Hace años, mientras estudiaba la Licenciatura en Periodismo, me dio por hacer un postgrado centrado en el género y la comunicación: feminismo, identidad de género, violencia de género, sexismo, etc., etc., etc. que tuvo como primera consecuencia la adopción involuntaria de una perspectiva feministoide del cine que me acompaña allá donde voy. La causa: descubrir que en Blade Runner no hay mujeres.

Parecerá una tontería, pero estoy seguro de que mis fieles lectores —alguno habrá, espero— ya han tenido que notar que algunos de mis post están contaminados con cierto discursito —cada vez más vituperado, por otra parte— acerca de la igualdad, del sexismo, de la mujer como objeto sexual y esas cosas que tanto suelen molestar a los que gustan disfrutar del buen cine. Y oye, comprendo la animadversión hacia los temas de «género y génera», sobre todo cuando la mayor parte del cine que se ha hecho en los últimos cien años —no nos pongamos exquisitos, el cine tal y como lo conocemos no tiene más— se ha realizado, orquestado y producido siguiendo los cánones imperantes en la sociedad con ejemplos de magníficas películas, loadas por crítica y público, pero realizadas bien desde la visión falocéntrica del tema o bien desde el más profundo y confesado machismo.

Siempre hay excepciones, pero son las menos. Un método seguido por algún que otro «radical» consiste en el llamado Test de Bechdel. Se trata de una broma salida de un cómic de lesbianas allá por los ochenta en el que una chica confesaba que no aceptaba ver ninguna película que no cumpliera los siguientes requisitos:

1. Que en la película aparecieran al menos dos personajes femeninos con nombre.

2. Que ambos personajes femeninos hablasen entre sí en algún momento.

3. Que el tema de conversación entre ambos personajes no versara acerca de un hombre.

La gracia del asunto es que, a pesar de ser tres requisitos bastante básicos y plausibles, es más fácil encontrar las películas que no lo cumplen que las que sí: desde Desayuno con diamantes hasta Avatar; desde Star Wars hasta El Señor de los Anillos, se puede afirmar que la mayor parte de la historia del cine no cumple en absoluto la norma.

Claro, ante la constancia de los datos cabe plantearse una cuestión lógica: ¿no cumplir la norma resta valor a una película? ¿un buen film clásico pierde su aura cuando descubrimos que es intrínsecamente machista? ¿el sexismo en pantalla perjudica en algún punto la valoración de los filmes? No deja de ser una cuestión de cierta relevancia en tanto que el cine, como toda la cultura en general, es un potente elemento socializador y generador de conductas, pero eso es otra cuestión que se escapa de este blog.

Aquí tratamos de la estética y la narrativa fílmica, así que seré más concreto: ¿es Kubrick peor director desde que descubrimos que el papel que reservó a la mujer en la conquista espacial de 2001 era el de azafata de vuelo? ¿acaso los filmes de Hitchcock pierden valor cuando se constata que las mujeres en sus películas mayoritariamente o son víctimas o son villanas? ¿deja El Hombre Tranquilo de ser una buena película —me niego a llamarla «obra maestra», en otro post explicaré por qué— ante incongruencias como que una mujer se cuele en la casa de un desconocido simplemente para limpiarla, o que una esposa se apreste a prepararle alegremente la cena al marido que instantes antes la ha arrastrado de los pelos por media campiña irlandesa?

No estoy en disposición de responder con acierto absoluto. De hecho, después de muchos años dándole vueltas sigo sin verlo del todo claro. Lo que sí sé con seguridad es que, desde que cursé aquellas clases y adopté la «perspectiva de género» —que es algo tan simple como pensar un poco y preguntarse por lo que uno está viendo— se me han desmitificado muchos clásicos totémicos; pongo en duda la verosimilitud de muchas escenas y personajes y, como es obvio en este blog, disfruto menos de los desnudos en el cine. Pero cuando encuentro una película buena entre un millón, no sé por qué, termino apreciándola un poquito más.