NOSOPRANO

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Revista de crítica audiovisual, review de cine, series y libros

Tiempo al (Ministerio del) Tiempo

Parece que existe alguna norma escrita en algún lugar que indica que las emisiones de una televisión pública deben cotizar en audiencia. Por algún motivo que se me escapa, de…

Parece que existe alguna norma escrita en algún lugar que indica que las emisiones de una televisión pública deben cotizar en audiencia. Por algún motivo que se me escapa, de cara a los medios parecen jugar en la misma liga que los productos televisivos de las televisiones comerciales, esas que tienen que encontrar el equilibrio entre producir barato y llegar a muchos para vender cocacolas.

Mañana es muy probable que se compare el dato del episodio de hoy de El Ministerio del Tiempo con el de Supervivientes, como si fueran lo mismo, como si tuvieran la misma finalidad, y como si puestos en la parrilla se tratasen de productos equiparables, como las longanizas o los choricitos de la barbacoa del cuñado. Y es probable que algunos medios igualmente pongan en entredicho la viabilidad de la serie precisamente por el dato, dando por descontado que a TVE le interesaría mucho más producir un reality directo de cuatro horas en Honduras (la Lempira, moneda oficial de allí, está a 0,04 euros) que un producto que obliga en cada episodio a recrear una época distinta. Rentabilidad creo que lo llaman.

Obviamente, siguiendo esta lógica, el haber postergado la emisión hasta mediados de junio; el obligar al ya famoso parón veraniego —algo habitual, por otro lado, en otras mil ficciones—, y el lógico desconcierto que ha causado en el mapa de tramas eliminar a uno de los personajes principales no ayuda a la ficción en ese objetivo tan de televisión privada de los noventa de recabar shares y audímetros.

Parece que existe alguna norma escrita en algún lugar que indica que las emisiones de una televisión pública deben cotizar en audiencia

Pero no hay que culpar a los analistas. Al fin y al cabo conocen los precedentes de la cadena de todos y el miedo que parecen dar las estadísticas. El maltrato es tónica habitual de muchas de las series que financiamos con nuestro sudor e IRPF. Ni siquiera la sacrosanta Cuéntame ha estado exenta de duda —acuérdate de cuando Atresmedia pujaba por quedársela—, y en el caso de El Ministerio ha tenido que venir Netflix con su acento de gringo, con su guacamaya en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales —como diría García Márquez— y su saca de 190 países para llevársela a su VOD rescatarla. Curioso, cuanto menos, que precisamente quienes no fundamentan su negocio en la venta de publicidad sí que hayan decidido apostar por esta ficción. ¿Será por los premios? ¿Será por la calidad? ¿Será por el INCUESTIONABLE protagonismo femenino? Lo mismo incluso es por la audiencia, tú, que aunque no tenga medidas de Miss Mundo resulta que es educada, inteligente y de buen nicho.

Sea como fuere, esta noche ponemos un punto y seguido a la serie para retomarla en algún momento después del verano, ya sea en la tele de nuestros abuelos o en Netflix. Quedaremos a la espera.

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Wonder Woman no es mujer

Mucho se ha hablado y se ha escrito sobre la importancia que tiene el filme Wonder Woman, especialmente por el hecho de estar dirigido y protagonizado por mujeres y por…

Wonder Woman

Título original: Wonder Woman; Dirección:Patty Jenkins Guión: Allan Heinberg (Historia: Zack Snyder, Allan Heinberg, Jason Fuchs; Personajes: William M. Marston); Música: Rupert Gregson-Williams; Fotografía: Matthew Jensen; Reparto: Gal Gadot, Chris Pine, Robin Wright, Connie Nielsen, David Thewlis, Danny Huston, Elena Anaya

Mucho se ha hablado y se ha escrito sobre la importancia que tiene el filme Wonder Woman, especialmente por el hecho de estar dirigido y protagonizado por mujeres y por presentar un rol activo, protagónico y autosuficiente del género en la gran pantalla; algo cuya excepcionalidad, no cabe duda, ha sido y es una insoslayable injusticia. No obstante, en lo narrativo creo que la película no supone realmente ningún avance en este sentido más allá de mejorar la media del resto de producciones de la nueva hornada de la factoría DC —lo cual no era difícil—.

