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Horror Vacui es un término del mundo del arte que literalmente se traduce como «horror al vacío», que designa el gusto por rellenar cualquier hueco.

Era lo que hacían entre otras culturas la romana, que no dejaba un palmo de pared sin adornar con pinturas, mosaicos o relieves. El miedo a la sencillez o a la simplicidad, según se mire, es el que puede haber guiado la mano del señor David O. Russell, el director de la gran —e impuesta— favorita para los Oscars 2014.

¿Es buena la película? Sí, lo es. ¿Se merece tanto bombo como se le está dando? Pues, oiga, no.

La gran estafa americana nos cuenta la historia de Irving y Sydney —Christian Bale y Amy Adams—, dos estafadores en los 70 que son pillados por un agente del FBI —Bradley Cooper— y que les coacciona para que le ayuden a engañar a políticos y altos cargos para cogerlos con las manos en la masa —en la masa corrupta, se entiende—. A partir de este momento comienza una red de juegos de engaño, de actuaciones para la galería a varios niveles, de tal manera que ni el propio espectador sabe quién está actuando y quién no.

La película tiene un envoltorio hermoso y sofisticado. Se aleja así de las dos obras anteriores de su director, que tenían un aspecto más de andar por casa, de cámara al hombro. En esta ocasión se ha optado por el ya mencionado horror vacui, muy inspirado en el mejor Scorsese, el de Uno de los nuestros o Casino, y con el aire retro y Hipster de Ocean’s eleven o Argo. La película se convierte en un continuo ir de un lado a otro, con voces en off, flashbacks, explicaciones fuera de la narración,etc. Acompaña la banda sonora, mitad clásicos de la época mitad obra de un irreconocible Danny Elfman. Vestuario kitsch, mujeres con interminables y vertiginosos escotes y machotes de pelo en pecho y ropa de terciopelo. Todo muy cool.

De lo que no dista de anteriores películas del autor neoyorkino es en el punto fuerte de las mismas, que son los personajes. Si no han tenido la suerte de ver The Fighter se la recomiendo encarecidamente porque es una de las películas más sencillas y redondas de los últimos años, que compitió en los Oscars con demasiados pesos pesados. Desde aquella han llegado a la presente Christian Bale y Amy Adams, perfectos en ambos filmes. Christian Bale se presenta con 30 o 40 kilos de más en la primera secuencia del film, con una barriga cervecera que es sólo la punta del iceberg de su transformación física para el papel: un macho alfa carismático y embaucador, maravilloso en su acting con los ojos. Y Amy Adams es para darle de comer aparte. Tiene una luz especial, capaz de seducir o enamorar, como las actrices de antes, un halo de magia que no pierde ni cuando tiene los ojos hinchados de llorar y la cabeza llena de rulos. Mención especial también merecen el resto de actores principales. Bradley Cooper cada vez se aleja más de su imagen de actor guapete de comedia, Jennifer Lawrence —al final he acabado cediendo— está magistral en su papel de marujilla psicópata, y así todos, incluido cameos que no desvelaré.

Y hasta aquí las bondades de la película, porque en realidad estamos ante un gran guiñol caricaturesco y reluciente, pero debajo de todo eso no hay nada, las manos de alguien que dirige la función para el público, y que busca más el efectismo que otra cosa. La historia en ocasiones es un poco difícil, ya que algunos aspectos de ella son inverosímiles y están explicados demasiado por encima, mucho lío de dinero difícil de seguir y creer. La película alterna momentos grandiosos basados en la gran química de los actores, la sensualidad y los diálogos hilarantes, con otros más pesados y presuntuosos.  Sube y baja, con un balance final positivo y resultón, pero no suficiente para compensar el vacío que hay detrás de de la lujosa superficie.

Una falta de ritmo y de profundidad  que se trasluce en la sensación de que la película va a acabar dos o tres veces, que nos acercamos a un presunto clímax que finalmente no lo es. Y nos lo endulzan con momentos memorables gracias al buen hacer del elenco. Habrá quien siga disfrutando hasta el final con este juego del ratón y el gato narrativo, y habrá quien desconecte y claudique.

Vendida como la gran película del año, como el año pasado hicieran con Argo, La gran estafa es buena y correcta, sí, pero exageradamente impulsadas hacia la victoria final en los Oscars. Y yo soy muy academicista, no crean. Películas como The Artist o El discurso del rey, por citar las más recientes, sí que me parecen películas de una categoría superior, bien contadas, capaces de emocionar y con una calidad artística indiscutible.

Esta no. Pero si van a verla, no tirarán el dinero. Y podrán criticarla. O criticarme.