Cuando termina el año se suele hacer balance. Si echo la vista atrás puedo decir que, literariamente, ha sido un 2013 agridulce. Primero, por no llegar a mi objetivo de finiquitar medio centenar de lecturas en doce meses. Segundo, por haberme «comido» algún fiasco que otro —fruto de lo ecléctico de mis apetencias lectoras, de mi incapacidad para refrenar el impulso comprador, sin reflexionar o asesorarme—. Pero también me he llevado algunas alegrías.

Y si hay una alegría que destaca por encima de las demás, tal vez más fragorosa y efervescente, por ser la más cercana en la memoria, es la que me he llevado al descubrir a Dolores Redondo y su «Trilogía del Baztán» (editada por Destino). A pesar de no ser excesivamente experto en el género policíaco y la novela negra, voy a soltar una de esas sentencias lapidarias que tan poco suelen gustar a los puristas. Total… no soy Harold Bloom, así que poco importará:

El Guardián invisible

Tras Maigret, Holmes, Wallander, Spade, Magnum… la literatura patria cuenta con dos inestimables —y ya inmortales— personajes de género negro: Carvalho y Bevilacqua. Y, desde ahora, Amaia Salazar. La protagonista de la saga de Redondo puede ocupar un puesto en el podio sin sonrojarse lo más mínimo. Porque la obra de esta autora —española, además— es el mejor, más estimulante y más claro ejemplo de talento con el que me he cruzado en el último lustro, hablando de literatura contemporánea. No me cansaré de recomendar El guardián invisible y Legado en los huesos —dos primeras entregas de la trilogía— hasta que se me gaste la saliva.

Ambos libros enganchan desde el principio hasta el final. No con recursos casposos y facilones, a lo Dan Brown, sino con literatura de peso, con personajes carismáticos, definidos y con personalidad, con vida. Vibrantes. Reconozco que, cuando comencé El guardián invisible, me costaba trasponer los conceptos, los tópicos, la parafernalia policíaca habitual en contextos literarios anglosajones, al Valle del Baztán, la «Suiza navarra». Igual, para seguirle los pasos a una inspectora de la Policía Foral, experta en perfiles y conducta criminal, formada en el FBI. Si además se sumaba un componente sobrenatural y mitológico, propio del País Vasco, la desconfianza aumentaba.

Legado en los huesos

¡Qué magnífico error, dudar de Dolores Redondo! ¡Qué libros más completos, equilibrados, entretenidos y hasta creíbles, a pesar de todo! Algunos pasajes, de un desasosiego psicológico que no recordaba desde hacía décadas, al leer una obra, me mantuvieron despierto y en vela pasando páginas, como un descosido, más de dos y tres noches. Una espléndida historia de asesinatos en serie entre las brumas de Elizondo, con las sombras del Basajaun y el Tartalo revoloteando; como cálidas e inquietantes compañías, no como un fin en sí mismo. La mitología y lo espiritual no son un obstáculo sino un contrapeso ideal en la trama. Un ingrediente más que no molesta, sino que subyace para acompañar, guiar, despistar y, en definitiva, sugerir el camino a transitar por el lector. Asesinatos, sospechosos, dramas familiares, traumas infantiles, tradición, modernidad… ¡De todo! El primero de mis encontronazos con la inspectora Salazar derivó en una experiencia literaria soberbia. El segundo, lejos de decepcionarme, mejoró mis expectativas.

Tan sólo lamento que, como he escuchado afirmar a Redondo, por responsabilidad con los lectores, la «Trilogía del Baztán» tenga un final, ya planificado, en el tercer y último volumen de la saga, completando tramas, solucionando conflictos y resolviendo historias de sus personajes principales. Cerrando el círculo. Ardo en deseos de leer la siguiente entrega y también espero que Dolores Redondo no nos prive de su inconmensurable talento. Sería una auténtica lástima perderle la pista a la inspectora Salazar.