Título original: The Happy Prince; Dirección y guion: Rupert Everett; Música:Gabriel Yared; Fotografía:John Conroy; Reparto: Rupert Everett, Colin Firth, Emily Watson, Tom Wilkinson

El genio literario de Óscar Wilde se apagó en París a la edad de 46 años víctima de la enfermedad y la miseria. Caído en desgracia en su tierra natal, tras los dos años de cárcel y trabajos forzados a los que fue condenado, Wilde se refugió en el continente europeo viviendo, en primer lugar, con el que había sido la causa principal de sus males penales y emocionales, Lord Alfred Douglas. Posteriormente, tras la inevitable ruptura con su amante cuando la familia de este le cortó el grifo económico, Wilde vagó como un sin techo por el París finisecular con la intermitente y escasa compañía de su amigo Reginald Turner y, muy especialmente, el incondicional apoyo del periodista Robert Ross que, según pone de relieve el hecho de que pidiera ser enterrado junto al escritor, siempre fue su gran amor en la sombra.

El actor Rupert Everett escribe, produce, dirige y protagoniza una película que narra precisamente los tres años que vivió Wilde en el exilio tras su bancarrota económica y espiritual. Queda patente, por tanto, la premisa personalísima que presenta el proyecto y que se traslada a la gran pantalla tanto en su forma como en su contenido, comenzando por la arbitrariedad del periodo retratado y el afán por mostrar la cara amarga y trágica del autor victoriano. De este modo, la narración adopta el punto de vista de su protagonista para mostrar sin paños calientes escenas que van del patetismo a la crítica social. El Wilde de Everett lo mismo rememora con sufrimiento los esputos en la cara del público que en otra época le aplaudía, que paga a muchachos a cambio de sexo en pleno delirio de absenta y champán.

Wilde se ve como un orondo mamotreto caprichoso sin otra ocupación que sufrir y disfrutar con igual intensidad e igual medida

Y ahí quizá el principal problema del filme: cuesta encontrar un asidero emocional al que agarrarse más allá de la tragedia vital del personaje y el amor incondicional de sus allegados. Wilde se ve como un orondo mamotreto caprichoso sin otra ocupación que sufrir y disfrutar con igual intensidad e igual medida. Al dolor del recuerdo por la añoranza de su esposa y los hijos que nunca volvería a ver le sigue el jolgorio de sus orgías homosexuales en la costa italiana; a los instantes de reflexión —en los que llega a compararse con Jesucristo— le siguen banquetes a todo tren donde rompe la cuenta que le trae el camarero mientras pide más y más espumoso.

Ni siquiera se deja un momento para el recuerdo de su pretérita genialidad; apenas se alude a lo excelso de su creación literaria, ni se pasa aunque sea de soslayo por los instantes en que, en efecto, era un hombre célebre, acaudalado y adorado por las masas. Por ello, el relato de ascenso y caída queda cojo en su planteamiento y solo deja el poso de una borrachera amanerada y caprichosa con muy mala resaca.

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