Hubo un tiempo en que ser empresario significaba emprender ingentes obras, tender ferrocarriles, convertir hierro en acero, fabricar buques mercantes… Antaño, como prueba de su poderío, los empresarios de verdad, los que tenían compañías de éxito, podían ponerle su nombre a las creaciones de sus ingenieros —Ford, Opel, Thyssen…—, y además dejarse grandes y poblados bigotes.

Aquí también era así. Den un paseo por la Cámara de Comercio de su ciudad: seguro que encuentran al menos un cuadro con el retrato de algún bigotudo prohombre del pasado. Luego vinieron los brokers de gomina, cuya empresa era vender las empresas de otros. Después, con los años, llegaron los Zuckerberg y compañía, cuyas empresas sigue sin saberse si son realmente empresas, pero hay quien paga por ellas por adelantado, no sea que resulte que al final lo son.

El caso es que unos y otros tenían algo en común: sabían lo que montaban. Los bigotudos del ferrocarril prácticamente lo habían inventado; los yuppies del traje y la gomina comprendían los tejemanejes de la bolsa antes de que a Josef Ajram se le cayera el primer diente, e incluso Zuckerberg sabe algo de informática. Por eso lo que está destapando Chicote es gravísimo: ahora los empresarios no tienen ni idea de lo que montan, especialmente si lo que montan es un restaurante.

Da lo mismo si has estudiado pedagogía o si eras el azafato de Lo que necesitas es amor, da igual. Nadie ha dicho que para montar un negocio de hostelería haya que saber algo de hostelería. Total: no tiene un restaurante Bardem… Es verdad, cualquiera con un crédito avalado en ladrillo puede podía ser socio capitalista de un restaurante. Incluso gerente. El señor del banco no va a preguntarle qué ha estudiado, si se siente inspirado por Bocuse, o si sabe diferenciar una sartén de una palangana. No va por ahí la crítica. La crítica va hacia la que probablemente sea la primera decisión que ha tomado el empresario inexperto: contratar a un cocinero que sabe tan poco de cocina como él. Hasta el momento, la tónica general de los programas que he visto de Pesadilla en la cocina es la de negocios arruinados por dos motivos principales: uno, crisis existencial del propietario tras salir de un divorcio; y dos, tener en cocina a un zote.

Vale que estemos en malos momentos y que muchos encuentren en la cocina una salida laboral. Respeto al máximo al fotógrafo equis que no tiene trabajo de lo suyo y ha terminado arrimándose a los fogones. Ahora bien: ser cocinero, al igual que dejarse un poblado bigote, conlleva una gran responsabilidad. No es solo la cuestión de que lo que prepares sea ortodoxo con los mandatos de la Nouvelle Cuisine, los platos regionales de la zona, o que simplemente esté bueno o no. ¡Es que tus manos tocan lo que se come la gente, gañán! No haré la comparación demagógica con el cirujano, por manida, la haré con otro profesional: ¿se dejaría usted cortar el pelo por un peluquero/estilista sin experiencia?

El caso es que en nuestro país hay, además de MasterChef, otras opciones para ser cocinero profesional. De hecho cada año salen cocineros sin experiencia pero con conocimientos y formación suficientes como para no envenenar a nadie —sin querer, al menos—. ¿Por qué no sacarlos del paro, joven aprendiz de empresario de hostelería? Vamos, digo yo. Lo mismo si haces un contrato a un profesional de la cocina te va la cosa mejor y no tienes que acabar llamando a Chicote y sacando tus vergüenzas y las de tu madre por la tele. Puede que incluso, si das con uno bueno —y para dar con uno bueno vas a necesitar saber un poco del tema—, hasta os vaya bien y te visite Chicote sin cámaras y para comer. ¡Quién sabe! A lo mejor un día descubres que le has puesto tu nombre a una empresa de éxito, jaté.