NOSOPRANO

NOSOPRANO

Revista de crítica audiovisual, review de cine, series y libros

Musa: versos que matan

Quienes creen en el poder de las palabras consideran que los antiguos sortilegios siguen teniendo vigencia, ya sea mediante la invocación ritual desde el altar del cordero de Dios, o aplicando la infalible cura del sana, sana recitado en la voz de una madre.

Título original: Musa; Dirección: Jaume Balagueró; Guión: Jaume Balagueró, Fernando Navarro (Novela: José Carlos Somoza); Música: Stephen Rennicks; Fotografía: Pablo Rosso; Reparto: Elliot Cowan, Franka Potente, Ana Ularu, Leonor Watling, Christopher Lloyd, Manuela Vellés, Joanne Whalley

Quienes creen en el poder de las palabras consideran que los antiguos sortilegios siguen teniendo vigencia. Ya sea mediante la invocación ritual desde el altar del cordero de Dios, o aplicando la infalible cura del sana, sana recitado en la voz de una madre, las palabras hoy día siguen manteniendo un aura mística y poderosa que, bien empleada, puede lograr conmover, emocionar, convencer o, incluso, inflamar a las masas. Bajo esta premisa, el último filme de Balagueró articula una propuesta inquietante: ¿y si las grandes obras de los poetas escondieran sortilegios olvidados? ¿Y si las musas que les inspiraron no fueran sino brujas de malévolas artes?

Samuel es un profesor de literatura en el Trinity College de Dublín. Desde que su novia se quitó la vida en su bañera viene sufriendo terribles pesadillas. En ellas, ve como una mujer desconocida es asesinada en un misterioso ritual. Consciente de la necesidad de salir de su depresión, busca consuelo en una compañera de trabajo a quien le cuenta sus horribles visiones. Pero es precisamente su compañera quien le pone en alerta: una mujer ha aparecido asesinada en las mismas circunstancias que ha visto Samuel en su sueño. Inquieto por la premonición, decide colarse en el escenario del crimen en busca de respuestas. Allí se topa con Rachel, una prostituta que también ha visto en sueños el crimen y que, al igual que él, ha decido acudir al lugar para averiguar qué sucede. Juntos descubrirán un misterioso objeto cuya posesión pondrá en peligro a sus seres más queridos, para Rachel su hijo pequeño y para Samuel su compañera de trabajo.

Coproducción entre España, Irlanda, Francia y Bélgica, y rodada en inglés, la película explora el universo misterioso que su director ha sabido plasmar en piezas anteriores, siempre rondando las veredas del terror psicológico con toques sobrenaturales. En esta ocasión, la maldad se personifica en siete musas que tanto atosigan como seducen a los artistas y que ahora persiguen alguna suerte de venganza.

Se echa en falta, no obstante, mayor dosis de misterio. La trama se solventa a fuerza de diálogos en bibliotecas, donde se le muestran al espectador los hechos consumados de lo que parece haber sido una mera investigación bibliográfica sin más. Las resoluciones se plantean como giros sobrevenidos; llaves en sobres cerrados que siempre han estado esperando, o descubrimientos sorpresivos que solucionan la papeleta de una pareja protagonista con poca química y menos encanto.

Pese a todo, la película tiene ritmo, se mueve con soltura en el suspense y plantea un misterio que gustará a los fans del género.

No hay comentarios en Musa: versos que matan

La batalla de los sexos: demasiadas cosas que contar

Emma Stone es capaz de transmitir de forma medida el dilema de la protagonista en lo profesional y lo personal, otorgando al título de la película un doble sentido más que elocuente.

La tenista Billie Jean King entre 1966 y 1975 se alzó con doce títulos de Grand Slam: seis veces Wimbledon, cuatro US Open, una vez el Open de Australia y otra Roland Garros. En 1973, además, protagonizó el segundo partido de exhibición llamado “Batalla de los sexos” contra el tenista Bobby Riggs, de 55 años, que había sido número uno a finales de los años treinta y que atesoraba tres títulos de Grand Slam además de haber vencido el primero de esos encuentros contra la tenista Margaret Court. Ahora, los directores de Pequeña Miss Sunshine ponen en fotogramas la historia de este partido de tenis que estaba llamado a enfrentar hombre contra mujer, y de paso exploran diversos temas adyacentes como la situación de desigualdad en el ámbito deportivo en los setenta —no muy diferente a la actual—, o el descubrimiento que hace la protagonista de su propia homosexualidad.

A la mezcla de temas y conflictos que confluyen en pantalla se suma una igualmente dispar mezcla de tonos. Aunque el filme se vende en su trailer como una comedia ligera, lo cierto es que la película tantea poco ese ámbito —salvo quizá en las estrafalarias exageraciones de un Steve Carell desatado— para disfrazarse en ciertos momentos de un documentalismo crítico, de un tono cercano al drama social y, de pasada, del género de las películas deportivas, con su gran batalla final incluida.

Así, con todo, el filme parece que quiere contar tantas cosas y de maneras tan distintas, que termina pasando de puntillas por todas ellas. La apuesta por el retrato social de la desigualdad entre hombres y mujeres en el deporte queda desdibujada por la trama de adulterio homosexual y la relación de la protagonista con su marido y su amante; la épica deportiva se pierde por las premisas del buscavidas de Riggs, más preocupado en realidad por mantener viva la llama de su adicción al juego que de ser el adalid machista de la lucha de sexos; y la trama amorosa se relega, igualmente, en pos del relato deportivo del partido de marras y su trascendencia mediática. De hecho, apenas tiene trascendencia el villano interpretado por Bill Pullman o la asociada personificada con maestría por la comediante Sarah Silverman.

Salvan la obra un guión bien pergeñado que no deja en el olvido el interés de los espectadores, y unas interpretaciones del todo logradas, especialmente la de Emma Stone, que es capaz de transmitir de forma medida y sutil el dilema de la protagonista en los distintos ámbitos de su vida profesional y personal, otorgando al título de la película un doble sentido más que elocuente.

No hay comentarios en La batalla de los sexos: demasiadas cosas que contar

Thor Ragnarok: superhéroes en el circo

La preeminencia del humor sobre el argumento no hace sino desvirtuar el sentido mismo de la obra. Tanto, que incluso suena a payasada.

Dirección: Taika Waititi Guión: Eric Pearson (Historia: Craig Kyle, Christopher Yost); Música: Mark Mothersbaugh;Fotografía: Javier Aguirresarobe; Reparto: Chris Hemsworth, Tom Hiddleston, Cate Blanchett, Anthony Hopkins, Mark Ruffalo, Tessa Thompson, Benedict Cumberbatch, Idris Elba, Jeff Goldblum

El Ragnarök es el fin de Asgard, el mundo originario del dios Thor. Su llegada implica la destrucción de todo y el final de su civilización. Cuando el malvado Loki suplanta a Odín en el trono, el Ragnarök se percibe más cerca que nunca. Thor, hermano de Loki, vive ajeno a la suplantación y trata de mantener a raya a todos los demonios y fuerzas maléficas que amenazan con provocar la caída de su reino. Pero entonces llega Hela, primogénita de Odín y diosa de la Muerte, dispuesta a provocar el colapso final. Para ello, su primer paso es destruir el martillo de Thor y expulsarles tanto a él como a Loki del planeta hacia un vertedero espacial llamado Saakar, que resulta ser el lugar más hortera del universo.

En las antípodas de la pieza originaria de la saga, Thor (Kenneth Branagh, 2011), esta tercera entrega de las aventuras del dios del trueno abandona por completo la altisonancia shakesperiana de la primera y la impostada oscuridad de la segunda para abrazar definitivamente el tono ligero y cómico que introdujo Guardianes de la Galaxia (James Gunn, 2014) en el Universo Marvel. De este modo, la historia huye de complejidades argumentales para explotar al máximo las peripecias de los personajes en su anhelo por salvar a la civilización asgardiana de su temible final, al tiempo que se explaya en los gags visuales y los chistes de diálogo.

Y ahí reside la gran virtud y el gran defecto de la película. Por un lado, frente al drama grandilocuente de las últimas entregas de la casa Marvel se agradece un tono desenfadado y estrambótico que invite tanto a la risa como al disfrute de la acción. Pero, por otro lado, la preeminencia del humor sobre el argumento y las premisas de los personajes no hace sino desvirtuar el sentido mismo de la obra.

Thor: Ragnarok suena a payasada. El desenfado por momentos se torna extravagancia y desafección, restando importancia dramática tanto a los héroes como a los villanos. Hulk, que ejerce de compañero de armas del protagonista, transgrede sus propios principios para convertirse en una versión circense de sí mismo; en un recurso cómico, en un chiste. Goldblum lleva al villano hasta la parodia del absurdo, jugando mitad en la horterada mitad en la idiotez. Y Thor sigue adoleciendo del problema que siempre ha presentado con el humor: es un personaje tan colmado de virtudes que difícilmente puede agarrarse a la comedia del desdichado a la que tan bien juegan en Guardianes de la Galaxia o en Spiderman Homecoming (Jon Watts, 2017).

Con todo, la película no deja de ser otra pieza del puzzle que está componiendo Marvel y así hay que entenderla, como una más.

No hay comentarios en Thor Ragnarok: superhéroes en el circo

La Piel Fría: la bella, la bestia y los zombis

Una isla, un faro y un trabajo tranquilo y monótono: tareas durante el día y leer hasta que cae la tarde. Pinta bien, salvo por las hordas de monstruos que atacan por las noches.

Título original: Cold Skin; Dirección: Xavier Gens Guión: Eron Sheean, Jesús Olmo (Novela: Albert Sánchez Piñol); Música: Víctor ReyesFotografía: Daniel Aranyo; Reparto: David Oakes, Ray Stevenson, Aura Garrido, John Benfield, Iván González, Ben Temple

Comienzos de la I Guerra Mundial. Un joven meteorólogo llega a una pequeña isla en medio del Antártico para reemplazar al hombre que ocupaba el puesto y que ha dejado de dar señales de vida. En la isla apenas hay más que una cabaña y un faro donde vive un iracundo oficial, al parecer encargado de iluminar la costa cada noche. El agua dulce brota de un manantial subterráneo que se dibuja sobre el terreno flanqueado por llamativos círculos de piedra. Alguien parece haberlos colocado allí. El joven, que es dejado a su suerte con una buena provisión de víveres, trata de realizar su trabajo lo mejor posible sin molestar demasiado al habitante del faro que, pese a la soledad, no parece tener ganas de amigos. Como parte de su aprovisionamiento, el meteorólogo se ha llevado las obras completas de Stevenson y Dante. Todo parece indicar que va a resultar un destino tranquilo y monótono: apuntar las variables atmosféricas durante el día, hacer acopio de agua dulce, racionar sus víveres y leer hasta que cae la tarde. En definitiva, un destino ideal para alguien que parece estar huyendo de algo. Pero tras la primera noche descubre que no va a ser todo tan idílico.