Ojo, no quiero decir con esto no sea loable que un filme de superhéroes se centre en una mujer y la muestre capaz, independiente y heroica; no quiero decir que no sea positivo que el rol de la mujer aparezca en la pantalla en un plano de igualdad —incluso superioridad— con respecto al hombre; ni quiero decir que no sean necesarios más papeles de mujeres protagonistas con este calado, éxito de taquilla y aceptación social. Todo esto me parece sin duda un enorme acierto, y sería digno de alabanza en la película. Pero me temo que no puedo reconocérselo por un motivo muy sencillo: Wonder Woman no es una mujer.

De hecho, no es siquiera una de las Amazonas con las que se ha criado. Wonder Woman es una semidiosa esculpida del barro y dotada de vida por Zeus para cumplir un determinado fin, y esto la sitúa en un rol diferenciado de todas las demás mortales —ya sean Amazonas o mujeres terrenales—, por encima de las que se posiciona de forma gravosa en el filme. La película, con guión de Allan Heinberg, parece que se esfuerza incluso en remarcar la diferencia contraponiendo a la heroína con las mujeres de verdad, siendo estas últimas apenas representadas por las víctimas de la guerra, la villana enmascarada o la desdibujada Etta Candy, personaje que carga sobre sus espaldas la única representación de su género con diálogo y que es más bien torpe, más bien cobarde y en todo caso doblegada a los designios de sus jefes varones.

Sentado en la sala me llegó a parecer el tema incluso insultante. Mientras que la villana es tildada abiertamente de «bruja» y es a la par temida y odiada por todos —incluidos sus secuaces—, la hercúlea protagonista causa admiración esquivando las balas en las trincheras sin más apero que su escudo —regalo de Zeus— y el atuendo de guerra de su pueblo que, según decidió un dibujante —varón— de cómics en los años cuarenta, consiste en una coraza-corsé palabra de honor con minifalda. El resto de soldados la miran embobados y se preguntan de dónde ha salido semejante criatura, como repudiando en el subtexto a todas las mujeres reales; como si la única mujer merecedora de su admiración, su respeto y camaradería —y de formar parte de la Liga de la Justicia— tuviera que ser, por lo menos, una diosa guerrera venida a la Tierra con el cuerpo de una concursante de Miss Universo.

En lo narrativo tampoco hay mucha mejoría. Wonder Woman viene al mundo con una misión y, simplemente, va caminando a cumplirla. Apenas se encuentra en su camino ningún obstáculo; apenas se tiene que enfrentar a ninguna decisión trascendental, y apenas se topa con nada que pueda retenerla toda vez que, como es sabido, es prácticamente invulnerable. El arco dramático de su personaje es plano como el horizonte: al terminar es exactamente la misma que al comenzar, sencillamente alguien que cree que hay bondad en el corazón de los hombres, y ya.

Mucho más interesante resulta la trama olvidada de su madre, la reina amazona Hippolyta, que sabe que su hija está predestinada a luchar contra el dios de la guerra para salvar a los hombres y no la quiere exponer a eso; más interesante resulta la trama del coprotagonista, espía durante la guerra que logra escapar in extremis para llevar un secreto a sus comandantes y que se ofrece para cumplir la misión que pondrá fin a la contienda, aun sabiendo que va a morir en ella; mucho más interesante resulta la trama de la general amazona Antiope, que adiestra a su sobrina en secreto en el combate a sabiendas de que su independencia y libertad dependerá en gran medida de ello…

Pese a todo, la película es correcta en su ejecución y su éxito es motivo de alegría. No sólo rompe el techo de cristal que condenaba a las féminas guerreras al fracaso taquillero, sino que además ha permitido sembrar un debate en las calles necesario. Y, oye, lo mismo a alguien le da por seguir la filmografía de la directora y descubre The Killing o Monster, mucho mejores que esta y con mucho más fundamento feminista.

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Baywatch: chulitos de playa

Llega un punto en la historia de algunas series de televisión en el que pasan a ser recordadas como auténticos iconos culturales y Hollywood no tiene más remedio que convertirlas…

Título original: Baywatch; Dirección: Seth Gordon Guión: Damian Shannon, Mark Swift (Historia: Jay Scherick, David Ronn, Thomas Lennon, Robert Ben Garant); Música: Christopher Lennertz; Fotografía: Eric Steelberg; Reparto: Dwayne “The Rock” Johnson, Zac Efron, Alexandra Daddario, Priyanka Chopra, Kelly Rohrbach, Ilfenesh Hadera

