Si algo ha demostrado Netflix en sus producciones es que no tiene miedo de arriesgar. Lo demostró desempolvando una serie británica noventera de temática política como House of Cards; lo demostró cuando nos abofeteó con la historia de una niña pija en una cárcel de mujeres, y lo volvió a demostrar invocando a The Killing del inframundo de las series muertas para un epílogo de seis episodios. Ahora, con Marco Polo al frente, lo vuelve a demostrar. Y más yendo de la manita de los Weinstein. El problema es que quizá la jugada no le salga del todo bien en esta ocasión, al menos en Occidente.

Vale que es un poco hablar por hablar, y vale que Netflix maneja toda una ristra de datos y variables a partir de las cuales es capaz de predecir la idoneidad de sus producciones. Es sabido que su tino a la hora de dar luz verde a proyectos es tan certero que no prueba pilotos ni evalúa la emisión semana tras semana… Cuando Netflix se tira al pilón se tira con todas las consecuencias: temporadas completas y todos los episodios a la vez en la web. Eso ha posibilitado grandes producciones que se han rentabilizado en varias temporadas. En esta ocasión, con el caso de Marco Polo, me da a mí que no va a suceder lo mismo.

La serie, como ya se han imaginado, narra las aventuras de un joven Marco Polo atrapado en la corte del emperador mongol Kublai Khan, donde será testigo de las intrigas palaciegas, traiciones y enfrentamientos en el contexto de la guerra contra China. El tráiler no miente: hay violencia, hay sexo, hay conflicto político y hay un maestro de Kung-fu ciego, como manda la tradición catódica. Pero no hay más. Ese es el problema.

De entrada, el joven Marco Polo carece en absoluto de conflicto. Su padre lo ha entregado al emperador y se supone que vive recluido en la corte de éste, pero lo cierto es que el chaval está a cuerpo de rey. Es libre de entrar y salir todo lo que quiera, puede meterse donde le da la gana y tiene el permiso del monarca para curiosear a placer. Y eso hace. No más. Curiosear y tal. ¿Algún problema? Ninguno. ¿Interés? En absoluto. Sí, es verdad que descubre alguna que otra trama, es verdad que aparece una misteriosa mujer en su vida, es verdad que juega un papel más o menos determinante, granjeándose la enemistad de muchos cortesanos… pero, bah. Nada tiene importancia real, porque el personaje, en realidad no ha perdido nada, no necesita nada, no busca nada. Recuerden que a nuestro querido Ragnar Lodbrok en Vikings, por citar otra serie de empaque histórico, le queman el poblado y tratan de matar a su familia en el primer episodio. Eso es motivación y no lo de Marco.

Visualmente es una maravilla, hay que decirlo. Pero quizá con eso no sea suficiente. O a lo mejor para entrar en el mercado chino sí…

De hecho, me parece mucho más interesante la subtrama de Mei Lin, quien fuera concubina del emperador chino que termina en la corte mongola por la traición de su propio hermano. Pero incluso esa historia queda diluida por el conflicto territorial y la trama política que lo embadurna todo de un tedioso y soporífero magma. No he podido pasar del cuarto episodio, no les digo más. Y como yo, me temo, mucha más gente.

A pesar de lo dicho, la producción en Marco Polo es apabullante. Tiene exteriores reales rodados en dos continentes; un equipo de más de quinientos trabajadores sólo en el departamento de arte, se habla de toneladas y toneladas de yeso… ¡sólo para uno de los escenarios! Visualmente es una maravilla, hay que decirlo. Pero quizá con eso no sea suficiente. O a lo mejor para entrar en el mercado chino sí, ¿quién sabe? Sólo Netflix, claro, que es la que maneja sus números. ¿Habrán equivocado las cuentas?

El negocio de Netflix, creo, no está en el trueque publicitario. El negocio de Netflix está en tener millones de suscriptores felices pagando mes a mes sus cuotas, y para eso sólo puede hacer dos cosas: dar a sus clientes productos exclusivos de calidad y generar el suficiente ruido exterior para que los que no son clientes deseen serlo. Para este ruido, la compañía se vale de la publicidad comprada, pero también de ese fenómeno tan intangible que se ha dado en llamar en los últimos años hype. Más que la notoriedad, más que la cobertura mediática o la reputación, un producto cultural tiene hype cuando todo el mundo se pirra por consumirlo, y me temo que Marco Polo aburre al tercer intento. Vale que si alguien puede arriesgarse a algo así es Netflix, que sigue teniendo su catálogo y el resto de producciones, pero estarán de acuerdo conmigo en que resulta especialmente problemático cuando el hype ha costado en torno a los noventa millones de dólares.