Una horda fantasmal de criaturas marinas de aspecto antropomorfo atacan la cabaña del recién llegado. Mitad ser humano mitad anfibio, las criaturas emergen del fondo del mar y asedian con violencia al protagonista que, viéndose desprotegido tras las finas paredes de madera, opta por contraatacar con fuego. Como resultado, la casa termina ardiendo y al joven no le queda otra que buscar asilo en el interior del faro de piedra donde vive el antipático oficial. Como se adivina por las defensas que ha construido a su alrededor, el farero lleva años defendiéndose cada noche de envites similares disparando a las monstruosas criaturas desde lo alto de su atalaya. Sin embargo, cuando el meteorólogo es finalmente aceptado en el cobijo del faro, descubre algo inquietante: el oficial ha adoptado como mascota —y entretenimiento sexual— a una hembra de la especie atacante.

Ambientación y puesta en escena sumergen al espectador en una estilizada fantasía de corte y tono sobrenatural. La dirección, al servicio de la trama, dibuja un relato interesante y misterioso donde sorprende el trabajo de Aura Garrido en su papel de sirena anfibia de movimientos y reacciones animales. No obstante, a partir de la segunda mitad el filme se estanca en la reiteración, siempre igual, una y otra vez, de la misma circunstancia: el ataque y represión de unas bestias que tienen un matiz tan desechable como los zombies de tantas otras propuestas similares; y deja de lado, por consiguiente, las verdaderas facetas interesantes que se habían apuntado en el comienzo.

No hay comentarios en La Piel Fría: la bella, la bestia y los zombis

Wind River. No es lo que parece

En los lugares aislados, inhóspitos y fríos —en todos los sentidos― todo sucede de otra manera, a otro ritmo y con un foco diferente. En entornos como Wyoming, hogar de…

Título original: Wind River; Director: Taylor Sheridan; Guion: Taylor Sheridan; Música:Nick Cave, Warren Ellis; Fotografía: Ben Richardson; Reparto: Jeremy Renner, Elizabeth Olsen, Julia Jones, Graham Greene, Jon Bernthal, Matthew Del Negro

En los lugares aislados, inhóspitos y fríos —en todos los sentidos― todo sucede de otra manera, a otro ritmo y con un foco diferente. En entornos como Wyoming, hogar de las grandes llanuras de los nativos americanos y vecina de las increíbles Montañas Rocosas, vive Cory Lambert (Jeremy Renner). Cory es un veterano rastreador y cazador y, en busca de un depredador que está matando al ganado en la reserva india, encuentra el cuerpo sin vida de una adolescente, en mitad de un inquietante y calmo infierno de nieve. Al tratarse de un aparente asesinato, el FBI envía a una inexperta californiana, Jane Banner (Elisabeth Olsen) como único refuerzo de un ya de por sí parco cuerpo policial para resolver el caso. Lambert ejercerá de ayudante en la búsqueda del responsable, al mismo tiempo que se desquita por un doloroso episodio de su pasado, muy semejante a este asesinato aparentemente sin explicación.

Contado así… Wind River no deja de parecer un thriller más, de los cientos disponibles, con alguna cara conocida. Especialmente, la de Renner como reclamo, a rebufo del éxito de blockbusters palomiteros de superhéroes del Universo Cinematográfico Marvel (UCM). Pero no tiene nada que ver. Porque la película es un thriller, sí, pero el thriller es lo que menos importa. De hecho, parece más una excusa, un armazón secundario, para contar lo realmente mollar. No se trata del manido “Héroe atiende a mujer desvalida y atrapa a los malos, ejecuta una venganza y vive un momento de catársis personal”. Que también, pero no únicamente.

Wind River habla de soledad, de desesperanza, de pérdida y dolor. De supervivencia, no sólo fisiológica ante un entorno natural hermoso pero hostil, sino también ante los episodios vitales que te parten por la mitad y te transforman para siempre, sin posibilidad de desandar el camino, de seguir el rastro hacia quien una vez fuiste, en el pasado. Sin resultar un coup de force interpretativo de Renner, sí es muy meritorio su papel principal en este trabajo dirigido por Taylor Sheridan. Contenido, sereno y con diversas capas superpuestas y matices, da vida a un hombre devastado por el dolor, pero que ha aprendido a aceptarlo y continuar; un ser solitario que asimila el fracaso de su matrimonio como una cicatriz a la que es inevitable volver, para recordar cómo era la piel, antes de rasgarse. El resto del plantel de actores y actrices queda un poco desdibujado, aunque no lo considero una carencia capital, pues el protagonista, además de Renner es el entorno natural en el que se desarrolla la historia.

Los hermosísimos y vastos parajes nevados de Wind River esconden también una cara oscura: hastío, falta de horizontes, soledad y Naturaleza implacable, en el amplio espectro del término. Son lugares así los que sirven de escenario para lo mejor y lo peor del repertorio del ser humano. Sheridan ha sabido llevar a la pantalla toda esta variedad de mensajes sugeridos, más o menos explícitamente, sin desmerecer su trabajo como director. Se nota su inexperiencia tras las cámaras — es su ópera prima — casi tanto como su enorme talento como guionista. Ya sorprendió a propios y extraños con sus libretos para Sicario o Comanchería (ambas tremendamente recomendables) y con Wind River presenta su baza de cartas para ganar en la partida del Hollywood de los próximos cinco o diez años, si la cosa no se estropea.

A medio camino entre el western, la road movie y el thriller clásico para el gran público, Wind River es una buena apuesta para los espectadores que no quieran otra cosa que pasar un rato con una obra de ficción sin nada de pirotecnia y la dosis justa de tensión. Pero también para los rastreadores consumados, que buscan tramas, subtramas, retazos de historias susurradas apenas y que, además, gusten por las interpretaciones múltiples. Grata sorpresa.

Nota: 7.5/10

No hay comentarios en Wind River. No es lo que parece

Annabelle Creation: la muñeca diabólica

Precuela del spin-off de la original al tiempo que precuela del spin-off de la secuela. Un trabalenguas. No pintaba bien.

Título original: Annabelle: Creation; Dirección: David F. Sandberg Guión: Gary Dauberman; Música: Benjamin Wallfisch; Fotografía: Maxime Alexandre; Reparto: Stephanie Sigman, Talitha Bateman, Lulu Wilson, Anthony LaPaglia, Miranda Otto, Grace Fulton, Lou Lou Safran, Samara Lee, Tayler Buck, Mark Bramhall, Javier Botet, Brad Greenquist

No pintaba bien. La percepción que tiene un espectador que se adentra en una película subsidiaria de cualquier franquicia palomitera no suele ser, a priori, positiva y, en ese sentido, Annabelle Creation presentaba todos los visos en su contra. No solo se trata de una pieza llamada a explicar los antecedentes genealógicos de una saga de consumo rápido, sino que además su lugar en el exitoso canon del productor James Wan es el de confluencia de dos ramas del mismo tronco. Para entendernos, Expediente Warren: The Conjuring (2013) vivió un éxito de taquilla suficiente como para incentivar una secuela —Expediente Warren: el caso Enfield (2016)— y el spin-off Annabelle (2014). La obra que nos ocupa se ubica temporalmente antes de esta obra, pues narra los acontecimientos que dan origen al infame personaje homónimo. Pero es que, además, también sienta cierta base para un nuevo spin-off, esta vez basado en la secuela de 2016 y que llegará el año que viene con el título de La monja. Así pues, Annabelle Creation se articula como precuela del spin-off de la original al tiempo que precuela del spin-off de la secuela. Un trabalenguas. No pintaba bien.

Ambientada en los años cincuenta, Annabelle Creation narra la historia de un juguetero que pierde a su única hija en un accidente de tráfico. Apesadumbrados por la pérdida, el juguetero y su esposa deciden transformar la enorme casa familiar en un orfanato femenino, por lo que deciden acoger en ella a una monja y varias niñas a su cargo, entre las que está la pequeña Janice, coja por culpa de la polio. La única limitación que imponen los dueños del lugar es la de no entrar en la habitación que fue de su hija. Por supuesto, las niñas transgreden la norma, desatando un mal de proporciones demoníacas.

A pesar de tener un guion parco y bastante pueril, el filme sorprende por su ejecución y puesta en escena. Del manual de recursos encaminados a causar el sobresalto del espectador no queda uno solo por experimentar, desde el susto sonoro hasta la inquietante acción del mal en pleno día. Atmósfera, ambientación y ritmo logran su objetivo y, aunque intrascendente en el fondo, lo cierto es que la obra se eleva sobre sus predecesoras gracias a una buena dirección y un coherente planteamiento del relato. Las actrices aportan un realismo nada desdeñable y la historia, aunque predecible, está bien narrada y presentada.

En definitiva, una pieza más del retablo que no defraudará a quienes se adentren en la franquicia esperando la evasión y el golpe de adrenalina de una buena hornada de sustos.

No hay comentarios en Annabelle Creation: la muñeca diabólica

Blade Runner 2049: aprender de la pérdida

Blade Runner 2049 no defrauda ni a fanáticos ni a seglares, y solo el exceso de metraje pudiera suponer una traba para quien desee explorar, una vez más, los horizontes más allá de la puerta de Tannhäuser.

Título original: Blade Runner 2049; Dirección: Denis Villeneuve Guión: Hampton Fancher, Michael Green (Personajes: Philip K. Dick); Música: Hans Zimmer, Benjamin Wallfisch; Fotografía: Roger Deakins; Reparto: Ryan Gosling, Harrison Ford, Ana de Armas, Jared Leto, Sylvia Hoeks, Robin Wright

Nacida de la misma pluma que su antecesora y bajo el auspicio en producción del director que la convirtió —con sus sucesivos añadidos y unicornios— en una obra maestra, la continuación del clásico Blade Runner llega a las salas siendo perfectamente consciente de su precedente. Tanto es así que incluso la secuencia que abre el filme es en realidad la plasmación plano por plano de la escena original que se había planteado para la película de 1982 y que finalmente fue descartada. De hecho, la herencia recibida —e inevitable foco de comparación— está tan presente a lo largo del filme que no solo atmósferas, decorados, músicas y diálogos parecen tomados directamente del clásico. También lo está la trama.

Blade Runner 2049 es la evidente continuación del filme de 1982. Su argumento, en el que la discreción me impide entrar de momento, toma la referencia de la anterior y teje una nueva historia basada en la búsqueda de una verdad que atormenta en lo más profundo al protagonista. El trazo que impone Denis Villeneuve es conscientemente impostado y voluntariamente pletórico, casi como si quisiera avasallar al espectador ante lo impresionante de una cuidada puesta en escena.

La secuela enriquece a la original; expande su universo y sus formas. Da relieve, incluso, a los trazos que quedaban apenas dibujados en la antigua, y además recrea con buen tino una historia con fundamento, sentido y buena dicción. Los acordes de Vangelis vuelven a sonar entre lágrimas y aguanieve bajo la batuta de Hans Zimmer y de su socio Benjamin Wallfisch. Y, por supuesto, está Harrison Ford de nuevo en su enigmático papel, más enigmático si cabe tras esta nueva entrega.