Llega un punto en la historia de algunas series de televisión en el que pasan a ser recordadas como auténticos iconos culturales y Hollywood no tiene más remedio que convertirlas en largometraje para loa de los fans y alegría de los contables. La última en someterse a tal canonización ha sido el clásico noventero Los Vigilantes de la Playa, serie que, parapetada en la premisa de que los socorristas de las arenas de Malibú tenían poco que envidiar a los agentes de las Fuerzas Especiales, versaba fundamentalmente en el lucimiento de palmito veraniego de sus protagonistas originales corriendo por la playa —hablamos de talentos interpretativos como Pamela Anderson, Carmen Electra, o el ya legendario David Hasselhoff—. Estuvo en antena más de una década y dio lugar a un spin-off y una TV Movie.

El remake que llega ahora a las salas, a pesar de criticar abiertamente el desparrame en lo sensual de la serie, le rinde fiel homenaje en esta faceta. Con una trama autoconsciente y paródica en la que los socorristas se encargan de dar al traste con una banda de narcotraficantes y asesinos; y una puesta en escena plagada de chistes escatológicos y bromas sexuales de deje infantil —que tienen, ciertamente, muy poca gracia—, el fundamento de la pieza se focaliza en el torneado busto de Zac Efron, fetiche adolescente de fans de High School Musical envejecido de forma prematura; los pectorales de Dwayne Johnson, hipermusculado habitual en sagas de acción que toma el rol de jefe de la patrulla; el escote de Kelly Rohrbach, modelo de bañadores para la revista Sports Illustrated; y las curvas de Alexandra Daddario, actriz de filmes de acción juveniles como la saga Percy Jackson reconvertida en reclamo erótico tras su paso por la serie True Detective.

La película es objetivamente mala. Sin embargo, hay que entenderla en su contexto paródico. Si bien el original televisivo se tomaba demasiado en serio a sí mismo, el filme es consciente de la papeleta y por eso plantea una comedia gamberra que estaría en la misma liga de los clásicos de Mel Brooks o las barrabasadas dirigidas a adolescentes como American Pie y sus secuelas, incluyendo gags absurdos —que en su inmensa mayoría incluyen penes en un sentido más o menos explícito—, y la metaficción autorreferencial tan aplaudida en otras obras como Deadpool: en efecto, no sólo Dwayne Johnson se dirige a Zac Efron en el filme con el apodo de «High School Musical», sino que además tienen su instante de gloria los cameos del propio David Hasselhoff y Pamela Anderson.

Eso sí, la promoción es bastante transparente: que nadie se espere un Shakespeare.

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La Momia: obsceno empacho digital

Tras varios milenios enterrado bajo el desierto de Mesopotamia, el sepulcro de la princesa egipcia Ahmanet vuelve a la superficie cuando el buscador de tesoros Nick Morton aprovecha la barbarie…

la momia

Título original: The Mummy; Dirección:Alex Kurtzman Guión: David Koepp, Christopher McQuarrie, Dylan Kussman (Historia: Jon Spaihts, Alex Kurtzman, Jenny Lumet); Música: Brian Tyler; Fotografía: Ben Seresin; Reparto: Tom Cruise, Russell Crowe, Annabelle Wallis, Sofia Boutella, Jake Johnson, Courtney B. Vance, Marwan Kenzari

Tras varios milenios enterrado bajo el desierto de Mesopotamia, el sepulcro de la princesa egipcia Ahmanet vuelve a la superficie cuando el buscador de tesoros Nick Morton aprovecha la barbarie de la guerra de Irak para recuperar piezas de incalculable valor. Sepultada en vida como castigo por su parricidio, la princesa, fruto de su pacto con el dios de la Muerte, vuelve a la vida con el fin de cumplir el último estadio del rito que estaba destinado a traer a éste a la vida. Para ello precisa de un receptáculo humano y ella ha puesto sus cuatro ojos en el hombre que la liberó de su cautiverio.

No obstante, una agrupación secreta de arqueólogos liderada por el misterioso Doctor Jekyll se interpondrá en su camino con el fin de impedir que el demonio termine completando su forma humana y, si es posible, que el personaje interpretado por Tom Cruise no muera en el trance —aunque, según se plantea el asunto, esto parece bastante complicado—.

