Creo firmemente que el arte de contar historias es la verdadera potencia de la humanidad, nuestro verdadero arma secreta, nuestro verdadero poder.

Cuando Prometeo robó el fuego de los dioses para entregárselo a los hombres, realmente el único don divino que nos regaló fue el lugar en torno al cual contar nuestras historias. Y tal vez fuera el don más importante. Porque las historias, además de lúdicas y entretenidas, son el fundamento de nuestra sociedad. Y no hablo sólo de su función, inconmensurable, como transmisoras de enseñanzas, cultura o religión. El poder mágico de las historias reside en algo más profundo y más humano: son capaces de emocionar.

Los más grandes magos, brujos y hechiceros de los días antiguos tenían todo tipo de artilugios para canalizar sus sobrenaturales poderes: amuletos, varitas, báculos… pero probablemente ninguno tan poderoso como la palabra. No había nigromante que no fuera ducho en el pronunciamiento de encantamientos y sortilegios de todo tipo. Y todavía hoy, fíjense, empleamos hechizos como herencia mágica de cuando gobernaban los dragones. ¿O acaso alguien duda de los poderes curativos del «sana, sana» entonado por la voz condescendiente de una madre? ¿No es el «tú la llevas» uno de los peores males de ojo que se puede sufrir en el patio del recreo? ¿Y acaso no tienen valor de ley las promesas y los juramentos, capaces incluso de sellar uniones sólo separables por la muerte? Piénselo bien: cualquier chiste es realmente un hechizo, un conjunto de palabras poderosamente mágicas que, al ser entonadas contra otro, provocan en él poderosos efectos fisiológicos capaces incluso de dominarle: espasmos del diafragma, segregación involuntaria de diversos fluidos cerebrales, lagrimeo, pérdida de las funciones motrices, rictus deformado, euforia y carcajada.

Pero no hay sortilegio más potente que una historia bien contada

Pero no hay sortilegio más potente que una historia bien contada. Los académicos han tratado de explicar el porqué con una suerte de conceptos tan reales como banales. «Suspensión de la incredulidad», lo llaman algunos. Según este principio, al saber que todo cuanto nos van a contar es ficticio, aceptamos formar parte del juego; aceptamos creernos lo que nos digan. Suspendemos momentáneamente nuestro raciocinio y nos dejamos llevar en volandas por los derroteros de la imaginación. Claro, al apagar el interruptor de nuestro lado racional, nuestro lado emocional queda por completo indefenso. Y eso es, realmente, lo maravilloso. La magia. Si el chiste es capaz de sacudirnos el diafragma, una historia bien pertrechada puede nublarnos la vista, hacernos moquear y subirnos la tensión hasta ahogarnos con un nudo en la garganta. El fuego de los dioses.

El éxito del anuncio de la lotería de este año tiene su sentido en el poder del relato. En comparación con los gorgoritos del año pasado, en esta ocasión la emoción ha inundado las redes sociales con gente, sencillamente, emocionada. Este año el anuncio es bueno. Porque «lo bueno», en general, es aquello que nos logra emocionar. ¿No lo han visto? Aquí se lo paso.

Sin embargo, no basta con tener un buen protagonista, un buen conflicto, una buena peripecia. Para que una historia nos arrebate realmente el corazón tiene que tener, además, elementos de verdad. Y nada más verdadero que el Bar de Antonio, con su café, con su barra, con su Antonio…; nada más sincero que una nevada en un barrio obrero cualquiera —el bar La Muralla, donde se ha rodado, está en Villaverde y otras piezas de la campaña se han rodado en el barrio de El Pilar, en Madrid—, de gente sencilla que va y viene en autobús, que se conoce con miradas y que se guardan los décimos aunque no se pidan. Es cierto que la finalidad es vender lotería. Por supuesto. Es un anuncio. Pero su objetivo material no le resta un ápice de calidad a su realización. Un guión esmerado, una cuidada fotografía, un excelente ritmo y una sugerente banda sonora para entonar el más antiguo de todos los sortilegios: contar una buena historia.

Pero hay algo más: nos dejan nuestro sitio. Ojo, no es cualquier cosa. La historia que nos cuentan la monta el espectador en su cabeza. ¿Quién nos iba a decir que acabaríamos por encontrar el verdadero sentido del cine en un anuncio de apenas dos minutos y pico? Sólo con el primer diálogo ya entendemos lo que pasa, sin que realmente se verbalice lo que pasa. Es cierto que en otra de las piezas que han producido se narra precisamente el «antes», pero no es necesario verla para comprender el anuncio. El espectador, que no es idiota a pesar de lo que piensan en muchas cadenas, sabe atar los cabos. Comprende el problema, comprende su resolución, y comprende a los protagonistas. Incluso aunque su diálogo verse sobre algo tan alejado del tema como es una taza de café.

Es cierto que la finalidad es vender lotería. Por supuesto. Es un anuncio.

Debo confesar que este año estoy entusiasmado con la campaña de la lotería. Y no sólo por el anuncio de marras, sino por toda la estrategia. El anuncio les lleva a la web, y allí encuentran más historias del mismo calibre. Como quien no quiere la cosa terminamos conociendo a todo el vecindario. Es más: terminamos conociendo los problemas de todo el vecindario y compartiendo, de alguna forma, su misma alegría. Porque junto con la suspensión de la incredulidad la otra gran magia del invento del relato es poder ver a través de las paredes.

Dirige Santiago Zannou (Alacrán enamorado, El truco del manco…) para la agencia de publicidad Leo Burnett, también de Madrid. Es una pena no encontrar por ninguna parte el nombre de los guionistas. Desde luego, en mi opinión, en esta ocasión han acertado. No sé si se comprará más o menos lotería que el año pasado, pero en el fondo, ante piezas así, es lo menos importante de todo.


 
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