Sin embargo, pese a todas las virtudes, el filme de Villeneuve también presenta flaquezas y, al contrario de lo que pueda parecer, no se trata de problemas derivados de la comparación. Lo casual de algunos preceptos, lo arbitrario de algunas decisiones… Jared Leto apenas casi dibujado en sus motivaciones como villano y, sobre todo, la excesiva verbalización que inunda en general toda la obra son puntos que molestan a la degustación de un plato elaborado, no cabe duda, con el tino y esmero que merecen los autos sacramentales —¿acaso el matiz «de culto» que desde los noventa acompaña el título no tiene un punto religioso?—.

En todo caso, se trata de transgresiones veniales. De hecho el propio filme original ya fue considerado tan críptico que fue estrenado con un voice over explicativo de la trama. Blade Runner 2049 no defrauda ni a fanáticos ni a seglares, y solo el exceso de metraje pudiera suponer una traba para quien desee explorar, una vez más, los horizontes más allá de la puerta de Tannhäuser.

Y a partir de aquí los spoilers.

Comenzaré por lo malo: Blade Runner 2049 se sostiene sobre una premisa que suena a casualidad. Si repasamos la trama, el personaje de K va a dar justo con los huesos de Rachael, la replicante experimental con la que huyó Deckard y que resulta que tenía la capacidad de tener hijos. Junto a los huesos, K se encuentra con una fecha que le resulta familiar: un número que recuerda de un viejo caballito de madera de cuando era niño. Pero K es un replicante, y es consciente de que sus recuerdos deben ser implantados. Por ello acude a la Dr. Ana Stelline, creadora de recuerdos, para preguntarle si el suyo es o no genuino. La doctora, que no deja de ser el oráculo de esta historia, hace dos afirmaciones entre lágrimas que trastocan por completo al pobre protagonista: el recuerdo es real, y es ilegal implantar recuerdos reales en replicantes. K, cariacontecido, empieza a creerse que es él mismo el primer replicante nacido por cesárea; que es él mismo el niño al que debe destruir para evitar males mayores, y que, quién sabe, lo mismo por eso de haber «nacido» quizá pudiera ser que tuviera alma.

Pero no. K no es el elegido. La elegida es, precisamente, la Dr. Ana Stelline.

Por ello, todo parece indicar que esta doctora ha transgredido la ley al implantar un recuerdo suyo real, y que precisamente de entre todos se lo ha ido a implantar al replicante que va a dar con la pista de su nacimiento. Por supuesto, esto es conjetura. Es igualmente posible que esta doctora se dedique sencillamente a implantar sus propios recuerdos a todos los replicantes con los que ha trabajado —y que por eso son «tan buenos»—, aunque suena complicado que lleve tiempo operando al margen de la ley.

Por seguir con lo malo: los tristes villanos. Aquí es inevitable realizar la comparación. Uno ve a Roy aplastando cráneos y cociendo huevos y siente que tiene una finalidad; que tiene un objetivo y que es, incluso, comprensible. Un ser con una inteligencia superior condenado a tan solo cuatro años de vida es normal que esté cabreado; el normal que quiera poner una hoja de reclamaciones y pedirle a su creador que amplíe el grifo —siguiendo el lema de su compañía— para que los replicantes puedan realmente ser «más humanos que los humanos». Jared Leto no tiene esta finalidad.

Leto interpreta a un villano «artista»; un malvado meticuloso y obsesivo que aspira a lograr aquello que, según parece, ya se había conseguido antes del «gran apagón» en la corporación Tyrell: que los replicantes engendren. Ahora bien, ¿qué pasa si no lo consigue? Probablemente nada. ¿Qué le motiva a alcanzar ese fin más allá que la mera voluntad? Realmente nada. Mientras que la desesperación de Roy deriva de una premisa de vida o muerte —y, consecuentemente, el miedo a morir, tema bastante humano—, lo que motiva al villano de Blade Runner 2049 no es más que su propia megalomanía, igual que a cualquier malo mediocre de cómic. Y su gerifalte obviamente no va más allá.

Habría que hacer mención aparte del «frente de liberación replicante» que aparece con descaro en escena de manera claramente instrumental: la tuerta y su cuadrilla rescatan a K cuando lo necesita; le cuentan sin que él lo pida lo que tiene que saber y, además, le enfocan hacia su siguiente misión. De hecho, casi casi le salvan la trama justo antes del tercer acto. Por las bravas. Porque sí.

Y ahora lo bueno. Lo realmente bueno. No ya la puesta en escena, factura visual, realización y demás detalles. Lo que realmente me ha hecho salir contento del cine: el personaje de K supera, en mi opinión, al personaje de Deckard. Perdonen la blasfemia.

Por muy Harrison Ford que sea, reconozcámoslo: Deckard en la película de 1982 no tiene ninguna motivación de peso para hacer lo que hace. Es reclutado por un jefecillo que le obliga a hacer un último trabajo que no quiere hacer y del que parece que se podría librar muy fácilmente. Nada le impulsa a ir por las calles disparando a replicantes por la espalda; nada le lleva a efectuar una investigación detallada sobre un caso que, de hecho, rechaza en primera instancia. Se podría considerar que lo mueve el afán de venganza por lo que le han hecho a su compañero Blade Runner al comienzo del filme, pero ni eso: no solo apenas lo menciona sino que además da la impresión de que no le cae demasiado bien. No. Ni siquiera Deckard sabe por qué está haciendo el «trabajo de hombres» que ha terminado haciendo. ¿Será que es él también un replicante y está programado para ello? Pues quizá. Eso lo explicaría todo al tiempo que reduciría al personaje a algo tan programado, tan frío y carente de voluntad como un reloj de muñeca.

K, en cambio, sí tiene una motivación que no es en absoluto baladí. Es cierto que comienza el filme cumpliendo órdenes, incluyendo la de destruir todas las pruebas que muestren la existencia de un niño—nacido-replicante y, muy especialmente, la de dar matarile a dicho infante si llega a topárselo. No obstante, pronto la cuestión adquiere un matiz personal. Desde el segundo en que la fecha de su nacimiento resuena en su mente, K ya no trata de buscar al niño perdido: trata de buscar la verdad sobre sí mismo; trata de descubrir si finalmente es un replicante-vivípero, trata, en definitiva, de comprender si cabe la posibilidad de que pudiera, como él dice, «tener alma». Y en esta búsqueda entra Joi, el personaje interpretado por Ana de Armas.

Joi no es más que un divertimento. Una asistenta virtual. La Siri de mediados del siglo XXI que se manifiesta en forma de holograma construido a partir de inteligencia artificial. Pero K la ama. Vamos si la ama. La ama tanto que de hecho es lo único que veamos en el filme que le importe lo suficiente como para llevar siempre consigo. El caballito de madera —esto es, su identidad— y el instrumento donde almacena a Joi. Su confidente, su ayuda… y un claro ejemplo de amor romántico: una figura inasible solo alcanzable a través de la suplantación vicaria de alguna prostituta probablemente también artificial. Una entelequia.

Cuando llegamos al revés del segundo acto, el protagonista ha perdido todo cuanto le motivaba. Ha perdido su encontrada identidad, pues la tuerta le ha espetado que es un pellejo como cualquier otro, ni más ni menos; y ha perdido a su amada —la villana le ha roto el juguete—. Por ello, el encuentro con ella en la calle con la peluca rosa, a tamaño gigante, desnuda y objetificada sexualmente, no es sino el acicate que precisa para emprender por fin algo bueno y desinteresado. En el momento en que K experimenta realmente la pérdida y es expuesto ante ella —igual que George en Qué bello es vivir— es capaz de comprender finalmente al personaje de Deckard y el sacrificio que ha realizado durante toda su vida. Y decide ayudarle, claro, de la mejor forma que se le ocurre.

No hay comentarios en Blade Runner 2049: aprender de la pérdida

La Llamada: mística electro-latina

Adaptación cinematográfica de la obra de teatro homónima que lleva ya tres temporadas en escena, La Llamada se perfila como una comedia fresca, vivaracha y que apenas roza lo irreverente.

Título original: La Llamada; Dirección y guión: Javier Ambrossi, Javier Calvo; Música: Leiva; Fotografía: Migue Amoedo; Reparto: Macarena García, Anna Castillo, Belén Cuesta, Gracia Olayo, Richard Collins-Moore, María Isabel Díaz, Secun de la Rosa, Esti Quesada

Cuando las adolescentes Susana y María se escapan del campamento donde están pasando el verano para ir a un concierto de Juan Magán, ambas tienen sendos encuentros que presentan visos de implicar en el medio y largo plazo un cambio trascendental en sus vidas. La primera de ellas conoce, en una discoteca y entre drogas de diseño, a un productor musical que parece interesado en escuchar el proyecto de las jóvenes: una agrupación de electro-latino cuyo primer hit se titula «Lo hacemos y ya vemos». A la segunda, por su parte, se le aparece por las noches Dios cantando temas de Whitney Houston.

La confusión inicial pilla por sorpresa a Sor Bernarda y la hermana Milagros. Ellas son las únicas monjas que han permanecido en el campamento como responsables del castigo que han impuesto a las menores —a las que han dejado sin fin de semana de diversión en un pantano cercano—. Milagros, más transigente con las niñas díscolas que la superiora, está dispuesta a colaborar con ellas para que logren reunirse de nuevo en secreto con el productor. Al fin y al cabo ella misma también tuvo en su juventud la vocación musical y lo de la visión divina no ha llegado a sus oídos pues María lo lleva en secreto. No obstante, una vez que la joven se sincera, será Sor Bernarda quien atienda al suceso místico desde una perspectiva quizá demasiado bíblica.

Adaptación cinematográfica de la obra de teatro homónima que lleva ya tres temporadas en escena, La Llamada se perfila como una comedia fresca, vivaracha y que apenas roza lo irreverente. Sus puntos fuertes, además de una trama descarada cuyos instantes kisch sólo se justifican en el universo de la parodia —Dios personificado en un hombre de mediana edad al pie de una escalinata contoneándose en un traje azul de lentejuelas—, son sin duda las potentes interpretaciones de las cuatro protagonistas y la naturalidad de unos diálogos que, pese a lo exagerado de la propuesta, suenan realistas a la par que desternillantes.

El punto flaco, no obstante, es la pretendida superficialidad de la pieza. Si bien se apuntan cuestiones de calado —vocación religiosa, sexualidad, adolescencia conflictiva…—, el filme no se detiene realmente en explorar ninguna de ellas, probablemente para asegurar cierta inocuidad que no termine ofendiendo a nadie. Y tal vez ahí resida el secreto del enorme éxito que ha cosechado en su primer fin de semana en cartel. La película seduce, divierte y entretiene. Los instantes musicales están bien planteados dentro de la trama y no abruman ni interrumpen, dejando aire a la solvente interpretación de las actrices que son capaces de llenar ellas solas la pantalla. Muy recomendable.

