No es pretensión de este blog hablar sobre series ya pasadas. Es un principio fundamental de este lugar hablar sobre lo que se está viendo y sobre lo que se puede ver. Las ficciones pasadas, por buenas que sean, no tienen cabida en estas páginas. Aunque eso no significa que no me interesen.

Después de ver por completo la primera temporada de House of Cards llegó a mis oídos que se trataba de un remake, de una serie inspirada en otra anterior. El antecedente era una miniserie —cuatro episodios— realizados en el Reino Unido en 1990 —¡otra vez, los malditos británicos, lo han vuelto a hacer!— En vista de la terrible situación de la televisión veraniega, he logrado encontrar los capítulos de esta antigualla por internet y me los he visto del tirón.

La conclusión: de «antigualla» nada. Por supuesto tiene menos trasfondo y tramas enlazadas que la versión de Netflix, más que nada por la duración, pero, aparte de eso, todo los logros de la serie norteamericana están ya apuntados en la británica: el antihéroe protagonista, los personajes ambiguos, la doble moral… incluso la ruptura de la cuarta pared —y una década antes que The Office o Arrested Development, ojito—. La propia versión estadounidense no se corta en los homenajes, llegando a emplear frases de la británica como el famoso:

You might very well think that; I couldn’t possibly comment.

Es sabido que el pueblo británico tiene una tradición televisiva del todo encomiable que seguramente viene de la longeva tradición teatral. No me cabe duda de que los mejores actores de todos los tiempos son británicos. ¡Llevan representando a Shakespeare desde hace cientos de años! Su tradición de cineastas y realizadores del séptimo arte tampoco se queda atrás.

Aquí, en nuestra querida patria, parece que, en cambio, Lope de Vega es solo el nombre de alguna plaza por ahí perdida. Si la calidad de nuestras series de ficción denotan nuestra tradición en las tablas, desde luego Calderón de la Barca, Zorrilla, los Álvarez Quintero, los Echegaray y compañía pueden revolverse en su tumba. Quizá los Buñueles y Berlangas también estén en esa situación. ¿Qué le pasa a nuestra ficción?

Bueno, en los últimos años algunas producciones han subido el nivel cinematográfico —sí, he dicho «cinematográfico», ¿quién se cree eso de que son lenguajes diferentes?— de nuestro acervo nacional, del que salvaría tan solo una o dos ficciones de hace mil años que sí fueron excelentes. Honestamente creo que todavía estamos lejos de lo que se hace por ahí. Quizá sea la fallida pretensión de hacer producciones al estilo norteamericano por la décima parte del dinero que se gastan allí; a lo mejor es la testarudez de no hacer miniseries al estilo británico —Sherlock, Black Mirror, etc.— por motivos de inversión publicitaria, por pensar que el al público no le interesa series tan cortas, o quién sabe por qué; o a lo mejor es un problema de guión, aunque sinceramente lo dudo: tenemos grandes guionistas totalmente olvidados.