Las mujeres en la ficción de hoy día no tienen nada que ver con las de hace algunos años. Lisbeth Salander marcó una pauta difícilmente superable: agresiva, antisocial, fría… No tiene mucho de lo que tradicionalmente se ha considerado rasgos propios de la feminidad. Temperance Brennan (Bones) está en su misma onda, igual que recientemente Sonya Cross (The Bridge)… Se están proponiendo nuevos modelos de mujer para goce y alboroto de algunos grupos feministas. No obstante, estos nuevos personajes femeninos arrastran consigo una carga que los hace muy particulares. Se llama Asperger.

Definitivamente estamos ante una nueva feminidad en la pantalla. Las heroínas de las nuevas series y películas ya no son siliconadas modelos en bañador ni guerreras medievales en bikinis metálicos. Ahora las mujeres que vemos en la ficción audiovisual son doctoras, policías, detectives o hackers informáticos que destacan más por inteligencia que por lucir palmito y oye, eso está muy bien. Temperance Brennan, de la serie Bones, es una respetadísima antropóloga forense, académica, doctora y autora de varios manuales y novelas. Carrie Mathison, de la serie Homeland, es una agente de campo de la CIA que ha desempeñado misiones de riesgo en Irak. Mujeres fuertes y triunfadoras que además comparten la característica de ser dueñas de su sexualidad, como la agente Sonya Cross o su alter ego sueca Saga Norén en la serie The Bridge / Bron Broen.

No es de extrañar que pronto este modelo de feminidad se haya posicionado como algo más deseable en comparación con el predominante de hace algunos años, y que incluso la corriente feminista —con permiso de quienes la consideran una «feminista de paja»— haya adoptado a Lisbeth Salander, personaje protagonista de la saga Millenium, como arquetipo de un nuevo modelo de mujer.

Ahora bien, estos personajes femeninos comparten en general una característica que no es tan deseable: todas tienen algún problema psiquiátrico. Ya sea el desorden bipolar que padece —y para el que se medica— la protagonista de Homeland, o los rasgos propios del síndrome de Asperger que comparten Brennan, Cross y la propia Salander y que, en lo superficial de las pantallas, se manifiesta en incapacidad de comunicación no verbal, dificultades en la interacción social, y carencia casi absoluta de empatía emocional.

Visto el asunto, parece que nos hemos pasado de vueltas. No sé, pero creo que la mujer real —la agente de la CIA real; la antropóloga forense real, o la detective de homicidios real— está en algún punto entre la modelo en bikini y la hacker sociópata. Por supuesto, cada una es de su padre y de su madre, y una forma de autismo puede hacer interesante a todo personaje, no digo que no. Lo que me choca es que se haya convertido en la tónica común, como si el hecho de poner a una mujer en un cargo de responsabilidad tradicionalmente atribuido al hombre pida o precise un tratamiento «especial», una justificación ante los colegas masculinos y quién sabe si una penitencia por haber osado romper el techo de cristal.