[o, si lo prefieren «Motivos para odiar las series españolas (2)», en continuación de la saga iniciada por este artículo anterior.]

Somos unos mamporreros. En sentido literal. Si no conoce el significado del término aquí se lo paso: mamporrero. ¿Y por qué? Le pondré en situación:

Es una tranquila noche de jueves. Después de un duro día de trabajo está en su casa. Ha cenado algo cálido y agradable. A lo mejor se ha permitido una copa de vino: es el momento del día que dedica a usted. Se ha ataviado con sus zapatillas, el calzado favorito de todo el mundo. Se acomoda en su sitio habitual y enciende el televisor para ver su serie favorita. Está intrigado por saber cómo continúa después de lo que pasó en el último capítulo, y ha empezado bien… Avanza la trama, los personajes están inmensos y, de pronto, en medio de una conversación: PUBLICIDAD.

Así, de golpe, sin previo aviso. Por lo menos la cadena tiene el gesto de avisarle de que sólo serán 45 segundos. Un anuncio. Dos. Pasan los 45 segundos y aparece el patrocinador —que es otro anuncio— y un minuto después volvemos a la serie en el punto en que lo dejamos. Una frase retomada al azar y que ha perdido ya todo el sentido. ¿Le ha pasado alguna vez? Superado el aturdimiento prosigue la serie. El siguiente bloque publicitario no tarda en llegar. Esta vez son tres minutos —sabemos que el último bloque será de quince—, y ahora lo han puesto en mitad de otra escena. Echanove traga después de la publi la cucharada de sopa que se metió en la boca quince minutos antes. ¿Qué ha pasado? Cuando retomamos la serie, si no nos hemos dormido o cambiado de canal, ya apenas recordamos el diálogo.

En nuestro país ponen la publicidad donde les da la gana, sin atender al contenido de la emisión, y sin respeto alguno por el espectador. Así, de golpe, y en todas las cadenas del grupo a la vez, de sopetón. Da igual que interrumpamos al protagonista en plena frase; no importa que cortemos la escena en un punto muerto o que hagamos que el espectador pierda el hilo. El espectador no importa. Importa el anunciante. Y es algo realmente INDIGNANTE.

¿Se imaginan que pusieran publicidad en mitad de un partido de fútbol? Imaginen: se va el balón por la banda, regatea a un central, a otro, centro a Cristiano y PUBLICIDAD. Sería una crueldad. De hecho ni siquiera el árbitro da por finalizado un tiempo en medio de una jugada. Hay un momento para todo. ¿Por qué no para la publicidad?

En las series extranjeras es habitual localizar los puntos donde van «los consejos publicitarios». A menudo una escena se funde a negro en el instante más alto y a continuación recuperan varios segundos del mismo instante: eso no es un recurso dramático; eso es porque los realizadores de la serie extranjera, que saben de esto, han dejado el hueco para que la cadena meta ahí su publicidad, asegurándose así que el espectador no va a perder el hilo cuando lo retome y además jugando con la tensión narrativa, dejando la historia en alto, intrigando al televidente para lograr que no cambie de canal durante los anuncios. ¿Bien pensado, no?

Aquí somos más de meter la publicidad así, a saco. Sin cariño por nuestras propias series; sin respeto por nuestros propios realizadores, y sin pensar lo más mínimo en el espectador en zapatillas al que hemos jodido la cena. A lo mamporrero, tú.