No hay comentarios en La Llamada: mística electro-latina

La malta y el maíz

No decepcionará a los fans de las salpicaduras de sangre, las armas potentes y el rastro elitista, alcohólico y misógino del 007 previo a la llegada de Mr. Craig, cuando no se lo tomaban todo tan en serio.

Título original: Kingsman: The Golden Circle; Dirección: Matthew Vaughn Guión: Matthew Vaughn, Jane Goldman (Personajes: Dave Gibbons, Mark Millar); Música: Henry Jackman, Matthew Margeson; Fotografía: George Richmond; Reparto: Taron Egerton, Colin Firth, Julianne Moore, Mark Strong, Halle Berry, Pedro Pascal, Channing Tatum, Jeff Bridges, Elton John

Dicen los expertos que en los Estados Unidos adoptaron el nombre de sus aliados durante la Guerra de Independencia para referirse al destilado que se inventaron a partir del maíz. Así, gracias a los «pactos de familia», los rebeldes se emanciparon al tiempo que introducían el apellido Borbón en todos los tugurios al Este del río Misisipi para designar aquella bebida que apenas distaba un ápice en sabor del whisky escocés —elaborado con cebada malteada— que bebían sus contrincantes. La diferencia, de hecho, es tan sutil al paladar que incluso los agentes de Kingsman caen en el engaño cuando, sumidos en la mayor de las pesadumbres, acuden a la botella de emergencia. Esto último no es una figura retórica.

Kingsman, la agencia de espionaje afincada en Londres —bajo la tapadera de una elitista sastrería— ha quedado destruida por completo y casi todos sus agentes han sido asesinados. Solo Eggsy Unwin, el precoz espía de la anterior entrega, y el técnico Merlin, logran sobrevivir. Desesperados, deciden seguir el protocolo de crisis, que consiste en acudir al contenido oculto de una cámara secreta. Sin embargo, allí solo encuentran una botella de bourbon y hasta que no se la han bebido por completo no se percatan de que no es sino el nombre en clave de otra agencia secreta, como ellos mismos, pero ubicada en terreno norteamericano: Statesman. Su salvación.

Trazada con el tono gamberro de la anterior, y marcada por una suculenta colección de escenas de violencia cartoon filmadas con cámara imposible y música pop, la segunda entrega de la saga comiquera es quizá más irreverente que su predecesora, llegando al punto de resultar incluso parodia, no ya de las películas de James Bond de las que tanto bebe, sino de sí misma. Y esto supone un problema.

El magnífico plantel de secundarios se desdibuja en una trama poco interesada en giros y motivaciones y más centrada en la pirotecnia de tarjeta gráfica, el absurdo de las misiones —se lleva la palma la que obliga al protagonista a «plantar» un chip localizador en el interior de la vagina de una de las villanas—, lo banal de las reivindicaciones políticas y, especialmente y por encima de todo, Elton John. Y esto tampoco es una figura retórica. Sir Elton John, el famoso cantante de éxitos como Your Song, Rocket Man o Cocodrile Rock, tiene un cameo en el filme que termina convirtiéndose en todo un puntal narrativo al que se acude desde la autoparodia torticera.

Con todo, no decepcionará a los fans de las salpicaduras de sangre, las armas potentes y el rastro elitista, alcohólico y misógino del 007 previo a la llegada de Mr. Craig, cuando no se lo tomaban todo tan en serio.

No hay comentarios en La malta y el maíz

Detroit: abuso policial desde la cámara en mano

Ambientada durante los disturbios raciales que tuvieron lugar en el Detroit de 1967, el último filme dirigido por Kathryn Bigelow narra los sucesos acaecidos en el motel Algiers y que se saldaron con tres adolescentes muertos por disparos de la policía.

Título original: Detroit; Dirección: Kathryn Bigelow Guión: Mark Boal; Música: James Newton Howard; Fotografía: Barry Ackroyd; Reparto: John Boyega, Algee Smith, Will Poulter, Jack Reynor, Ben O’Toole, Hannah Murray,Anthony Mackie, Jacob Latimore, Jason Mitchell, Kaitlyn Dever

A comienzos de este mes, los medios de comunicación se hacían eco de una grabación particular realizada por una conductora en Estados Unidos. Se había saltado un stop y un policía le había dado el alto. Cuando se acercó, ella le confesó tener miedo de que pudiera producirse un malentendido como los que había visto por televisión y que terminaban con la policía disparando a los conductores que consideraba sospechosos. El agente, según parece, quiso tranquilizarla: «solo disparamos a los negros», le dijo. La estadística no le quita razón.

Ambientada durante los disturbios raciales que tuvieron lugar en el Detroit de 1967, el último filme dirigido por Kathryn Bigelow narra los sucesos acaecidos en el motel Algiers y que se saldaron con tres adolescentes muertos por disparos de la policía. Los jóvenes, todos afroamericanos, se las vieron con un grupo mixto de fuerzas policiales que irrumpieron en el lugar ante la sospecha de que había un francotirador entre ellos.

Trazada con un guión protocolario de partes claramente delimitadas —contexto, presentación, suceso, consecuencias—, una nerviosa cámara en mano introduce al espectador en el entorno realista de opresión y represión policial. No obstante, a pesar de esta apuesta visual, el afán no es en absoluto mostrar lo acontecido con fría neutralidad. Bigelow, que justifica en los créditos la «reconstrucción» de algunas partes del suceso real a partir de testimonios, toma la perspectiva de las víctimas para centrarse en su desarrollo y crisis posterior a los acontecimientos, y para apuntar con dedo acusatorio no solo a los psicópatas que plantea como villanos, sino a todo el sistema en general.

Porque, si bien el filme atribuye la culpabilidad directa de los hechos a un trío de agentes de la policía local, también pone de manifiesto la aquiescencia de un nutrido grupo de hombres de ley que, incluso, llegan a manifestar de viva voz su intención de no inmiscuirse en tales asuntos «de derechos civiles» cuando se percatan del trato abusivo. La Guardia Nacional deja vía libre al atropello, la Policía Estatal no quiere saber nada del asunto, los superiores no hacen nada por evitarlo —lo alientan, de hecho, al poner a patrullar a gente con antecedentes homicidas—, e incluso el personaje interpretado por John Boyega hace mutis, presenciando en silencio todo lo que ocurre y sin sugerir en ningún momento que se cumplan las normas mínimas del procedimiento policial.

Y ahí reside el principal problema de la obra: los villanos son tan villanos que casi parecen caricatura, y a las víctimas se les otorga un retrato superficial y demasiado edulcorado.

No hay comentarios en Detroit: abuso policial desde la cámara en mano

It: los payasos asesinos son para el verano

Una pandilla de niños experimenta sin ser consciente instantes de pura felicidad; la felicidad de los niños en los veranos de pueblo. Pero hay un problema: el horror.

It

Título original: It; Dirección: Andrés Muschietti Guión: Chase Palmer, Cary Fukunaga, Gary Dauberman (Novela: Stephen King); Música: Benjamin Wallfisch; Fotografía: Chung-Hoon Chung; Reparto: Bill Skarsgård, Jaeden Lieberher, Sophia Lillis, Finn Wolfhard, Wyatt Oleff,Jeremy Ray Taylor, Jack Dylan Grazer, Chosen Jacobs, Nicholas Hamilton,Jake Sim

Bill vive obsesionado con la desaparición de su hermano. Ocurrió una tarde de tormenta. Él estaba en cama, enfermo. El pequeño Georgie salió a jugar en los charcos con un barquito de papel. No volvió. Ha llegado el verano y ahora Bill quiere aprovechar para explorar las cloacas con la ayuda de sus amigos. Pronto se les une Beberly, que está tan marginada como ellos. Y Ben, el novato. Y luego llega Mike, también de su edad pero que no va al colegio. Entre todos forman una pandilla pintoresca, siempre de arriba a abajo con sus bicicletas, tratando de evitar a los gamberros de Henry y sus matones. De vez en cuando van a bañarse a la cantera, y experimentan sin ser conscientes instantes de pura felicidad; la felicidad de los niños en los veranos de pueblo. Pero hay un problema: el horror.

Todos lo han experimentado de algún modo. Algunos han visto un payaso siniestro; otros han percibido la presencia de fantasmas; los más descreídos se han encontrado con zombies e incluso Beberly, que es la más madura, ha tenido visiones. Bill todavía no lo sabe, pero el payaso infernal que los aterra es quien se llevó a su hermano; es, de hecho, quien asesina impunemente a niños una vez cada veintisiete veranos. Y ahora les ha tocado a ellos. El horror irracional que les causa el monstruo hace por un momento que olviden sus horrores cotidianos: la marginación, el insulto, la opresión de unos padres abusadores… Juntos tendrán que ponerle fin a la pesadilla y, si vuelve, deberán hacerle frente de nuevo. Siempre juntos.

Nacida de la pluma de Stephen King, esta versión de It presenta dos cambios estratégicos con respecto a su antecesora, la TV Movie de los noventa. El primero de ellos es haber sabido aprovechar la ola de nostalgia ochentera para trasladar la historia original del grupo de amigos nada menos que dos décadas en el tiempo. La pandilla de los «Perdedores» ha pasado de los sesenta a finales de los ochenta, compartiendo así el imaginario de Super 8, Stranger Things o de Los Goonies —cuyo remake está al caer—. El segundo acierto ha sido dividirla en dos partes, dedicando la primera a la historia de los niños y reservando para la siguiente —prevista en 2019— los hechos actuales.

Los fallos son los que cabrían esperar: una trama predecible; una sucesión redundante de sustos solo propiciados por el sobresalto sonoro, y una falta real de sensación de peligro durante todo el metraje. No obstante, el casting transpira naturalidad; la historia interior de cada uno se teje con interés y, en definitiva, más por la parte del drama que por el terror, el resultado es positivo.

No hay comentarios en It: los payasos asesinos son para el verano

La niebla y la doncella: enrevesada trama para mal casting

Remotas carreteras que serpean bajo la neblinosa atmósfera de los riachuelos; contraste entre lo grotesco de los crímenes más abominables y la belleza de los paisajes de postal.

la niebla y la doncella

Título original: La niebla y la doncella; Dirección y guión:Andrés M. Koppel (novela de Lorenzo Silva); Música: Adrian Foulkes, Lucio Godoy; Fotografía: Álvaro Gutiérrez; Reparto: Quim Gutiérrez, Verónica Echegui, Aura Garrido, Roberto Álamo, Marian Álvarez; Género: Thriller

De un tiempo a esta parte las intrigas que nos trae la industria española parecen alejarse del asfalto urbano para adentrarse en la naturaleza del paisaje. Islas, bosques, montañas… No fallan las remotas carreteras que serpean bajo la neblinosa atmósfera de los riachuelos, ni el contraste entre lo grotesco de los crímenes más abominables y la belleza de los paisajes de postal. La última muestra que nos ha llegado cumple a la perfección con el expediente: en La Niebla y la Doncella un truculento asesinato acaece en la densidad de los helechales de La Gomera.

