El año pasado vi una película que me pareció lamentable. No fui el único que coincidió en ello en un Master de Guión, y el pobre hombre que la dirigió fue Carlos Vermut. Sin embargo, he de decir que, un año después, el director madrileño ha conseguido callarnos la boca.

 

Y realmente no era muy difícil: el talento y la frescura estaban ahí, pero faltaban una serie de elementos clave que han mejorado considerablemente de Diamond Flash. Y es que, sin duda alguna, hablamos de Magical Girl como una de las mejores películas españolas de este año.

El largometraje tiene un argumento muy sencillo. Pedro es un profesor en paro que se desvive por su hija Alicia, una chica de 12 años con cáncer. Cuando Pedro descubre en su diario que quiere un vestido de la protagonista de Magical Girl Yukiko —para que se entienda, la misma clase de animes que por ejemplo Sailor Moon—, él hará lo que sea para recuperarlo, incluso si tiene que cometer maldades. En la trama también están Bárbara, una mujer con problemas mentales, y Damián, un profesor que acaba de salir de la cárcel.

Magical Girl, como su precedesora, cuenta con un mapa de personajes con un protagonista oculto —o no— en común, con un elemento perverso que congela al espectador y con un modelo de guión sobrio y sutil que funciona como el rompecabezas que Damián trata de construir en la historia. Y eso es lo divertido de Vermut: él sugiere, deja un pequeño camino claro para el espectador pero no se lo subraya. ¿Para qué subrayar, cuando se puede contar con el imaginario colectivo de la población?

Además, el segundo largometraje de Vermut mejora ostensiblemente en otros aspectos. Si bien la dirección y la fotografía siguen siendo igual de impecables que en Diamond Flash, el tema de la actuación y la producción mejoran con creces. Luis Bermejo y Bárbara Lennie se comen la pantalla cada vez que aparecen, sobre todo la segunda, quien hace una de las interpretaciones femenina del año. Y luego está Sacristán, cuya actuación es impecable pero su personaje me provoca muchas dudas. Pero eso más adelante.

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El guión cuenta con partes más flojas que otras pero, al contrario que en muchos guiones corales, todas las partes importan e implican al espectador, que contempla un mosaico de personajes que acaban componiendo la historia. De hecho, hay acciones de una parte que encajan en la otra y que suben enteros en el relato en general. Aparte de todo esto, creo que hay que recalcar completamente la parte de Demonio, que es sin duda lo mejor que he visto en este año. No es que solo Bárbara esté enorme, sino que es en la parte donde la sugestión y la perversión ascienden hasta el clímax. El momento del Lagarto Negro va a dejar helado a más de uno, siendo esta estancia tan poderosa en su relato como el superhéroe en Diamond Flash.

Pero ahí vienen los problemas. Pese a esa construcción tan excelente, la parte de Damián me parece más floja de lo que debiera esperar. La ensalada de tiros ayuda, pues pese a ser consistente y lógica, rompe el tono. Y es que, después de tanta violencia implícita, la explosión no impacta. Es el mismo defecto que me provocó, por ejemplo, en una película como La Entrega, donde la contención era muy superior al ejercicio de la explosión —todo lo contrario de Musarañas, de la que se hablará pronto—, a pesar de que esta fuera lógica y bien construida. Y es una pena, pues viendo la parte final de la historia la sensación es que podría haber estado de largo entre las 10 mejores películas del 2014.

Pese a ello, tampoco hay que alarmarse. Magical Girl, a pesar de contar con ese pequeño fallo, es sin duda una película que hay que ver. Demuestra, con creces, que se puede hacer un buen trabajo con un presupuesto low-cost, algo a lo que el cine de los próximos años deberá acostumbrarse. La verdadera creatividad, como me dijeron en la carrera de publicidad, «es aquella que se ajusta a los límites que le imponen». Y en este caso no hay dudas: Magical Girl desprende creatividad cinematográfica en todos sus poros.