La Cenicienta ha hecho mucho daño.

Lo digo totalmente en serio. De todos los cuentos infantiles me parece el que peor repercusiones ha tenido. De hecho, me parece el peor de todos. El más heavy. Más incluso que Caperucita Roja, con su parte gore incluida, fíjate.

La enseñanza de La Cenicienta, la moraleja del tema, viene a ser algo así como niña, espabila y cásate con un rico. Cásate con un rico que te mantenga, y si es además poderoso, mucho mejor. Un príncipe. Sí. Un príncipe rico y poderoso. A eso tienes que aspirar. Y oye, no importa si mientes, estafas o finges ser quien no eres. No se te ocurra ser tú misma. No. Disfrázate. Búscate un hada madrina o lo que quieras, no importa. Nadie va a castigarte. Nadie va a recriminártelo después.

¿Se imaginan? Sería un final maravillosamente atípico. El príncipe fetichista da con el pie que encaja en el zapatito de cristal, descubre que es de la chica de la limpieza… y se cabrea porque se siente estafado. «Yo venía buscando a una princesa que me mantuviera», y tal. Habría que filmarlo con humor, claro, que esas cosas generan inquinas.

Porque está claro que la motivación de La Cenicienta no es la romántica. De hecho, ni siquiera conoce al príncipe. Organiza toda la trama de engaño precisamente para llegar a conocerle; para darle la oportunidad de que se enamore de ella; para que la rescate de su infierno de labores domésticas con una boda en palacio. El matrimonio por conveniencia: algo muy educativo para las jóvenes casaderas del XVII de Perrault, del XIX de los Grimm, o de los cincuenta de la Disney; no fuera que a las niñas les diera por enamorarse del primer perroflauta que pasase por sus vidas. No, María, no. Tú un «buen mozo» con dinero y bien colocado.

Claro, la cuestión es que la lógica de La Cenicienta está lejos de ser olvidada. Es más: casi parece que estamos volviendo a ella una y otra vez. Fíjense en Richard Gere: en toda su carrera no ha hecho otro papel que no sea el de el príncipe azul; piensen en Edward Cullen; miren al señor Christian Grey… ¿Rasgos comunes? Mayor que ella en todos los casos, rico, poderoso, trajeado… Estamos repitiendo una y otra vez el cuento con final feliz. ¿Y las excepciones? Las excepciones suelen acabar mal: miren el Titanic, miren El Diario de Noa… hasta a Sira Quiroga la abandona el guapo de culebrón. Algunos me dirán que no siempre es así. Hay bellísimas historias de amor en las que él no es un magnate sino un bohemio, un rebelde, un Johnny Depp de la vida… ya. Pero Jonny Depp no suele quedarse con la chica en sus películas. No hay muchos finales de «comieron perdices» en su filmografía. O se mueren o prefieren a Orlando Bloom. Lo siento, Johnny.

Hay una ola de «cenicientismo» que barrunta el destino de casi todas las historias que proyectamos a nuestros retoños en edad de merecer. Y tienen su influencia, ojito, tanto para ellas en lo que deberían desear como para ellos en lo que deberían convertirse.

Hace varios días pusieron otra vez el Crepúsculo que tanto he denostado en público y en privado. Todo un peliculón para el primetime, ya saben. Esta noche, creo, ponen la segunda entrega. Como habrán oído, es una saga de éxito mundial, tanto literaria como fílmica. Si no la han visto no se preocupen: al final ella termina el instituto y se casa con el señor mayor que conduce un Volvo. Pero por amor, ojo, por amor de verdad; que lo de querer ser una vampiresa inmortal y eternamente joven está mal visto.

Junto a eso, ya pueden disfrutar de la primera imagen de los protagonistas de la esperada adaptación del bestseller de E.L. James —que César Brito puso a parir en su día—. Después de que se les cayera de cartel el actor principal, en cuanto han tenido reemplazo no han tardado en comenzar la promoción. Porque un reportaje en la revista Entertaiment Weekly es eso: promoción; aunque la película no vaya a estrenarse hasta el San Valentín de 2015 y todavía no haya comenzado el rodaje. ¿El argumento? Pues ya saben: mezcla de Cenicienta y BDSM de postín —según me han confirmado en el sexshop que tengo debajo de casa, en el auténtico BDSM hay más agujas y cuerdas de esparto que plumas y corbatas de seda—.

¿Qué ha sido de aquellos clásicos pre-cenicienta Disney? Ilsa se enamoraba perdidamente del regente de un bar de corta estatura, feo y con voz de pito en Casablanca, y nadie se extrañaba; Katharine Hepburn era prácticamente la parte proactiva de cualquier relación, ya estuviera en pantalla con Cary Grant o con James Stewart, o con los dos; Greta Garbo en sus buenos tiempos besaba a los hombres desde arriba, cual dominatrix. ¿Tan grave es que la mujer no siempre tenga que tener el rol sumiso de la relación? No sé, pero me parece muy raro que haya protestas generalizadas contra Constanza Miriano por su libro Cásate y sé sumisa —tiene secuela dirigida al hombre: Cásate y muere por ella—, y no las haya contra los cientos de películas y novelas y bestsellers que vienen a transmitir poco más o menos el mismo mensaje, y a un público mucho más amplio y generalizado.

Estamos en una etapa en la que parece que el hombre normal de a pie, a lo Jack Lemmon, ya no importa lo más mínimo: Ted no se come un pimiento, Leonard otro tanto de lo mismo. Ahora lo que se lleva es el Drogo de a tres metros sobre el cielo; el macho dominante y dominador; el tronista de esteroide y proteína. La Cenicienta ha revisado sus requisitos para volver una y otra vez a ellos: guapo o feo, alto o bajo, ya saben qué es lo importante. Lo dicen las series. Lo dicen las pelis. Miren la cuenta corriente; miren el escalafón social. No sea que se equivoquen y acaben con un cualquiera. Pero lo grave del asunto es que para ellas tampoco ha cambiado la dinámica. Bella Swan, protagonista de Crepúsculo, no tiene más aspiraciones en la vida que casarse con su amor de instituto, a la sazón poderoso e inmortal. 50 sombras, la saga —que, de hecho, nace derivada de un fantic de la anterior— ofrece algo parecido.

Puesto a opinar, que de eso se trata, me preocupa que el miedo de la Cenicienta a ser independiente sea contagioso. Y sí, me preocupa. Porque visto el asunto y cómo degenera, casi prefiero que Miley Cyrus siga contoneándose con la lengua fuera, provocando sin parar, enseñando cacha y rompiendo muros en pelotas, aunque sea chabacano, o aunque digan que es «una mala influencia».