Los conocidos inspectores de la U.C.O. Bevilaqua y Chamorro (Gutiérrez y Garrido) —nacidos de la pluma de Lorenzo Silva y protagonistas de otras propuestas tanto en cine como en televisión— son los encargados de esclarecer el caso del asesinato de un joven en la isla. El homicidio lleva en dique seco cerca de tres años, y el principal sospechoso, un alto cargo político, ya fue absuelto por un tribunal popular en su momento. Acuciados por la necesidad de tacto —al fin y al cabo, su sola presencia en el lugar pone de manifiesto la incompetencia de los agentes locales—, deberán solucionar una trama donde poco a poco van surgiendo flecos relacionados con la droga, la prostitución y las mentiras.

Y ahí el problema: lejos de esclarecer nada, la trama se vuelve tan enrevesada por momentos que al final la solución del enigma parece impostada. El espectador, tras hora y media de metraje, sencillamente siente que se ha debido de perder algo o distraerse con los paisajes, pues la conclusión queda lejos de resultar convincente y los pasos seguidos hasta alcanzarla distan mucho de lo que podría considerarse una deducción lógica de todo lo acontecido.

No ayuda, tampoco, la falta de implicación emocional tanto de personajes como de actores. Los primeros, en el relato, acuden a solventar un caso que en nada les importa. Los segundos, en el rodaje, parecen no haberse terminado de creer los diálogos que el guionista-director les ha puesto en la boca. Solo Aura Garrido y Marian Álvarez ejecutan con buen tino sus roles, pero la indispensable trama amorosa las relega hacia papeles secundarios.

No obstante, todo cambia al final del segundo acto. Una serie de eventos —que no se deben adelantar en estas páginas— torna la investigación de un cariz más complejo y adentra a los protagonistas, ahora sí, en una problemática que les afecta en lo más profundo. De pronto el filme encuentra el rumbo que parece haber estado buscando durante todo su recorrido, y encauza una resolución que promete, a priori, un final interesante. Lástima que la epifanía llegue tan tarde y que el final resulte tan sobrevenido.

No hay comentarios en La niebla y la doncella: enrevesada trama para mal casting

Verónica: terror en el barrio

Lejos de terrores de tintes góticos y préstamos de fobias foráneas, la película de Plaza sostiene un terror sobrenatural sobre la piedra angular de lo local, lo doméstico, lo cotidiano.

Verónica

Título original: Verónica; Dirección:Paco Plaza Guión: Paco Plaza, Fernando Navarro; Música: Chucky Namanera; Fotografía: Pablo Rosso; Reparto: Sandra Escacena, Bruna González, Claudia Placer, Iván Chavero, Ana Torrent

Afirma el inspector José Pedro Negri en su informe que, cuando acudieron al 8 de la calle Luis Marín de Madrid la gélida noche del 27 de noviembre de 1992, varios agentes del dispositivo pidieron salir del lugar ante la visión de varios sucesos inexplicables. Hacía poco más de un año que había muerto en extrañas circunstancias la hija mayor de la familia que residía en la casa, y que era aficionada al espiritismo. El relato de las visiones y experiencias que vivieron los agentes aquella noche constituye el único informe policial que recoge sucesos paranormales en España, y es la historia real que ha inspirado Verónica, la última película dirigida por Paco Plaza.

Aficionada al ocultismo por fascículos, Verónica, con quince años y muchas responsabilidades familiares, decide jugar a convocar a los espíritus durante un eclipse de sol. Para su ritual acude a dos compañeras de clase, y para lograr su objetivo se vale una fotografía de su difunto padre. No es raro que quiera encontrar en la ouija un pilar familiar. Su madre trabaja de sol a sol en un bar de barrio y ella está sobrepasada por llevar adelante la casa, la comida y el cole de sus tres hermanos pequeños. Pero todo termina mal. La sesión de espiritismo no se cierra como debería y Verónica vuelve al hogar con un monstruo en la mochila que no tardará en poner en peligro a los pequeños de la familia.

Probablemente la gran virtud de la última película de Paco Plaza resida en el naturalismo. Lejos de terrores de tintes góticos y préstamos de fobias foráneas, la película de Plaza sostiene un terror sobrenatural sobre la piedra angular de lo local, lo doméstico, lo cotidiano. El retrato realista de la Vallecas de comienzos de los noventa; la disección minuciosa de los desayunos de una familia de clase humilde de un bloque de barrio; la atmósfera casi palpable de una España reconocible por todos, apuntalan una película que incluso sin la trama sobrenatural bien valdría una mención de interés. La debutante Sandra Escacena se resuelve inmensa, igual que la nada desdeñable participación de los pequeños. Tanto es así que, por contraste, es la intervención de las adultas de la historia la que se antoja peliculera y hasta teatral.

Plaza teje el relato con un hilo tensado a fuerza de homenajes sutiles, discretos y bien llevados a todos los clásicos que componen el género. Desde el silente Nosferatu hasta el Quién puede matar a un niño de Ibáñez Serrador. La tensión crece paulatinamente y el terror, lejos del sobresalto tramposo, se forja a fuego lento sobre la empatía y el interés en el desarrollo dramático del trágico personaje. Una película disfrutable de principio a fin.

No hay comentarios en Verónica: terror en el barrio

Juego de Tronos: la desvergüenza

Lo insultante que resulta descubrir que alguien te toma por imbécil; que consideren que se te puede engañar con efectos especiales y aleteos de dragón; que partan del hecho de que vas a aceptar lo que te pongan delante porque te tienen «comiendo de su mano» o porque, simplemente, consideran que tu nivel de exigencia es inexistente.

Juego de Tronos, Game of Thrones, GOT

HBO. 7ª Temporada. 16 de julio – 27 agosto, 2017.

Anoche llegó a su fin la temporada más impresionante de todas las que ha habido de Juego de Tronos. De ello hay que dar las gracias a sus batallas terrestres y navales, así como a su empacho de vuelos de dragón. Sin embargo, esta séptima también se ha tratado, en lo narrativo, de la peor de todas. No han sido pocos los que han mostrado su malestar con la sarta de incongruencias que ha plagado esta entrega. Ha habido tantas quejas que incluso los directores han tenido que salir al paso con justificaciones y disculpas y, ante eso, a los adeptos de pura cepa no les ha quedado otra que echar mano de la petición de principio: es una serie de fantasía con dragones y magia, ¿qué coherencia esperabais?

Y tienen su lógica. ¿De qué nos quejamos? Nos tragamos que la reina de los siete reinos anduviese fornicando por los suelos de los torreones abandonados; nos tragamos que el hombre más legalista del imperio —el que dicta la sentencia debe empuñar la espada y tal— cambiase la última voluntad del rey en su lecho de muerte en base a una sospecha inspirada por el color del pelo de un chaval; aceptamos sin pensar que una sacerdotisa pariera un hombre-nube que asesinó a una trama entera, o que el ejército de zombies al otro lado del muro se dedicase a esperar pacientemente a que todos los westeronienses solucionasen sus problemas antes de invadir.

No. Juego de Tronos nunca ha sido coherente. A la sucesión de personajes desechables puestos en el camino simple y llanamente para alargar la peripecia —llámense Bolton, Martell o Gorrión Supremo— hay que sumar las maravillas que han hecho en off los personajes principales —como Arya asesinando a los señores en sus castillos a saber cómo—, las resurrecciones a la carta o la extraña combinación que surge del cóctel de lógica medieval, magia, banca y ahora también ley del divorcio.

Al final es eso: lo insultante que resulta descubrir que alguien te toma por imbécil

El problema es que, mientras que en temporadas anteriores las incongruencias podían ser justificadas bien por malas decisiones de los personajes, bien por licencias creativas del escritor bajo el amparo de la fantasía y el abracadabra, en esta ocasión se les ha ido la mano en lo incoherente hasta el punto de tener al espectador frente a la pantalla preguntándose con quién se han creído Benioff y Weiss que están tratando.

Porque al final es eso: lo insultante que resulta descubrir que alguien te toma por imbécil; que consideren que se te puede engañar con efectos especiales y aleteos de dragón; que partan del hecho de que vas a aceptar lo que te pongan delante porque te tienen «comiendo de su mano» o porque, simplemente, consideran que tu nivel de exigencia es inexistente.

El proceso de creación de una serie es lento y complicado. Hay escrituras, reescrituras, escaletas, mapas, presupuestos, informes técnicos… y normalmente muchas cabezas pensando y dándole vueltas a lo que se va a filmar. Cada segundo de emisión cuesta un dineral, y nada se deja a la improvisación o la casualidad. Por eso resulta más que ominoso que hayan dado por hecho que íbamos a aceptar que TODAS las batallas terminasen con deux ex machinas en el menú; que fuéramos a tragarnos que Jamie, los cuervos y los dragones plegaran la curvatura del universo haciendo viajes instantáneos; que guerreros ya con los huevos pelaos —con perdón— se lanzaran a conquistar al enemigo sin más alforja que una bota de vino para compartir y con los cinco primeros mequetrefes que se han encontrado en una mazmorra —también a saber cómo llegaron allí—; o que el septón supremo ese que ofició nulidades y matrimonios se fuera a la tumba sin dar cuenta de ello a la nueva dinastía reinante.

Bajo la premisa de que cualquiera podía morir, esta serie planteaba una sorpresa sangrienta tras otra. Ahora no.

Pero lo peor de todo es que todas esas cabecitas hayan decidido en algún despacho que lo mejor para satisfacer a los fans era disponer una temporada tan predecible que hasta yo en el anterior post dedicado a la serie en este blog —escrito hace más de un año— ya adivinaba el porvenir. Había una época en que esta serie, bajo la premisa de que cualquiera podía morir, planteaba una sorpresa sangrienta tras otra. Ahora no. Sabíamos desde el minuto uno lo que Sam iba a descubrir en aquella biblioteca perdida; sabíamos desde el primer instante lo que iba a pasar cuando Jon Snow y su tía se mirasen a los ojos; y sabíamos lo que iba a suceder con el Muro desde el momento en que el Rey de la Noche agarró esa jabalina de hielo.

Y ahora la séptima temporada ha llegado a su vergonzoso fin prometiendo, como siempre, el oro y el moro, y dejando tras de sí más cadáveres que nunca entre los que habrá que contar, me temo, con la ilusión de no pocos adeptos desencantados por lo torticero del orgasmo. Que sí, que llegamos a donde todos queríamos; que sí, que ha habido beso, y muerte, y dragones… Pero, para una serie entre cuyas fortalezas estaba el disfrute del viaje, en esta ocasión la sensación es, nunca mejor dicho, la de que nos han teletransportado. Y así no, oye. Así no.

2 comentarios en Juego de Tronos: la desvergüenza

Baby Driver: corre que te pillo

Las persecuciones de coches por las autovías de la soleada Atlanta son un primor, y la trama se deja saborear con el mismo gusto que una hamburguesa de Johnny Rockets en la Ruta 66.

