La cuestión es: ¿por qué nos empeñamos en mandar películas a los Oscars cuando EEUU no ha mandado nunca ninguna participación oficial al Premio Nadal de Novela?

Supongo que la respuesta es bastante obvia. El Oscar da la vuelta al mundo, no se habla de otra cosa, las películas galardonadas se reestrenan en sala y en muchas ocasiones logran sobreponerse a los varapalos económicos iniciales, mientras que a los ganadores del Nadal apenas se les conoce un poco más ni siquiera en nuestra amada patria. Recuerden cuando TVE ilustró la noticia del último con la fotografía del tenista Rafael Nadal… Obviamente, es una cuestión de marketing.

Los premios de la Academia de Hollywood son lo que su propio nombre indica: de la Academia de Hollywood. Se trata de un galardoneo endogámico a más no poder. Participan la industria gringa y se conceden para la propia industria gringa. Punto. No hay vuelta de hoja. Ellos se lo guisan y ellos se lo comen. No son un certamen; no son un festival. Es más: de hecho hay quien dice que no son más que un concurso de popularidad.

Si lo pensamos, suena un tanto prepotente eso de conceder un galardón a una película extranjera, pero no podemos quejarnos. Participamos del juego, de hecho, como el resto de industrias cinematográficas del mundo y en igualdad de condiciones. Ojito: aunque nuestra paupérrima industria le dé mil vueltas comercialmente hablando —por número de producciones, por ejemplo— a la industria cinematográfica de Islandia, «participamos» ambos con el mismo número de títulos, con una candidata por país, y según lo elija Hollywood.

Claro, estos datos ya empiezan a chocar un poco entre sí. Detengámonos un momento. Por un lado tenemos que los Oscar son un tema principalmente de promoción, publicidad y sucio y asqueroso dinero. De hecho, en las propias producciones de Hollywood hacen campaña, como en las elecciones presidenciales, para hacerse con la estatuilla. Hay presiones y quién sabe si algo más de por medio. ¿Creen que es casual que en los discursos en los Oscars de los últimos años se haya agradecido el premio más a Harvey Weinstein que a la Academia que los concede —no solo eso: se le agradece a Weinstein incluso más veces que a Dios—?

Por si no andan muy al tanto, Weinstein es el productor de obras maestras del Séptimo Arte como El paciente inglés (1996), No es país para viejos (2007), El discurso del rey (2010),  Shakespeare in love (1998), o el musical Chicago (2002) —todas oscarizadas como mejor película, fíjense qué casualidad—. Estuvo detrás de La Vida es bella (1997) el año que ganó el Oscar a la mejor película de habla no inglesa —y al mejor actor, y a la mejor banda sonora…— También produjo Vicky Cristina Barcelona (2008), y le puso un jet privado a Penélope Cruz para que pudiera llegar de la ceremonia de los Goya, en Madrid, al almuerzo de gala de Hollywood, en Beberly Hills, precisamente —otra casualidad— el año que se lo concedieron como mejor actriz de reparto. Por darles un dato que les permita ver de qué pie cojea este señor, sepan que apoyó económicamente —con una donación más que generosa— la campaña de los Clinton [modo cotilleo ON]. Ah, y se me olvidaba: también produjo el documental Farenheit 9/11 de Michael Moore —mira, otro oscarizado, ¡fíjense qué azaroso cúmulo de casualidades!—.

Por otro lado, tenemos el asunto de que solo puede haber una candidata por país. De hecho, en cada país hay que realizar una selección previa de candidatas que sean elegibles por la Academia de Hollywood. Con tanto dinero y promoción en juego… ¿elegimos a las que «mejor» representan el cine español? ¿se tienen en cuenta valores narrativos, estéticos, artísticos…? ¿enviamos a las mejor valoradas por crítica y público? Y, quizá lo más importante, ¿tenemos la potencia suficiente como para «hacer campaña» por nuestra película en los saraos, screeners, charlas, cenas, almuerzos, reuniones, y demás juegos de palacio en aquel lejano distrito de Los Ángeles?

Visto así, después de esta capa de lodo, quizá convendría reflexionar sobre nuestra candidatura al Oscar de 2014, la 15 años y un díadirigida por Gracia Querejeta ¿Qué opinan ustedes? Tal y como está el asunto del cine español —y este galardón se entrega al país, recuerden, no a la película—, ¿promovemos una producción decente y sencilla, y rezamos para que la «imparcial» Academia de Hollywood nos bendiga con su varita, o mejor nos embarramos un poco los bajos, hacemos lobby, mandamos a toda la troupe —Banderas, Penélope… ya saben— y sacamos al menos una candidatura que nos permita remontar un poco el annus horribilis que llevamos en las salas, aunque sea en beneficio de los de siempre?