Ha tardado una década en llegar a España. Venía laureada como una de las grandes novelas de terror. Y lo cierto es que, con un estilo original para el mercado de libros de toda la vida, Danielewski y su Casa de Hojas han dejado huella en Estados Unidos y vienen a hacerse con el de España.

lacasadehojasCon todas esas referencias detrás, era imposible que no me cayera en las manos un ejemplar. Y no es extraño: la premisa es llamativa. Parte de un tatuador de Los Angeles llamado Johnny Truant, el cual entra en la casa del difunto Zampanó. Dentro está el «Expediente Navidson» y, a partir de ahí, el resto es un descenso a los infiernos de lo más turbulento por parte del protagonista. Y el desencadenante, aunque no lo parezca, es el mismísimo documento, el cual no sólo afectará a Truant, sino que también a todo aquel que lo lea.

El libro contiene trazas de novela negra, pero su principal terreno es el terror. Lo explora sobre todo con las formas. Danielewski experimenta con formatos no vistos desde principios del siglo XX, como cuadrados negros en medio de la página o cinco palabras en la misma. Eso ayuda a crear desasosiego junto con el tono de la obra, muy entrado en el terreno del falso documental sí, eso tan típico del último cine gracias precisamente a la presentación física. De hecho, muchas de las partes parecen sacadas más de una tesis o de un libro didáctico que de una novela de ficción, lo cual hay que agradecer.

La novela juega con dos historias distintas. Una es la del mismo documento, donde se explica, en clave de tesis, cómo unos milímetros se acaban apoderando de la familia que habita la casa. Sí, lo han oído bien: ese es el punto clave de la novela y el que deja los pelos de punta. Varía no sólo ya en el fondo, dejando algunos capítulos con los pelos de punta, sino también en la forma. Este es tan sólo uno de los ejemplos:

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Como se ve, el ingenio que presenta el «Expediente Navidson» es una auténtica maravilla. No sólo Danielewski consigue controlar el tempo de la novela con su estilo, sino que también traslada eso a la forma visual del libro. Del revés, en línea recta, con espacios en blanco… urgen a que el lector tenga que hacer un esfuerzo para involucrarse en la historia. Es digno de mención, pues, que el autor de La Casa de Hojas llegue a tener en cuenta lo más importante en una novela de terror: la inmersión, quizá el mayor atributo que tiene esta pieza.

La obra atraparía al cien por cien de no ser por la otra parte, aquella en la que el bueno de Johnny narra sus experiencias de transcribir el documento. Al principio hay que reconocer que ayuda a enganchar. Sin embargo, esa experiencia más de cine negro que de terror dispersa la magia que puede tener la historia. ¿Debería eliminarse? No, pero hay partes donde sobra una explicación de dos páginas sobre lo que ha hecho o dejado de hacer nuestro protagonista en medio de un capítulo. La estructura a algunos se le hará cómoda, pero para otros se le hará pesada y desearán que eso se hiciera en una especie de capítulo anexo.

Por suerte, las virtudes ganan a los defectos y las 530 páginas del libro —sin contar apéndices ni contenido extra— son un ejercicio notable de originalidad. No es toda la que debería ser, pero sí da una vuelta de tuerca al género de terror. Quien quiera entrar en esta experiencia, que lo sepa antes de empezar: esa lectura quizás «no sea para ti».♦