De un tiempo a esta parte, gracias a las bondades de mi servicio de televisión por cable, he dado con un programa de lo más interesante. Sí, es MasterChef, el mismo que hacemos aquí, pero en su edición australiana.

No es que la dieta mediterránea tenga nada que envidiarle a las costumbres culinarias de las antípodas. Ni hay ingredientes demasiado diferentes, ni las elaboraciones son, en el fondo, muy distintas que las que hacemos aquí. Sin embargo, por algún motivo, la edición australiana del formato se me hace más amena, más instructiva y mucho más interesante que la edición española. ¡Y eso que es más larga!

[Tweet “En Australia hay MasterChef a diario.”]

En primer lugar, la edición australiana de MasterChef es un programa que se emite seis días a la semana. Nada de una gala semanal de formato encorsetado donde apenas da tiempo a presentar un par de elaboraciones mientras nos recreamos en los prolegómenos. En Australia hay MasterChef a diario, en programas que varían en función del día de los treinta minutos a las dos horas.

Los domigos suelen hacer los retos tipo «caja misteriosa». Los tres perdedores del reto del domingo compiten el lunes en una prueba de presión donde, normalmente, tienen que copiar una receta de un plato de un chef profesional, y el perdedor es eliminado. El ganador del reto del domingo tiene que enfrentarse en solitario a la prueba para alcanzar la inmunidad los martes. En esta prueba, el contendiente tiene que medirse con un cocinero invitado —normalmente un chef de algún restaurante conocido—. Los miércoles se hacen las pruebas por equipos, y los participantes del equipo perdedor tienen que competir entre sí en una eliminatoria que se hace los jueves. El viernes el programa consiste en una clase magistral de alguno de los cocineros presentadores, donde habitualmente retoman alguno de los ingredientes o platos vistos durante la semana para trabajar con ellos.

[Tweet “MasterChef Australia realmente acompaña a los concursantes en el día a día”]

La dinámica abarca más tiempo que el que se dedica en España. Cada uno de los episodios empieza con los concursantes desayunando y planchándose sus chaquetillas, organizando las recetas que van a preparar, consultando los libros de cocina que tienen a su disposición o asistiendo a las clases y encuentros con profesionales que les ofrece la producción. Es decir, el programa acompaña realmente a todos los concursantes en su día a día, sin caer en trivialidades, cotilleos o grandes hermanos. En la versión española los aspirantes han pasado toda la semana asistiendo a clases, pero el programa sólo nos los muestra en la gala de eliminación. Por eso en ocasiones puede sorprender que todos sepan dominar algunas técnicas que el cocinero aficionado medio desconoce.

El método australiano supone, en mi opinión, una ventaja añadida. Lo interesante del tipo de tramas de adiestramiento, sea en la ficción o en la realidad, es asistir al proceso. ¿Se imaginan que en Karate Kid pasásemos de ver a Daniel vapuleado por sus enemigos a verle ganar el torneo de karate sin que se nos enseñase su aprendizaje? La película perdería todo el interés. No. Lo divertido del asunto es ver al personaje en el dar cera, pulir cera; arriesgando y equivocándose; verle investigando, preguntando, aprendiendo… Y en ese sentido creo que lo hacen también mucho mejor. Ofrecen en abierto las clases, lecciones u otros contenidos que la edición española también realiza, pero que reserva para los servicios online de TVE, o la llamada «Escuela MasterChef» de Jordi Cruz, en la que te puedes matricular desde 9,95€ al mes.

El nivel de exigencia a los concursantes también es muy superior. Además de las pruebas de caja misteriosa y otros retos semejantes, hay pruebas en las que tienen que reproducir recetas nada sencillas: echen un ojo a la tarta de ocho pisos de vainilla, con su lista de 71 ingredientes; echen un ojo al huevo nevado, con sus complejas elaboraciones. Lo más complejo que han hecho en esta temporada de la edición española creo que ha sido sushi. Además, los australianos tienen una prueba que no hemos visto todavía en la edición hispana: competir contra un profesional. El jurado, en este reto, hace una cata a ciegas. Concursante y chef tienen el mismo tiempo para realizar el mismo plato, normalmente creación del profesional. Para ganar la inmunidad, el concursante tiene que intentar sacar más puntos que el chef que se ha inventado el plato. En otras pruebas, los concursantes tienen que ir al mercado, a uno de verdad, con sus tenderos de verdad, un presupuesto de verdad y tienen que ser capaces de comprar el mejor producto para sus elaboraciones. Es decir: más exigencia, más formación, más cocina.

Porque al final de eso se trata, ¿no? Quiero decir, la gran ventaja de tener MasterChef en la pública y que, además de El Corte Inglés y Bosch, también nosotros estemos financiado parte del tenderete es la finalidad educativa del asunto. Personalmente creo que la gastronomía es un campo que se debe enseñar en las escuelas, como la literatura, la educación física, las ciencias o el cine. Tener espacios específicos en los medios me parece fundamental para fomentar la cultura culinaria y de la salud, y con ello prevenir, a la larga, ese ochenta por ciento de enfermedades que, según la OMS, tienen su base en una mala alimentación.

[Tweet “La gastronomía debería enseñarse en las escuelas.”]

Nuestra producción nacional tiene unos pocos espacios específicos dedicados a la cultura gastronómica. Además del «Saber cocinar» de La mañana de la 1 tenemos muy buenos programas como el de Un país para comérselo, el Cocina2 o el propio MasterChef. El problema es que, aparte del primero y el último, los demás se emiten todos en la franja del late, a partir de las doce de la noche. ¿No sería mejor ponerlos a una hora a la que también pudiéramos enganchar a los pequeños de la casa? ¿Habría algún problema en emitir un resumen de MasterChef diario? ¿Acaso se puede hacer con Supervivientes o Gran Hermano pero no con los programas culinarios?