Título original: Baby Driver; Director y guionista: Edgar Wright; Música: Steven Price; Fotografía: Martin Ruhe; Reparto: Ansel Elgort, Lily James, Jamie Foxx, Jon Hamm, Kevin Spacey, Eiza González, Jon Bernthal

Nacida a la sombra de la magistral Drive de Nicolas Winding Refn, y con un argumento que parece sacado de ella con una hoja de calco, Baby Driver marca la diferencia directamente desde el nombre. Lejos de la hamartia fatídica y trágica de su contundente antecesora, el filme escrito y dirigido por Edgar Wright plantea una narración más cercana al fast food de explosión y gasolina.

Baby es un muchacho que arrastra consigo dos lacras irremisibles. La primera de ellas, la pérdida de su madre en un accidente de tráfico que le dejó a él la secuela —y eterno recordatorio— de padecer acúfenos: oír constantemente zumbidos o golpes en el oído interno. La segunda, estar en deuda con un atracador de bancos al que, por lo que se nos cuenta en diálogo, el protagonista le robó lo que no debía en golferías de infancia.

No obstante, Baby está tratando de ponerle remedio a ambas. Para combatir los acúfenos está constantemente enchufado a alguno de sus muchos iPods, con cuya música logra eludir la molestia. Para librarse de su deuda, se dedica a conducir el coche de fuga en los golpes que comete su acreedor. Porque otra cosa no, pero al volante Baby es un fiera.

Si de por sí suena ya interesante la trama, la cosa se adereza con dos ingredientes combustibles: la locura y el amor. La locura, primero, encarnada en los compañeros de reparto del villano: ladrones de bancos de recortada y careta que encañonan sin titubeos ni conmiseración, con los que tendrá que compartir asiento y huída el mozo de los auriculares. El amor, después, personificado en Debora, arquetípica camarera de cafetería de carretera que sin comerlo ni beberlo, y gracias al azar del Courier 12, se verá envuelta en la historia.

La narración, que comienza con persecución y sigue con plano secuencia, se maneja con magistral desenvoltura en el viejo arte de montar música —muy buena música— e imagen. Las persecuciones de coches por las autovías de la soleada Atlanta son un primor, y la trama se deja saborear con el mismo gusto que una hamburguesa de Johnny Rockets en la Ruta 66. De hecho, solo el inmenso trabajo Jamie Foxx justifica el desembolso.

Sin embargo, como la hamburguesa, al final el filme termina siendo un buen puñado de calorías vacías. Las persecuciones, el asfalto, la música prestada y el buen trabajo de —uno de— los actores se dan de bruces contra el muro de la realidad: falta guión. Los personajes terminan dando volantazos, comportándose de manera errática y sin saber muy bien a dónde quieren ir; la historia se pierde en un tercer acto que, por querer apostar más alto, termina siendo ciencia ficción, y el epílogo suena a patochada almibarada de última hora.

No hay comentarios en Baby Driver: corre que te pillo

American Pastoral: despertar del sueño americano

El Sueco encarnaba desde la cuna el prototípico american dream de los cincuenta. Deportista de éxito en sus años de estudios, terminó casándose con una reina de la belleza local…

american pastoral

Título original: American Pastoral; Director: Ewan McGregor; Guion: John Romano (Novela: Philip Roth); Música: Alexandre Desplat; Fotografía: Martin Ruhe; Reparto: Ewan McGregor, Jennifer Connelly, Dakota Fanning, Peter Riegert, Rupert Evans, Uzo Aduba, Molly Parker, Valorie Curry

El Sueco encarnaba desde la cuna el prototípico american dream de los cincuenta. Deportista de éxito en sus años de estudios, terminó casándose con una reina de la belleza local y heredando el próspero negocio de su padre. Vivía en una casita en el campo, y su hija era una preciosidad de dorados cabellos a la que gustaba jugar con las vacas. Por eso, cuando la pequeña se convierte en una activista radical y planta una bomba en la estafeta de correos del pueblo, matando a un funcionario, El Sueco percibe cómo todo su universo se viene abajo. Perseguida, la menor huye de casa para esconderse en las entretelas del radicalismo social de los sesenta; enloquecida, su esposa se reinventa una vida a partir de la renuncia a todo, y él, apesadumbrado, asiste con estoicismo al derrumbe mientras trata de encontrar a la hija perdida que no puede dejar de amar.

El filme, primer trabajo en la dirección de McGregor, se toma la nada desdeñable empresa de adaptar una pieza del escritor Philip Roth y, según relatan los conocedores del texto, lo hace con tacto milimétrico. La sucesión de circunstancias y elementos respetan la trama básica de la novela hasta el punto de tener, según ha declarado el actor-director, el beneplácito del autor del libro. No obstante, aunque la sucesión de acontecimientos sea la precisa, no lo parece ni el arco fundamental de los personajes ni su ejecución por parte de los intérpretes.

McGregor personifica a un padre pasmado; tanto, que se diría excesivamente enfático en la parsimonia. Su puesta en escena no transmite la impronta dramática de una tragedia de corte realista y casi parece que no deja de ser una versión del utópico personaje de Big Fish venido a menos. Jennifer Connelly, por contra, se encuentra encorsetada en una historia que no le deja desarrollo. Hubiera sido mucho más interesante conocer la trama desde la perspectiva de su personaje, que sí tiene una transformación clara e interesante. Pero en vez de eso la vemos a retazos episódicos, primero belleza local, luego madre amargada, luego belleza díscola…. pero sin solución de continuidad. Casi como a la pobre Dakota Fanning, sin duda el papel más complejo de todos y que pasa ausente la mayor parte del metraje.

Así la cosa, el filme termina por resultar aburrido. Ni el padre coraje que pretende personificar McGregor engancha a su causa ni la historia está narrada desde una posición que realmente ponga en imágenes el derrumbe familiar —ni mucho menos el social— de una historia que merecía un trato mejor pertrechado.

No hay comentarios en American Pastoral: despertar del sueño americano

Tiempo al (Ministerio del) Tiempo

Parece que existe alguna norma escrita en algún lugar que indica que las emisiones de una televisión pública deben cotizar en audiencia. Por algún motivo que se me escapa, de…

Parece que existe alguna norma escrita en algún lugar que indica que las emisiones de una televisión pública deben cotizar en audiencia. Por algún motivo que se me escapa, de cara a los medios parecen jugar en la misma liga que los productos televisivos de las televisiones comerciales, esas que tienen que encontrar el equilibrio entre producir barato y llegar a muchos para vender cocacolas.

Mañana es muy probable que se compare el dato del episodio de hoy de El Ministerio del Tiempo con el de Supervivientes, como si fueran lo mismo, como si tuvieran la misma finalidad, y como si puestos en la parrilla se tratasen de productos equiparables, como las longanizas o los choricitos de la barbacoa del cuñado. Y es probable que algunos medios igualmente pongan en entredicho la viabilidad de la serie precisamente por el dato, dando por descontado que a TVE le interesaría mucho más producir un reality directo de cuatro horas en Honduras (la Lempira, moneda oficial de allí, está a 0,04 euros) que un producto que obliga en cada episodio a recrear una época distinta. Rentabilidad creo que lo llaman.

Obviamente, siguiendo esta lógica, el haber postergado la emisión hasta mediados de junio; el obligar al ya famoso parón veraniego —algo habitual, por otro lado, en otras mil ficciones—, y el lógico desconcierto que ha causado en el mapa de tramas eliminar a uno de los personajes principales no ayuda a la ficción en ese objetivo tan de televisión privada de los noventa de recabar shares y audímetros.

Parece que existe alguna norma escrita en algún lugar que indica que las emisiones de una televisión pública deben cotizar en audiencia

Pero no hay que culpar a los analistas. Al fin y al cabo conocen los precedentes de la cadena de todos y el miedo que parecen dar las estadísticas. El maltrato es tónica habitual de muchas de las series que financiamos con nuestro sudor e IRPF. Ni siquiera la sacrosanta Cuéntame ha estado exenta de duda —acuérdate de cuando Atresmedia pujaba por quedársela—, y en el caso de El Ministerio ha tenido que venir Netflix con su acento de gringo, con su guacamaya en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales —como diría García Márquez— y su saca de 190 países para llevársela a su VOD rescatarla. Curioso, cuanto menos, que precisamente quienes no fundamentan su negocio en la venta de publicidad sí que hayan decidido apostar por esta ficción. ¿Será por los premios? ¿Será por la calidad? ¿Será por el INCUESTIONABLE protagonismo femenino? Lo mismo incluso es por la audiencia, tú, que aunque no tenga medidas de Miss Mundo resulta que es educada, inteligente y de buen nicho.

Sea como fuere, esta noche ponemos un punto y seguido a la serie para retomarla en algún momento después del verano, ya sea en la tele de nuestros abuelos o en Netflix. Quedaremos a la espera.

2 comentarios en Tiempo al (Ministerio del) Tiempo

Wonder Woman no es mujer

Mucho se ha hablado y se ha escrito sobre la importancia que tiene el filme Wonder Woman, especialmente por el hecho de estar dirigido y protagonizado por mujeres y por…

Wonder Woman

Título original: Wonder Woman; Dirección:Patty Jenkins Guión: Allan Heinberg (Historia: Zack Snyder, Allan Heinberg, Jason Fuchs; Personajes: William M. Marston); Música: Rupert Gregson-Williams; Fotografía: Matthew Jensen; Reparto: Gal Gadot, Chris Pine, Robin Wright, Connie Nielsen, David Thewlis, Danny Huston, Elena Anaya

Mucho se ha hablado y se ha escrito sobre la importancia que tiene el filme Wonder Woman, especialmente por el hecho de estar dirigido y protagonizado por mujeres y por presentar un rol activo, protagónico y autosuficiente del género en la gran pantalla; algo cuya excepcionalidad, no cabe duda, ha sido y es una insoslayable injusticia. No obstante, en lo narrativo creo que la película no supone realmente ningún avance en este sentido más allá de mejorar la media del resto de producciones de la nueva hornada de la factoría DC —lo cual no era difícil—.

Ojo, no quiero decir con esto no sea loable que un filme de superhéroes se centre en una mujer y la muestre capaz, independiente y heroica; no quiero decir que no sea positivo que el rol de la mujer aparezca en la pantalla en un plano de igualdad —incluso superioridad— con respecto al hombre; ni quiero decir que no sean necesarios más papeles de mujeres protagonistas con este calado, éxito de taquilla y aceptación social. Todo esto me parece sin duda un enorme acierto, y sería digno de alabanza en la película. Pero me temo que no puedo reconocérselo por un motivo muy sencillo: Wonder Woman no es una mujer.

De hecho, no es siquiera una de las Amazonas con las que se ha criado. Wonder Woman es una semidiosa esculpida del barro y dotada de vida por Zeus para cumplir un determinado fin, y esto la sitúa en un rol diferenciado de todas las demás mortales —ya sean Amazonas o mujeres terrenales—, por encima de las que se posiciona de forma gravosa en el filme. La película, con guión de Allan Heinberg, parece que se esfuerza incluso en remarcar la diferencia contraponiendo a la heroína con las mujeres de verdad, siendo estas últimas apenas representadas por las víctimas de la guerra, la villana enmascarada o la desdibujada Etta Candy, personaje que carga sobre sus espaldas la única representación de su género con diálogo y que es más bien torpe, más bien cobarde y en todo caso doblegada a los designios de sus jefes varones.

