Xavier Dolan-Tadros puede sentirse orgulloso de haberse ganado el corazón de los académicos más exquisitos. Todas sus películas han sido seleccionadas por el festival de Cannes. No es para menos: el enfant terrible, pese a repetir hasta la saciedad los mismos temas desde su opera prima Yo Maté a Mi Madre —donde él actúa, por cierto—, es capaz de darle una vuelta inusual a sus obras. Siempre encuentra nuevos filones, nuevas formas de expresión artísticas, nuevas formas de sorprender. Y, pese a tener las mismas señas que en toda su carrera, se puede afirmar con tranquilidad que Mommy es, a día de hoy, el mejor de sus largometrajes.

La película ya cuenta, per se, con una premisa a la par o más interesante que la de Lawrence Anyways. En este trabajo, el argumento nace de una Canadá ficticia en la que los menores de edad con problemas de conducta son un problema. Por eso, el partido ganador de las elecciones de 2015 propone una ley especial, la S-18, en la cual los progenitores pueden deshacerse de ellos mediante unos hospitales psiquiátricos. En ese entorno conocemos a Diane, una madre cuarentona con mucho sarcasmo acumulado, algo de encantos de mujer en reserva, un hijo problemático con TDAH de paquete y cero estudios. Por el otro lado está Steve, el chico en cuestión, un personaje situado entre los arranques de ira, la adolescencia de cualquier chico de su edad y un carácter tan sensible como atrevido. Ellos dos coexisten en un entorno entre la dulzura, la ironía y la violencia hasta que, en un episodio concreto de la película, Kyla, la vecina de al lado, irrumpe para echarles una mano. Y una vez llegue todo cambia.

Lo que llama la atención de Mommy es que la forma se adapta al contenido de fondo, y ambos están a la par. De hecho, el problema que siempre ha tenido Dolan con su filmografía es que, pese a su tremenda habilidad como director, sus historias quedaban algo rezagadas en cuanto al fondo y a la profundidad. Incluso en Lawrence Anyways, su trabajo anterior, se podía notar como había partes en las que, pese a la preciosidad de los planos, el espectador podía sentir que a la película le sobraba metraje o se hacía pesada en determinados momentos. Este no es el caso de Mommy. De hecho, incluso el formato 1:1 —para que nos entendamos, como una pantalla de móvil— sirve exactamente para su propósito, que es añadir atmósfera a la cinta. Se nota un cuidado especial en ese aspecto, y se agradece que todo este pensado al más mínimo detalle.

No es solo el formato lo que llama la atención

Pero no es solo el formato lo que llama la atención. También el uso de la música es más efectivo que el de sus anteriores trabajos, logrando con ello dar atmósfera y profundidad a sus escenas. Además, da el metraje justo y necesario a cada uno de sus elementos y, es más, ¿alguien habría pensado que una escena de un baile con una canción de Celine Dion iba a funcionar tan bien para contextualizar el lado bueno y las relaciones de los tres personajes protagonistas? Yo no, sin duda, y es esa concreción lo que hace que Mommy esté por encima del resto. Es más, cada escena muestra una pequeña sección más de los personajes, por mínima que sea.

Pero, como todo, hay partes que la distancian de ser una obra maestra. La primera es la de no responder a ciertas preguntas sobre Kyla, dejando a ese personaje más como un espectador de la realidad que le toca que no como alguien con una entidad poderosa. ¿Por qué no se menciona nada de su vida, o si se hace se muestra tan poco? Personalmente, el personaje de Kyla merecía la misma clase de brocha sutil y eficaz que la que se otorga a Diane y a Steve, y eso que Suzanne Clement interpreta una de las escenas más brillantes del largometraje. Enseñar algo más de Kyla no habría hecho daño, sobre todo cuando hablamos de su pasado.

Se aprecian algunas referencias —¿podría ser?— a una película como Los 400 golpes

El otro punto flojo es su final. Se aprecian algunas referencias —¿podría ser?— a una película como Los 400 golpes, sobre todo si hablamos de la última parte. Lo que sí va a mal, aún así, es que, como siempre, el final parece no terminar nunca una vez se llega a una de las carreras más potentes de lo que llevamos de siglo. Si bien hay ciertos retazos de Diane que sí interesan al espectador, es posible que al resto no le interese tanto por muy atractivo que sea la forma que nos ofrece.

Sin embargo, lo más preocupante es el futuro de Dolan-Tadros en sí mismo. Desde Yo Maté a Mi Madre, el director canadiense no ha parado de hablar casi siempre de los mismos temas. Aunque solo sea en parte, la temática maternal siempre ha estado presente en su filmografía, y como espectador y admirador de su carrera, se levanta la leve angustia de pensar que Dolan ya ha llegado a contar todo lo que podía contar en esa materia. Las preguntas que quedan en el horizonte son varias. ¿Podrá Dolan superar el nivel de Mommy, que de por sí ya es muy alto? ¿Está empezando a agotar todo lo que tiene que contar? ¿Llegará a transformarse como contador de historias antes de que la gente se canse de él a medio-largo plazo?

Está claro que, con tan solo 25 años, hay mucho que le queda al enfant terrible de América por contar. Por suerte, y mientras tanto, tenemos a Mommy, que es una de las mejores películas del año pasado y de lo que llevamos de década. Y es que pocas veces, en el mundo del cine, se ha visto un talento tan brillante como el de Dolan-Tadros para dar nuevos recursos y significados a un tema tan universal como es el de las relaciones entre madre e hijo.