Ha ocurrido. Sabía que en algún momento iba a suceder, y ya ha pasado. He visto Crepúsculo, la saga. Confesaré que lo que ha motivado este suceso ha sido más que nada el afán de poder criticarla con denuedo y sin remilgos, y a ello voy. No obstante, debo decir que lo que más me ha indignado de la saga no es la ñoñería insoportable del melodrama. Al fin y al cabo es un romance al estilo Romeo y Julieta y para criticar eso habría que criticar todo el género. Las películas, en ese sentido, no engañan a nadie: son lo que son. Lo que realmente me ha molestado hasta la irritación y el sarpullido ha sido la tergiversación de los mitos en torno al vampiro y al hombre lobo.

En primer lugar, los escoceses llevan falda, los daneses son rubios y los vampiros chupan sangre. Es lo que tiene. Por muy guapo, alto y bien plantado que lo pinten, el vampiro, como especie endémica de centroeuropa, chupa sangre y siente predilección por las campesinas vírgenes de protuberantes pechos. Por tanto, un vampiro que no chupa sangre no es un vampiro, sorry, Edward Cullen, serás otra cosa, pero vampiro, lo que se dice vampiro, pues no. Claro, esto de entrada ya es un problema: si al chaval le quitamos el atractivo vampírico sólo se queda en la primera víctima de Voldemort en la otra saga…

En segundo lugar, los vampiros viven en ruinosos a la par que aterradores castillos en lo alto de abruptas montañas. Esto no es por mero capricho, tiene su finalidad: el vampiro, por ser vampiro y chupar sangre, no puede mezclarse con la gente. No puede bajar a la taberna del pueblo, ni charlar con el panadero por las mañanas, ni mucho menos ir al instituto con el resto de chavales de su aparentada edad. No puede, sorry. Viendo Crepúsculo no he parado de pensar en lo malo que tiene que ser el sistema educativo en Estados Unidos para que un tipo esté repitiendo curso cien años sin que nadie lo note. A ver, aunque se cambie de colegio, en algún momento tendrá que llegar un jefe de estudios que pida un traslado de expediente, una nota de otro centro, conocerá a algún profesor de la zona penumbrosa del Estado donde tiene que vivir… Si estuviera en un Castillo como Dios manda no me habría extrañado nada.

En tercer lugar, la tragedia del hombre lobo es que no puede convertirse en lobo a su antojo. Si eso fuera así, en vez de hombre lobo sería Wolfman, el superhéroe peludo. El licántropo va como las mareas, en función de la luna. En el momento que el lobisón de Crepúsculo se hace lobo cuando le viene en gana pierde toda la gracia. De hecho, ¿para qué ser humano si puedes ser siempre lobo? Y lobo gigante, encima, con las múltiples ventajas que tienen los caninos sobre la raza humana… —sí, hay otras ventajas aparte de ésa que estás pensando— Además, el caso de la animalización es completa: un bicharraco de estos, cuando se convierte en lobo, se puede comer a su madre sin importarle un pimiento ¿cómo es eso de atender, escuchar —e incluso hablar, ojito— siendo lobo? Sorry, Jacob, pero lo tuyo directamente no es normal.

Por último, para no cebarme demasiado con los fans del asunto, hablaré de la empanada de Bella Swan, interpretada por la siempreconcaradeasco Kristen Stewart. De entrada se nos perfila un dilema amoroso entre el lobo y el vampiro. O sea, Bella Swan se supone que tiene que decidirse por un «buen mozo», elegante, educado, apuesto y con un Volvo, o por un perro gigante que vive poco más o menos que en un chozo. ¿En serio es un dilema tan complicado? No sé, pero a mí no me lo parece mucho. El caso es que ella elige al vampiro, no se sabe por qué, y decide hacerse vampira, tener descendencia vampírica —a todo esto recién terminado el instituto, ojo al dato—, y ser una feliz y típica ama de casa vampírica. De nuevo, todo habría sido más interesante en un ruinoso castillo y con los monstruos realmente monstruosos. Para terminar, no puedo sino hacer una referencia, aunque sea musical, a la última pieza respetable que combinaba con acierto el romance y el vampirismo. Ahí os va: