Mr. Holmes

Título original: Mr. Holmes Dirección: Bill Condon Guión: Jeffrey Hatcher (novela de Mitch Cullin) Fotografía: Tobias A. Schliessler Música: Carter Burwell Reparto: Ian McKellen, Laura Linney, Milo Parker

Como ferviente holmesiano que soy, hace tiempo que esperaba con ansia el estreno de la aproximación de Condon del famoso detective, interpretado en esta ocasión por el interesante Ian McKellen. Contaba los días, la verdad. No obstante, como suele suceder con las cosas por mucho tiempo esperadas, la realidad ha terminado estando muy por debajo de las expectativas, aunque el trabajo de McKellen sea, sin lugar a dudas, encomiable.

Mr. Holmes presenta a un Sherlock crepuscular, retirado del bullicio londinense y dedicado en cuerpo y alma al cuidado de las abejas en la costa de Sussex. Vive solo con una ama de llaves que desearía no estar allí y el hijo pequeño de ésta, un joven inteligente y avispado hacia quien el nonagenario detective sentirá algo muy parecido a la paternidad. Han pasado treinta años desde su último caso y ahora sus quehaceres se resumen, además de las abejas, a tratar de experimentar con los supuestos efectos regenerativos de la pimienta de Sichuan. No obstante, el anciano Sherlock tiene una espinita clavada: está obligado a vivir con la losa de fama que los exagerados y artificiosos relatos de Watson le han propiciado. Decidido a reparar el daño, quiere reescribir sus aventuras desde su propia perspectiva, fría, factual y realista. Pero, claro, la memoria le falla.

El centro de la trama de Mr. Holmes es precisamente la lucha contra el olvido. No hay más caso que el que el propio detective narra a intervalos de amnesia, ni hay más intriga que la que él mismo se esconde en los desvanes de sus marchitas neuronas. El peligro: que se quede sin saber por qué dejó de ser detective; que se quede sin conocer el trauma que lo motivó al retiro y el silencio. Es decir, el caso empieza y termina en el viaje interior del propio Sherlock, no afecta a otro que no sea el propio Sherlock y lo único que provocaría no resolverlo sería, sencillamente, el disgusto de quedarse como está y, claro, eso no era lo que yo me esperaba.

Una interpretación soberbia para un relato que seguramente tenga mayor interés en su versión literaria A Slight Trick of the Mind, escrito por Mitch Cullin, del que, sin embargo, se salvan los guiños y la perspectiva. Si ya en la serie de Steven Moffat se juega, como se hacía en los relatos, con la creciente fama del detective gracias a los escritos de su colega en la ficción, en la película de Condon, Sherlock es directamente devorado por su alter ego. El mismo protagonista lo reafirma en uno de sus diálogos, cuando declara que su convivencia con el personaje consistía en tratar de estar a su altura o convertirse en su antítetis, dejando claro que el Holmes humano distaba mucho del ficticio. Esto, obviamente, tiene su gracia viniendo de un personaje que es ficticio per sé, lo que en la práctica se antoja una reflexión de salón sobre la fama que atenta, incluso, contra algunos de los fundamentos del canon holmesiano. De hecho se atreven a decir que la dirección que daba Watson en sus historias era falsa, los muy blasfemos. Me ha gustado, eso sí, que recurran a Nicholas Rowe, que ya encarnase al joven Sherlock en El secreto de la pirámide, para interpretar al Holmes ficticio de las primeras adaptaciones cinematográficas en lo que resulta una auténtica espiral de autoreferencialidad.

Nicholas Rowe (El Secreto de la Pirámide) interpretando a Sherlock frente al «auténtico» Sherlock

Nicholas Rowe (El Secreto de la Pirámide) interpretando a Sherlock frente al «auténtico» Sherlock

Con todo, Mr. Holmes se deja ver para todos los mitómanos que no vayan con la pretensión de verle resolver un caso, solucionar un misterio o salvar a alguien de algún intrigante peligro. Para eso, afortunadamente, tenemos las filmotecas.