A ver, suelten la Wikipedia un segundo, que seguro que pueden dejar de investigar sobre Alice Munro un momento. ¿O les cambiará la vida?

Lo digo porque la gran mayoría de ustedes, si son medianamente curiosos —no digamos nada de los periodistas «chicosparatodo», que deben estar como locos con Google—, sentirán cierta inquietud por no saber quién es Alice Munro, flamante Premio Nobel de Literatura de 2013. Pasa con todos los premios Nobel de las diferentes disciplinas: casi nadie —del gran público— conoce quiénes son ni cuáles son los logros de los galardonados, salvo que se sea un especialista en el campo en cuestión, ¿o hace un par de años alguien sabía lo que era el «Bosón de Higgs»? De hecho, ¿podrían decirme lo que es sin recurrir a la búsqueda torticera?

No se trata de algo extraño. Los Nobel son premios de reconocimiento a una trayectoria o un logro destacado por su brillantez. No valoraré la ecuanimidad, validez u objetividad de los mismos, no vaya a ser que Obama me atice de lejos con el suyo de la Paz. El caso es que están ahí para encumbrar a un selecto grupo de investigadores, científicos y personalidades de la cultura, la sociedad y la política mundial, en la mayoría de los casos desconocidos para el 80% de los mortales. Imagino que así debe ser; que un Nobel es un Nobel y no una tarjeta del «Rasca y Gana» del Lidl.

Pero con el Nobel de Literatura ocurre que todo el mundo quiere —o pretende— saber la vida y milagros del laureado. En el caso de este año, la canadiense Munro. ¿Por qué? O mejor dicho ¿Para qué? ¿Estamos locos o qué pasa? ¿Hasta ese nivel de postureo llegamos? Alice ya podrá irse al «corral de los quietos» con total tranquilidad: ha alcanzado la máxima gloria posible en su carrera —insisto en que no valoraré si esto es totalmente cierto o no—, pero no tenemos necesidad de dárnoslas de lectores para citar «sus obras más representativas» en nuestra reunión semanal de intelectualoides de Gin-Tonic. Yo no he leído ni una sola línea de Munro, y no me moriré por ello.

Como lector y como curioso, mi obligación no es bucear en la Wikipedia, rastrear a «San Google», ni leerme esa crítica pedorra de otro «postureador de circunstancias» para saber de quién se habla y poder citar alguna parrafada de memoria —créanme, he sido testigo de episodios así de patéticos— sólo porque le han dado un Nobel. Mi obligación es hacerme con algunas obras de esta canadiense de prolífica producción y pasar las páginas sin prejuicios, sin ideas preconcebidas. Y si, formada una opinión, debo decir que me parece más apetecible tragarme un cactus a pelo que leerme un libro suyo, por mucho Nobel que tenga… pues lo digo y pista.

Me pasó con Mo Yan —un pan sin sal, para mi gusto —, Herta Müller — intragable, demasiado intensa— o Le Clézio —no pasé del cuarto capítulo de La música del hambre —. Con Vargas Llosa tengo un tira y afloja constante, un amor-odio algo extraño, así que no cuenta —para mí—. Con Tranströmer ni me tomé la molestia, sinceramente. El Nobel es una etiqueta que otorga visibilidad y prestigio, pero no necesariamente carta de naturaleza para ser idolatrado, elogiado y leído sin tino.

Como con todo en esta vida, es recomendable que impere el sentido común: si me gusta la lectura y estoy dispuesto a trasegar con autores y géneros desconocidos para mí… ¿por qué no sondear a los Nobeles recientes? Pero por interés auténtico, no por postureo, que nos va a dar igual. Calculen el ridículo en la siguiente reunión de amigos. No conocemos en profundidad a los autores españoles —contemporáneos e históricos, algunos también Premios Nobel— como para pretender citar la intangible belleza de La Escapada de Alice Munro, en lo que los hielos del Gin-Tonic-ensalada hacen «Clinc-clinc».

Mira algunas de sus obras aquí.