Por fin nos ha llegado, de la mano de Cosmopolitan TV, la versión norteamericana de nuestra castiza Los Misterios de Laura, que tanto nos gusta en NOSOPRANO. El resultado: nefasto. 

No me juzguen mal. No crean que es una cuestión de chovinismo patrio; de envalentonamiento ibérico o de españolismo rancio. Ya me conocen: lo normal es que ponga por las nubes lo de fuera y a parir lo del «mercado doméstico». Pero esta vez no. Esta vez se la han cargado. Y con mayúsculas, oiga. «¿Cómo es posible?», se preguntarán. «Si la versión norteamericana tiene todo lo que no tiene la española: una producción millonaria, una industria audiovisual y el apoyo de la cadena». Pues ya ven. Los gringos, con Laura, se han equivocado.

De entrada, lo primero que choca de la producción de NBC —además del doblaje, nuestro mal endémico— es lo pobre de la factura visual. Sí, sí. Pobre. Quizá no tan pobre como The Strain, pero lo suficiente como para que yo levante una ceja. Los dos primeros capítulos no son reflejo del poderío de la industria que inventó la Coca-Cola ni por asomo: exteriores contados, realización anquilosada y luces de relleno por todas partes. Y ya saben cómo me gustan las luces de relleno: podremos estar en un entorno lóbrego, en un lugar oscuro o en una comisaría de tercera, pero las coronillas de todos las quiero bien resplandecientes en todo momento… (es ironía, obvio).

Pese a todo, una factura visual endeble puede ser perdonable si los personajes y las tramas merecen la pena. Y no es el caso. Viendo The Mysteries of Laura casi da la impresión de que estamos ante un teatro de marionetas: todos fríos, sosos, superficiales, y con la frase perfecta en el momento adecuado. Artificiosos. Todos artificiosos, y además rozando el absurdo. Fíjense que incluso Gotham me ha parecido más realista. Por ejemplo, los sospechosos de Laura son, en líneas generales, para darles de comer aparte. ¿Un abogado que se pone un kimono magenta brillante para hacer yoga en una escalinata de Nueva York? Echen un ojo a los «candidatos» que se encuentra Laura cuando trata de capturar a un asesino en una rueda de citas rápidas. Mi favorito es el de los mocos, elijan ustedes al suyo:

Los personajes absurdos ya es más difícil de perdonar, pero podría tener un pase en determinados formatos. Desde luego el original de Laura no es tan paródico. El tono de la comedia es de risa. De broma. De puro cachondeo. ¿Se han fijado en el mínimo disimulo que pone la actriz para hablar por el pinganillo en la escena anterior, en la que hace de infiltrada? Pues así todo. La serie retoza en la exageración, empezando por el vestuario de la protagonista y terminando por la musiquilla de comedieta que inunda, uno tras otro, todos los capítulos. En nuestra Laura no había esas cosas. De hecho el tono de nuestra Laura —que también tenía comedia— era mucho más sobrio; mucho más dramático; mucho más real.

Y ahí tal vez sea donde reside el pecado fundamental de la versión yankee de Laura: en la propia Laura. Ay, estos americanos. Se han puesto a copiar la idea y se han olvidado de lo más importante. Laura. Nuestra Laura, especial y cotidiana; corriente al tiempo que única; frágil pero decidida, torpe pero entregada… Los señores americanos parecen que no tienen en su repertorio de mujeres normales más arquetipo que el de soccer-mom con ínfulas de Robocop. Porque, seamos sinceros, la Laura norteamericana es tan perfecta que reduce a cachondeo todo el contexto de la serie. Es alta, guapa, resolutiva, prepotente, pelirroja y tiene una leonada cabellera ondulada en perfectos bucles que serían la envidia de nuestra Laura Lebrel de coleta y media melena. Diamond se apellida la extranjera, como metáfora no del olfato sino del lujo —o la dureza, según se compare—. En el primer capítulo luce tipazo —sean objetivos— en bañador; en el segundo ya la han visto de traje de noche, aduciendo la mentira piadosa de que «nadie se fija en una mujer de su edad». No hay criminal que se le resista, y su compañero no hace sino irle a rebufo, porque es evidente que la súper Laura neoyorquina se basta y se sobra ella solita. ¿Tensión sexual? La de las amebas. Cero.

Bueno, es un procedimental, dirán. «Los procedimentales estadounidenses son todos así. De siempre». Pues no, oiga. Lo siento, pero no. House era un procedimental; CSI es un procedimental… Incluso procedimentales como Bones, Castle o El Mentalista tenían mejor pinta en sus comienzos. También tenían tensión sexual no resuelta —luego ya la fueron resolviendo—, o al menos tenían parejas de personajes más interesantes que este remedo de Laura que nos han colado y que además tiene visos de ser más longeva que el original. Ya saben cómo se las gastan por allí. Una serie puede tener un share bajo y aguantar el tirón porque acierte en «demográficos», y la cosa, de momento, parece estable en la NBC. Tendremos que conformarnos con la copia, me temo. Qué lástima.

Ay. Malditos gringos. No se han enterado.