Goya

Este año, el destino —o una mala planificación— ha querido que la entrega de los premios Goya coincidiera en el tiempo con otro evento cinematográfico: la Berlinale.

El Festival de Cine de Berlín comenzó el pasado viernes y se desarrollará hasta el día 16 de febrero. Los Oscars son unos quince días después. Los Goya, en todo el medio. ¿Por qué? Quiero decir: ¿a qué viene esta coincidencia de fechas? ¿No podían haberlos puesto antes o después? ¿No se sabía el calendario? ¿Quisieron que coincidieran? Imagino que no, pero no sé. Digo, vamos, que en vista de cómo está la cosa del cine español poner una gala justo el primer fin de semana de la Berlinale… pues no me parece muy inteligente. Verán.

En primer lugar, hay que tener en cuenta que ambos eventos no tienen nada que ver. Uno de ellos es un festival de cine y el otro es un programa de televisión. Sí. televisión. No se engañen. Además de los Goya, la Academia del Cine entrega otros muchos premios (la Medalla de Oro, el premio González Sinde, el premio Muñoz Suay…) sin que se emitan por TVE ni los presente el de Tu Cara me Suena. Es televisión de la buena, de la que hace audiencia. Lo otro, lo de Berlín, es algo un poquito —muchísimo, de hecho— más cinematográfico: además de los premios, también hay ponencias, charlas, coloquios… e incluso se presentan y proyectan películas, fíjense —unas 400, solo—. Nada que ver.

Pero el tema no está en que uno sea una cosa seria y lo nuestro una charanga promocional copiada de los gringos. El tema está en que, además de ser un festival, lo de Berlín también es un mercado. Sí, sí. Mercado. Como los mercados de ganado, igual. De hecho lo dice hasta el nombre del evento particular: European Film Market. ¿En qué consiste? Pues muy simple: se compra y se vende. Además de las ponencias, charlas y coloquios, en Berlín se organizan encuentros entre productores, distribuidores, realizadores, agentes, publicitarios, relaciones públicas, etc. etc. etc. y se firman acuerdos para financiar, realizar, distribuir y promocionar películas hechas y por hacer. Por eso va toda la industria del cine mundial a Berlín. Bueno, toda menos la española, que está en los Goya mirándose el ombligo.

No, oye, claro, a ver… que lo entiendo. Sí. Comprendo que faltar a la gala de los Goya si eres un conocido director o productor para irte a Berlín puede parecer algo feo. Se iba a hablar de las ausencias y tal, como la de Wert. Entiendo que hay que hacer el gesto, que los Goya tienen también su cosa: si tu película lo gana puede que vuelva a las salas y recupere algo la inversión… si gana, digo. Como productor-director conocido tu sitio está en España, hombre, y no de copas por Berlín con George Clooney, aunque las copas con George Clooney —o su círculo— puedan levantarte ese proyecto que tienes en el cajón en espera de financiación. ¿Me quedo, espero ganar y remontar la recaudación de mi peli del año pasado, o voy al mercado y vendo el proyecto para poder trabajar el año que viene? Los Goya, obvio. A Berlín mando a algún subalterno, que aunque no tenga mi nombre ni mi fama seguro que vende el proyecto mejor que yo. Ais.

Bueno, tampoco es tan grave. Lo de Berlín es hasta mediados de febrero. Podemos ir más tarde ya con nuestros Goya entregaditos, que eso da mucho empaque, y venderle los temas al que esté por allí —porque los pesos pesados, los que manejan el condumio internacional, lo mismo ya se han ido, tú—. Nos quedamos unos días, Pepe, y vamos a la clausura. Así aprovechamos y vemos las películas españolas que participan este año en Berlín… vale, bueno, eso no. Porque no hay ninguna. El punto de encuentro de toda la industria del cine mundial y la española no está siquiera entre las proyecciones. Pero no pasa ná. Si quieren ver cine español que vengan ellos a los Goya, carajo!

Enervamientos aparte, la gala de los Goya de anoche siguió un poco la tónica de lo que viene siendo habitual en nuestra industria: más política que cine. Y eso que, según decían, el guión era despolitizado… pero no ha podido ser. Además de la ausencia presente del ministro —que también fue mencionada en la gala, aunque no tenga nada de cinematográfico y la prensa le esté dando coba desde hace días…—, los premiados aprovecharon el micrófono para lanzar las proclamas de siempre. Nada nuevo. En la alfombra roja los de los desahucios, los del ERE de CocaCola, Bardem acercándose a saludarles no se sabe bien por qué, y la prensa haciendo sangre con lo de la Bardencilla y los camareros, lo de tributar fuera de España, y tal. De cine, cero.

La presentación de Manel Fuentes estuvo arrítmica, amanerada y sobreactuada. Los sketches pse. Hubo momentos chanantes que medio tal…, hubo algún videomontaje resultón como el de Chicote criticando Caníbal y, por supuesto, el clásico y deprimente número musical que tanta gracia le debe de hacer a los norteamericanos y que, este año, se hizo especialmente «profesional» al dejarse los micros abiertos.

La tribuna de oradores se hacía interminable, con discursos narcóticos como el de Jaime de Armiñán, Goya de Honor, y las ya tradicionales alusiones al IVA, a las subvenciones, a lo mal que está la cosa, a la piratería, a los ministros y a la ley del aborto. Prácticamente los únicos que no hicieron menciones de corte político fueron los venezolanos, que subieron a recoger el premio a la mejor película iberoamericana (Azul y no tan rosa). Sí, a mí también me pareció paradójico.

En definitiva, una gala cutre y cateta que no hace sino enseñar nuestras vergüenzas. Hilarante el momento en que salieron los presentadores con publicidad de la empresa de trabajo temporal Adecco en sus trajes de gala; hilarante el escenario ese que utilizamos para todo, e hilarante la cobertura de TVE: entraron en plano cámaras, grúas, telepromters… e incluso desenfoques y planos vacíos. Maravilloso todo, vamos. Como para ir ahora a Berlín a vender el cine español.