Decir que todo en esta vida se mueve por ciclos es una absoluta perogrullada, pero es una verdad como un templo. ¡Pasa hasta con el fútbol, figúrense! Y la literatura no está exenta de modas, impulsos y corrientes temáticas y estilísticas. Algunas pasan sin pena ni gloria, afortunadamente —como la de la literatura pseudo científica y pseudo histórica—. Otras no obstante, a pesar de sufrir momentos de menor fuste, permanecen.

La devoción por el género «negro» es una de ellas, a pesar de que ha vivido momentos de arrinconamiento, mientras autores como Ken Follet o Dan Brown se hacían de oro. No obstante, desde hace unos años —probablemente a partir del éxito global de la saga del malogrado Stieg Larsson—, la novela negra vive un momento dulce. Es cierto que, como en todos los géneros, hay basurillas y junta letras de tres al cuarto, pero también buenos exponentes de una magnífica literatura negra contemporánea. Los lectores adictos y fieles a lo policíaco, al abyecto pero atrayente oficio de asesinar, han sabido soportar las temporadas de «sequía creativa» y las embestidas templarias, manteniéndose al calor de unos pocos autores «irreductibles». Ahora que la novela negra eclosiona de nuevo, además de los irreductibles, también pueden disfrutar de las nuevas voces.

Pero los clásicos… los clásicos siempre han estado ahí, amigos. Pacientes y silenciosos, para deleitar a generaciones enteras, ya fueran de seguidores entusiastas o de lectores ocasionales. Autores como Conan Doyle, Simenon, Leroux o Vázquez Montalbán deben estar en los anaqueles de cualquier lector que se precie como tal, sí o sí. Como señal de un reverencial respeto y de una pizca de sentido común y amor por la literatura. Por eso mi estupor ha alcanzado proporciones titánicas cuando he sabido del nuevo «proyecto» editorial que, en próximas fechas —lo saca el día 7 en Reino Unido Harper Collins. El 9 en España, Espasa— pretende sacudir el mundillo: una nueva novela de Hércules Poirot (sic), excéntrico personaje creado por Agatha Christie. ¿Cómo es posible semejante milagro, cuando la autora de Torquay hace casi cuarenta años que duerme el sueño de los justos? ¿Acaso se trata de una obra inédita, rescatada de algún cajón perdido?

En absoluto, queridos y atribulados lectores. Se trata, pura y simplemente de una secuela. Así, con todas las letras, como una entrega de superhéroes cinematográficos cualquiera. Los editores de Agatha Christie y sus sucesores directos han pensado que, aprovechando la ola y pretendiendo ocupar su cresta, es buen momento para que Poirot «resucite», mucho después de que la misma Christie acabara con él. Ya que no podemos construir una novela recurriendo a sesiones de güija, encarguemos una novela totalmente nueva, protagonizada por Poirot y un narrador nuevo, el policía Edward Catchpool, a alguien que respire y con quien Agatha Christie no pueda debatir, si se diera el caso. La responsable de esta singular vuelta a la vida, ambientada en 1929, es Sophie Hannah, autora de superventas como La cuna vacía (Duomo).

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No discuto la calidad literaria de las obras de Hannah —a quien no tengo el gusto de haber leído— ni pretendo calificarla de advenediza. No dudo que Sophie Hannah, a pesar de contar sólo cinco primaveras cuando Agatha Christie falleció en Cholsey, tenga tal pasión y respeto por su obra que sea totalmente fiel a su espíritu. De hecho, cuenta con la total aprobación de sus descendientes. Pero de ahí a proclamar a los cuatro vientos que en unos días verá la luz una nueva novela de Poirot, que es patrimonio exclusivo de Agatha Christie… no sólo me parece una insolencia, sino una falta de respeto a las generaciones de fieles y apasionados lectores que han disfrutado con sus aventuras. Llamemos a cada cosa por su nombre: Los crímenes del monograma es —probablemente— una obra más, que pretende usurpar la memoria de una escritora inmortal. Y aunque la mona se vista de seda… ♦