Sentado en la sala me llegó a parecer el tema incluso insultante. Mientras que la villana es tildada abiertamente de «bruja» y es a la par temida y odiada por todos —incluidos sus secuaces—, la hercúlea protagonista causa admiración esquivando las balas en las trincheras sin más apero que su escudo —regalo de Zeus— y el atuendo de guerra de su pueblo que, según decidió un dibujante —varón— de cómics en los años cuarenta, consiste en una coraza-corsé palabra de honor con minifalda. El resto de soldados la miran embobados y se preguntan de dónde ha salido semejante criatura, como repudiando en el subtexto a todas las mujeres reales; como si la única mujer merecedora de su admiración, su respeto y camaradería —y de formar parte de la Liga de la Justicia— tuviera que ser, por lo menos, una diosa guerrera venida a la Tierra con el cuerpo de una concursante de Miss Universo.

En lo narrativo tampoco hay mucha mejoría. Wonder Woman viene al mundo con una misión y, simplemente, va caminando a cumplirla. Apenas se encuentra en su camino ningún obstáculo; apenas se tiene que enfrentar a ninguna decisión trascendental, y apenas se topa con nada que pueda retenerla toda vez que, como es sabido, es prácticamente invulnerable. El arco dramático de su personaje es plano como el horizonte: al terminar es exactamente la misma que al comenzar, sencillamente alguien que cree que hay bondad en el corazón de los hombres, y ya.

Mucho más interesante resulta la trama olvidada de su madre, la reina amazona Hippolyta, que sabe que su hija está predestinada a luchar contra el dios de la guerra para salvar a los hombres y no la quiere exponer a eso; más interesante resulta la trama del coprotagonista, espía durante la guerra que logra escapar in extremis para llevar un secreto a sus comandantes y que se ofrece para cumplir la misión que pondrá fin a la contienda, aun sabiendo que va a morir en ella; mucho más interesante resulta la trama de la general amazona Antiope, que adiestra a su sobrina en secreto en el combate a sabiendas de que su independencia y libertad dependerá en gran medida de ello…

Pese a todo, la película es correcta en su ejecución y su éxito es motivo de alegría. No sólo rompe el techo de cristal que condenaba a las féminas guerreras al fracaso taquillero, sino que además ha permitido sembrar un debate en las calles necesario. Y, oye, lo mismo a alguien le da por seguir la filmografía de la directora y descubre The Killing o Monster, mucho mejores que esta y con mucho más fundamento feminista.

1 comentario en Wonder Woman no es mujer

Baywatch: chulitos de playa

Llega un punto en la historia de algunas series de televisión en el que pasan a ser recordadas como auténticos iconos culturales y Hollywood no tiene más remedio que convertirlas…

Título original: Baywatch; Dirección: Seth Gordon Guión: Damian Shannon, Mark Swift (Historia: Jay Scherick, David Ronn, Thomas Lennon, Robert Ben Garant); Música: Christopher Lennertz; Fotografía: Eric Steelberg; Reparto: Dwayne “The Rock” Johnson, Zac Efron, Alexandra Daddario, Priyanka Chopra, Kelly Rohrbach, Ilfenesh Hadera

Llega un punto en la historia de algunas series de televisión en el que pasan a ser recordadas como auténticos iconos culturales y Hollywood no tiene más remedio que convertirlas en largometraje para loa de los fans y alegría de los contables. La última en someterse a tal canonización ha sido el clásico noventero Los Vigilantes de la Playa, serie que, parapetada en la premisa de que los socorristas de las arenas de Malibú tenían poco que envidiar a los agentes de las Fuerzas Especiales, versaba fundamentalmente en el lucimiento de palmito veraniego de sus protagonistas originales corriendo por la playa —hablamos de talentos interpretativos como Pamela Anderson, Carmen Electra, o el ya legendario David Hasselhoff—. Estuvo en antena más de una década y dio lugar a un spin-off y una TV Movie.

El remake que llega ahora a las salas, a pesar de criticar abiertamente el desparrame en lo sensual de la serie, le rinde fiel homenaje en esta faceta. Con una trama autoconsciente y paródica en la que los socorristas se encargan de dar al traste con una banda de narcotraficantes y asesinos; y una puesta en escena plagada de chistes escatológicos y bromas sexuales de deje infantil —que tienen, ciertamente, muy poca gracia—, el fundamento de la pieza se focaliza en el torneado busto de Zac Efron, fetiche adolescente de fans de High School Musical envejecido de forma prematura; los pectorales de Dwayne Johnson, hipermusculado habitual en sagas de acción que toma el rol de jefe de la patrulla; el escote de Kelly Rohrbach, modelo de bañadores para la revista Sports Illustrated; y las curvas de Alexandra Daddario, actriz de filmes de acción juveniles como la saga Percy Jackson reconvertida en reclamo erótico tras su paso por la serie True Detective.

La película es objetivamente mala. Sin embargo, hay que entenderla en su contexto paródico. Si bien el original televisivo se tomaba demasiado en serio a sí mismo, el filme es consciente de la papeleta y por eso plantea una comedia gamberra que estaría en la misma liga de los clásicos de Mel Brooks o las barrabasadas dirigidas a adolescentes como American Pie y sus secuelas, incluyendo gags absurdos —que en su inmensa mayoría incluyen penes en un sentido más o menos explícito—, y la metaficción autorreferencial tan aplaudida en otras obras como Deadpool: en efecto, no sólo Dwayne Johnson se dirige a Zac Efron en el filme con el apodo de «High School Musical», sino que además tienen su instante de gloria los cameos del propio David Hasselhoff y Pamela Anderson.

Eso sí, la promoción es bastante transparente: que nadie se espere un Shakespeare.

No hay comentarios en Baywatch: chulitos de playa

La Momia: obsceno empacho digital

Tras varios milenios enterrado bajo el desierto de Mesopotamia, el sepulcro de la princesa egipcia Ahmanet vuelve a la superficie cuando el buscador de tesoros Nick Morton aprovecha la barbarie…

la momia

Título original: The Mummy; Dirección:Alex Kurtzman Guión: David Koepp, Christopher McQuarrie, Dylan Kussman (Historia: Jon Spaihts, Alex Kurtzman, Jenny Lumet); Música: Brian Tyler; Fotografía: Ben Seresin; Reparto: Tom Cruise, Russell Crowe, Annabelle Wallis, Sofia Boutella, Jake Johnson, Courtney B. Vance, Marwan Kenzari

Tras varios milenios enterrado bajo el desierto de Mesopotamia, el sepulcro de la princesa egipcia Ahmanet vuelve a la superficie cuando el buscador de tesoros Nick Morton aprovecha la barbarie de la guerra de Irak para recuperar piezas de incalculable valor. Sepultada en vida como castigo por su parricidio, la princesa, fruto de su pacto con el dios de la Muerte, vuelve a la vida con el fin de cumplir el último estadio del rito que estaba destinado a traer a éste a la vida. Para ello precisa de un receptáculo humano y ella ha puesto sus cuatro ojos en el hombre que la liberó de su cautiverio.

No obstante, una agrupación secreta de arqueólogos liderada por el misterioso Doctor Jekyll se interpondrá en su camino con el fin de impedir que el demonio termine completando su forma humana y, si es posible, que el personaje interpretado por Tom Cruise no muera en el trance —aunque, según se plantea el asunto, esto parece bastante complicado—.

Si bien se trata del enésimo remake de un clásico cinematográfico, esta nueva entrega de La Momia trae consigo otra novedad aparte de tener como villana a una mujer —algo que ya había sucedido en otras ocasiones, como en la versión de la Hammer de 1971—: se trata de la película inaugural de un nuevo «universo» cinematográfico de películas enlazadas al estilo de las sagas nacidas al amparo de Marvel, DC o Harry Potter. Lo curioso en esta ocasión es que el universo en sí probablemente hunda sus raíces más allá que cualquier otra saga comiquera o literaria, pues se trata precisamente del revival de los monstruos que popularizara los Estudios Universal en el primer tercio del siglo pasado.

El filme, sin embargo, se aleja de la calidad naive de sus precedentes. Embarullado por la sobredosis de CGI, el parco argumento es repetido y explicado una y otra vez de viva voz mientras que el protagonista —un Tom Cruise tan embalsamado digitalmente como su enemiga en la ficción— intenta aparentar a sus cincuenta y cuatro años los andares y diatribas amorosas de un treintañero. Resulta curioso, cuanto menos, ver a Russel Crowe —que es un par de años más joven— interpretando a alguien supuestamente mucho mayor que el protagonista en la ficción.

Sin embargo, a pesar de todo, no hay que olvidar la finalidad lúdica que motiva el filme y sus previsibles continuaciones. El tono cómico-aventurero de la premisa, así como los guiños a la saga anterior protagonizada por Brendan Fraser, harán que el público no sólo encuentre en la saga lo que está buscando sino que, además, pase un rato entretenido.

No hay comentarios en La Momia: obsceno empacho digital

Norman: vendedores de humo

Menciona el título original de la última película protagonizada por Richard Gere la figura del fixer, que podría traducirse por algo así como un conseguidor. El término apunta apenas cierto…

Título original: Norman: The Moderate Rise and Tragic Fall of a New York Fixer; Dirección y guión: Joseph Cedar; Música: Jun Miyake; Fotografía: Yaron Scharf; Reparto: Richard Gere, Lior Ashkenazi, Michael Sheen, Charlotte Gainsbourg, Dan Stevens,Steve Buscemi, Jonathan Avigdori, Yehuda Almagor, Caitlin O’Connell, Hank Azaria

Menciona el título original de la última película protagonizada por Richard Gere la figura del fixer, que podría traducirse por algo así como un conseguidor. El término apunta apenas cierto matiz despectivo que sin duda se pierde en la traducción. Charlatán, embustero, vendemotos… el léxico castellano es rico en voces que bien podrían subtitular de forma más precisa el filme y denotar la tragicomedia de su premisa: el ascenso y caída de un hombre que ha hecho del networking su forma de vida.

Como un parásito en las cañerías de la bienpensante y judía Gran Manzana, Norman Oppenheimer vive exclusivamente de lo que obtiene del trapicheo de favores a unos y a otros. El hecho de que realmente conozca a mucha menos gente de la que afirma conocer no supone para él ningún obstáculo que pueda impedirle acercarse al objetivo que se proponga y lograr, mediante su verborrea y sus mentiras, que termine firmando alguna compraventa que le reporte a él algún beneficio. Por ello, cuando se cruza en su radar un político más o menos bien posicionado del Estado de Israel, no duda en invertir los ahorros de su vida en regalarle unos zapatos de lujo en una tienda de la Quinta Avenida de Nueva York. El tiempo termina por revalorizar esa inversión cuando, tres años después, el político regresa a Nueva York convertido en el Primer Ministro que tiene en su mano nada menos que el tratado de paz más importante de Oriente Próximo. El problema es que, junto la creciente importancia de su víctima, aumenta también la exposición del castillo de naipes que Norman ha construido en torno a sí.

