El otro día en una reunión de trabajo, aparte de comunicarme que en breve podré cantar alegremente uno de los estribillos de Ska-p —soy un parado más, uh uh uh, en la cola del INEM, soy un pringado más…— mi jefe me dedicó la siguiente sentencia: «Luis, ya fui a ver La gran familia, que me dijiste que estaba genial. Me has recomendado una peli que era una mierda».

Toma. Yo, de espíritu acomplejado, que me cuesta defender mis opiniones o mojarme en público y me tengo que esconder tras blogs y comentarios anónimos, me sentí bastante confundido y culpable por recomendarle la película. Algún compañero de crítica me dijo lo mismo. «La película es mala e irregular, era mejor Primos».  Y yo intentando hacer ver a Montoro que el cine español tiene calidad gracias a películas como la última de Sánchez Arévalo, me vi huérfano de argumentos. Pero finalmente he decidido adoptar la postura del estudiante del chiste, ese en el que en un examen le preguntan las cualidades de amoniaco, y responde que sabe muy bien. Entonces el profesor le hace beber el líquido mentado y el estudiante, con cara de Chuck Norris comiendo limón, responde: pues a mí me gusta.

Y es que a mí la película me gustó, con sus errores o apuestas arriesgadas, que más que ensuciar, hacen que le cojas cariño. La película obviamente no es perfecta. No engaña a nadie y te ofrece un primer acto sincero, manos arriba, sin máscaras. Estoy es lo que hay, si entras bien, si no lo siento, es a esto a lo que te propongo jugar.  ambigüedad entre lo cómico y lo dramático, triángulos amorosos clásicos, cierto populismo y espíritu de película coral, señas de identidad del director de la gran Azuloscurocasinegro.

Un número musical totalmente fuera de tono y el pobre Roberto Álamo haciendo de retrasado casi me sacan de la película. Al pobre médico de Águila Roja, ridiculizado públicamente por Almodovar en La piel que habitoparecía que se la volvían a jugar con un papel claramente fuera de su registro y de sus posibilidades, sobre todo en comparación con el resto del cast, en el que están dos de los actores más en forma del cine español, Kim Gutierrez y Antonio de la Torre, este último espectacular como siempre. Pero a medida que pasan los minutos tu oído se va acostumbrando a su artificial retraso y poco a poco vas entrando en esta historia de hermanos, a cada cuál más fracasado, al igual que el padre de los mismos, abandonado por su mujer pero de la que sigue enamorado.

Sin desvelar mucho de la trama, el planteamiento es el siguiente: el pequeño de los cinco hermanos, Efraín, se va a casar de Penalty con la chica de la que lleva enamorado desde pequeño. La vuelta de uno de los hermanos, Caleb, ausente durante años sin dar explicaciones, añadirá tensión a una boda ya de por sí gafada por celebrarse el mismo día de la final del mundial de Sudáfrica. Todo se irá complicando al desvelarse secretos del pasado y del presente en un juego constante de enterados e ignorantes. Todo ello para mostrarnos que el título de la película, en realidad, es irónico.

La gran familia española no existe. Esta familia está llena de rencores, de problemas, de misterios y traiciones. Las relaciones no son idílicas ni convencionales, pero sí muy reales y comprensibles. Los hermanos esconden bastante basura bajo la alfombra y algún muerto en el armario. El amor es una utopía, confundido con el bienestar y la estabilidad. Es una familia de vertedero, de puerta de atrás, tanto la del novio con la de la novia, donde la hermana de la misma tendrá también un papel desestabilizador. La gran ironía llega entonces cuando todas estas miserias salen a la luz en un evento tan superficial y festivo como una boda, y con el trasfondo del día en más feliz en la historia del fútbol de nuestro país, opio del pueblo que sin embargo no atenúa el mal existencial de estos pobres hombres, sino el de redundarse como una nueva familia. Y es que entre tanto fracaso emocional y existencial, lo importante, en realidad, son los tuyos.

Moviéndose entre el terreno de la comedia amarga y el drama, La gran familia Española  avanza con una puesta en escena casi teatral, una historia que avanza dentro del realismo, pero que de vez en cuando sorprende —o descoloca— al espectador con injertos artificiales, de cara a la cuarta pared, que son los que a buen seguro dividen a los detractores y a los defensores de la película. Pero estas escenas están lubricadas con otros «caballos ganadores» como son la química sin fisuras entre todo el elenco, los cameos de Raúl Arévalo o escenas que funcionan a la perfección como las dos conversaciones familiares insertadas en una sola, nada nuevo, pero explotado correctamente.

En definitiva, una apuesta —no muy arriesgada, las cosas como son— por una comedia triste, en mi opinión mucho más redonda y madura que Primos, que crea división de opiniones en cuanto a su contenido pero no en cuanto a su calidad artística, y que puede servir de catarsis para la manera que tenemos en esta parte de Europa de juzgar los comportamientos humanos.  Y es que ni es oro todo lo que reluce, ni plata todo lo que no brilla.

Y habrá a quien no le guste, y que tenga su criterio cinematográfico más o menos formado, como lo tiene gente como Montoro, como mi jefe, incluso gente como yo.