el jaleo. Y con la incultura. No me dirán que no tiene su cosa, sobre todo ahora que la ola de los Ocho apellidos vascos, además de la secuela, nos va a traer con la corriente una serie cómica nueva sobre un vasco en Sevilla —Allí abajo, se llama, metáfora geográfica de, no me negarán, connotación peyorativa—. ¿Les parece normal? ¿Les parece justo? No tenemos acentos en la ficción nacional salvo cuando es para hacer gracia. Si sale Dani Rovira en B&b es de graciosillo andalú, pero si sale Picasso no, claro. Si sale Picasso le ponemos a hablar español neutro, porque Rovira es de Málaga pero Picasso… Picasso es español, tú.