Con un guión inteligente y una narración rítmica, el filme escrito y dirigido por Joseph Cedar encuentra en la solvente interpretación de Richard Gere su mejor apoyo. Ayuda también una narración bien llevada en un montaje que juega a dividir la pantalla en encuadres imposibles, así como el aporte de secundarios de marcado registro como Michael Sheen, Charlotte Gainsbourg o Steve Buscemi.

Los problemas residen en un rebuscado final que parece querer plantear giro tras giro y que torna la bien llevada peripecia de los primeros actos en un disparate tan poco probable como injustamente fortuito y que bien podría resumirse en que la araña queda atrapada por su propia red.

Con todo, el tejemaneje del protagonista en sus múltiples encuentros y promesas hacen de la obra una pieza más que disfrutable, con toques de humor inteligente entre el drama y la comedia en una crítica voraz hacia el tráfico de influencias y la falsedad que termina pringando los negocios, la religión y la política.

No hay comentarios en Norman: vendedores de humo

El pirata que cambió su brújula por una botella de ron

Cuando, abandonado por su tripulación y derrotado por el tiempo, el capitán Jack Sparrow intercambia su brújula por una botella de ron, desata sin saberlo su peor pesadilla. Salazar, un…

Título original: Pirates of the Caribbean: Dead Men Tell no Tales; Dirección: Joachim Rønning, Espen Sandberg; Guión: Jeff Nathanson (Personajes: Ted Elliott, Terry Rossio Stuart Beattie, Jay Wolpert); Música: Geoff Zanelli; Fotografía: Paul Cameron; Reparto: Johnny Depp, Javier Bardem, Brenton Thwaites, Kaya Scodelario, Geoffrey Rush,Orlando Bloom, Kevin McNally, Martin Klebba, Goran D. Kleut, Jessica Green, Paul McCartney,Keira Knightley

Cuando, abandonado por su tripulación y derrotado por el tiempo, el capitán Jack Sparrow intercambia su brújula por una botella de ron, desata sin saberlo su peor pesadilla. Salazar, un mítico cazador de piratas, es liberado del cautiverio sobrenatural donde fue capturado por el primero en su juventud y ahora busca vengarse a toda costa, engullendo a su paso cualquier nave que luzca la enseña de las cuatro tibias y la calavera. Esto pone en aprietos al capitán Barbosa, que comanda docenas de buques y se ha convertido en el terror de los mares. Apremiado por salvar su flota, negociará con el enemigo sobrenatural la cabeza de Sparrow con tal de ganar tiempo y poder conseguir el Tridente de Poseidón, legendario artefacto capaz de doblegar cualquier maldición marina.

Esta trama, resaltada como subtítulo de la quinta entrega de la saga y no carente de interés, resulta que es, sin embargo, la menor en importancia de toda la película. El filme dirigido por Joachim Rønning y Espen Sandberg prefiere delegar a un segundo plano la historia de persecución y venganza de Salazar para centrarse en las diatribas del joven Henry Turner, hijo del malogrado Will Turner, que busca con ahínco el Tridente de Poseidón para liberar a su padre de su condena como capitán del navío submarino Holandés Errante donde terminó en pasadas entregas. Encontrará por casualidad la inesperada ayuda de Carina Smith, una joven astrónoma que también busca el Tridente para cumplir con la voluntad de su desconocido padre. Por supuesto, el romance está sembrado desde el instante en que cruzan sus miradas.

Todas las tramas confluyen por el azar de los guionistas en la figura de Jack Sparrow, que se funde así con el mismo Tridente como McGuffing de una película más interesada en sorprender mediante la acumulación pirotécnica digital que en mostrar un mínimo de desarrollo argumental. Sparrow se despoja por completo de la astucia que desplegaba en las primeras entregas para desparramarse en el registro paródico, y el relato abandona por completo todo viso de verosimilitud histórica, planteando a la armada inglesa guillotinando piratas en el Caribe o presentando con descaro que los navegantes no sepan interpretar constelaciones.

Eso sí, han pasado catorce años desde el comienzo de la saga, por lo que no es de extrañar que muchos disfruten la película aunque sólo sea por el recuerdo de su más tierna infancia.

No hay comentarios en El pirata que cambió su brújula por una botella de ron

Personal Shopper: Gucci y Güija

Maureen es una joven estudiante que, durante su estancia en París, trabaja como Personal Shopper de una celebridad del mundo de la moda. Es decir, su labor consiste en ir…

Título original: Personal Shopper; Dirección y guión: Olivier Assayas; Fotografía: Yorick Lesaux; Reparto: Kristen Stewart, Lars Eidinger, Nora von Waldstätten, Anders Danielsen Lie, Pamela Betsy Cooper, Sigrid Bouaziz, David Bowles

Maureen es una joven estudiante que, durante su estancia en París, trabaja como Personal Shopper de una celebridad del mundo de la moda. Es decir, su labor consiste en ir de tienda de lujo en tienda de lujo en lugar de su representada y elegir para ella vestidos y complementos, experimentando de manera vicaria la sensación de ponerse diseños exclusivos de firmas inaccesibles para el común de los mortales y anhelando en su fuero interno poder lucir ella misma las joyas, vestidos y corsés que elige para la otra y que tiene taxativamente prohibidos. Y también quiere contactar con el fantasma de su hermano.

En efecto, Maureen, igual que su mellizo antes que ella, es médium. Tiene el don de poder entablar conexión con los espíritus y fantasmas que habitan en los antiguos caserones de la ciudad. Su hermano falleció de una dolencia cardiaca que ella también sufre y, quizá por eso, la joven pasa su duelo pernoctando en los lugares abandonados donde cree que puede encontrar el espíritu de aquél con la sencilla intención de despedirse. No obstante, su hermano le es esquivo y tan sólo parece encontrar fantasmas desagradables y peligrosos. Eso, o acosadores por mensajes.

Porque Maureen, casi sin quererlo, se ha visto de pronto envuelta en un juego arriesgado a través de su inseparable iPhone. Un desconocido, quién sabe si físico o ectoplásmico, no para de asediarla con mensajes controladores y obsesivos que poco a poco van subiendo la apuesta: ponte ese vestido, mándame una foto, ven a mi hotel… Una aventura al tiempo erótica y peligrosa que no sólo pone en peligro la relación que mantiene vía Skype con su novio, sino que además la llevará ante la policía cuando aparezca asesinada, como adelanta el trailer, la celebrity para quien trabaja.

Personal Shopper pretende conjugar tres argumentos enmarcados en tres géneros de difícil cohesión y con un único nexo común: la abúlica Kristen Stewart, que apenas sostiene la interpretación entre los tics impostados y el remedo de ella misma —cosa que, sin duda, hace estupendamente—. La cadencia lenta y el aspecto casi documental de la propuesta, unido a las calculadas elipsis, parecen querer enmascarar los agujeros del guion con la falsa excusa de la inteligencia del espectador. Se hace complicado empatizar con la protagonista, y más entender sus motivaciones, ya sean espirituales o terrenales.

No obstante, además de causar un entendible revuelo en Cannes, el filme de Assayas se desenvuelve con un trazo profesional para presentar una propuesta efectivamente diferente y profunda que pone sobre el tapete la superficialidad de la sociedad de consumo y sus influencers.

 

No hay comentarios en Personal Shopper: Gucci y Güija

Alien Covenant: experimento genético de predecible resultado

Después de resultar dañada en una tormenta espacial, los tripulantes de la nave colonizadora Covenant abandonan su sueño criogénico para encontrarse por azar con una canción de John Denver en…

Título original: Alien Covenant; Dirección: Ridley Scott; Guión: John Logan, Dante Harper, Jack Paglen, Michael Green; Música: Jed Kurzel; Fotografía: Dariusz Wolski; Reparto: Michael Fassbender, Katherine Waterston, Billy Crudup, Demián Bichir, Danny McBride, Carmen Ejogo, Jussie Smollett, Guy Pearce, Noomi Rapace, James Franco

Después de resultar dañada en una tormenta espacial, los tripulantes de la nave colonizadora Covenant abandonan su sueño criogénico para encontrarse por azar con una canción de John Denver en pleno espacio sideral. Alertados por lo inesperado del descubrimiento, deciden poner rumbo hacia un planeta que por gracia de los guionistas resulta que no aparecía en las cartas de navegación estelares.

Tras aterrizar y descubrir un hábitat perfectamente colonizable, hallan casi por casualidad dos elementos sorprendentes: por un lado, una nave estrellada en medio de la nada con vestigios de humanidad en su interior; por otro, una espora maligna que terminará por contaminarlos y hacerles enfermar. Por suerte, aparece de entre las sombras un rostro conocido que promete echarles un cable en sus pesares y que, sin embargo, se ve de lejos que calla más de lo que cuenta.

Covenant no es ni por asomo un filme perfecto, si bien la resolución y el acabado resultan de mucho mejor gusto estilístico y narrativo que el fiasco de su antecesor Prometheus. Sin entrar en demasiadas diatribas filosóficas y teológicas, esta nueva entrega de lo que parece que será un piélago de precuelas aporta toda la acción y auto-homenajes que no aportaba la entrega anterior. Eso sí, muy lejos todavía de la claustrofóbica inquietud que procuraba la película fundacional de la saga.

El xenomorfo original regresa, por fin, a la gran pantalla bajo la batuta de su director primigenio, y de la mano, eso sí, de una suerte de villano intergaláctico que parece aportar el nietzchiano ímpetu de quien trata de matar a su creador. De nuevo una protagonista femenina deberá hacer frente a la bestia en sus diversas formas, armada con una recortada y sin más ayuda que la de un esquivo androide. Y de nuevo, cómo no, el alien más discreto —a pesar de su tamaño—, se ocultará en los recovecos más oscuros de la nave de turno en el planeta que toque.

De nuevo una protagonista femenina deberá hacer frente a la bestia en sus diversas formas, armada con una recortada y sin más ayuda que la de un esquivo androide

El problema, no obstante, es que todo lo mencionado se resuelve en tan sólo diez o quince minutos. El resto del relato se sumerge en una suerte de deriva explicatoria que poco tiene que ver con la tónica habitual de la saga. Los instantes de reconocimiento y aceptación entre ambos androides, flauta de por medio, así como los vaivenes de ritmo derivados de un malvado que sobre-explica en cuanto puede sus más funestos planes, lastran un poco una propuesta que, a pesar de todo, parece pensada más como desagravio con los fans por el desaguisado de la última que con la pretensión de volver a hacer, como antaño, sencillamente buenas películas.

No hay comentarios en Alien Covenant: experimento genético de predecible resultado

You might also like...

Vengadores Infinity War: diamantes para la eternidad

Isla de perros: sofisticado estilo, magistral técnica, historia naive

Type on the field below and hit Enter/Return to search