Si bien se trata del enésimo remake de un clásico cinematográfico, esta nueva entrega de La Momia trae consigo otra novedad aparte de tener como villana a una mujer —algo que ya había sucedido en otras ocasiones, como en la versión de la Hammer de 1971—: se trata de la película inaugural de un nuevo «universo» cinematográfico de películas enlazadas al estilo de las sagas nacidas al amparo de Marvel, DC o Harry Potter. Lo curioso en esta ocasión es que el universo en sí probablemente hunda sus raíces más allá que cualquier otra saga comiquera o literaria, pues se trata precisamente del revival de los monstruos que popularizara los Estudios Universal en el primer tercio del siglo pasado.

El filme, sin embargo, se aleja de la calidad naive de sus precedentes. Embarullado por la sobredosis de CGI, el parco argumento es repetido y explicado una y otra vez de viva voz mientras que el protagonista —un Tom Cruise tan embalsamado digitalmente como su enemiga en la ficción— intenta aparentar a sus cincuenta y cuatro años los andares y diatribas amorosas de un treintañero. Resulta curioso, cuanto menos, ver a Russel Crowe —que es un par de años más joven— interpretando a alguien supuestamente mucho mayor que el protagonista en la ficción.

Sin embargo, a pesar de todo, no hay que olvidar la finalidad lúdica que motiva el filme y sus previsibles continuaciones. El tono cómico-aventurero de la premisa, así como los guiños a la saga anterior protagonizada por Brendan Fraser, harán que el público no sólo encuentre en la saga lo que está buscando sino que, además, pase un rato entretenido.

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Norman: vendedores de humo

Menciona el título original de la última película protagonizada por Richard Gere la figura del fixer, que podría traducirse por algo así como un conseguidor. El término apunta apenas cierto…

Título original: Norman: The Moderate Rise and Tragic Fall of a New York Fixer; Dirección y guión: Joseph Cedar; Música: Jun Miyake; Fotografía: Yaron Scharf; Reparto: Richard Gere, Lior Ashkenazi, Michael Sheen, Charlotte Gainsbourg, Dan Stevens,Steve Buscemi, Jonathan Avigdori, Yehuda Almagor, Caitlin O’Connell, Hank Azaria

Menciona el título original de la última película protagonizada por Richard Gere la figura del fixer, que podría traducirse por algo así como un conseguidor. El término apunta apenas cierto matiz despectivo que sin duda se pierde en la traducción. Charlatán, embustero, vendemotos… el léxico castellano es rico en voces que bien podrían subtitular de forma más precisa el filme y denotar la tragicomedia de su premisa: el ascenso y caída de un hombre que ha hecho del networking su forma de vida.

Como un parásito en las cañerías de la bienpensante y judía Gran Manzana, Norman Oppenheimer vive exclusivamente de lo que obtiene del trapicheo de favores a unos y a otros. El hecho de que realmente conozca a mucha menos gente de la que afirma conocer no supone para él ningún obstáculo que pueda impedirle acercarse al objetivo que se proponga y lograr, mediante su verborrea y sus mentiras, que termine firmando alguna compraventa que le reporte a él algún beneficio. Por ello, cuando se cruza en su radar un político más o menos bien posicionado del Estado de Israel, no duda en invertir los ahorros de su vida en regalarle unos zapatos de lujo en una tienda de la Quinta Avenida de Nueva York. El tiempo termina por revalorizar esa inversión cuando, tres años después, el político regresa a Nueva York convertido en el Primer Ministro que tiene en su mano nada menos que el tratado de paz más importante de Oriente Próximo. El problema es que, junto la creciente importancia de su víctima, aumenta también la exposición del castillo de naipes que Norman ha construido en torno a sí.

Con un guión inteligente y una narración rítmica, el filme escrito y dirigido por Joseph Cedar encuentra en la solvente interpretación de Richard Gere su mejor apoyo. Ayuda también una narración bien llevada en un montaje que juega a dividir la pantalla en encuadres imposibles, así como el aporte de secundarios de marcado registro como Michael Sheen, Charlotte Gainsbourg o Steve Buscemi.

Los problemas residen en un rebuscado final que parece querer plantear giro tras giro y que torna la bien llevada peripecia de los primeros actos en un disparate tan poco probable como injustamente fortuito y que bien podría resumirse en que la araña queda atrapada por su propia red.

Con todo, el tejemaneje del protagonista en sus múltiples encuentros y promesas hacen de la obra una pieza más que disfrutable, con toques de humor inteligente entre el drama y la comedia en una crítica voraz hacia el tráfico de influencias y la falsedad que termina pringando los negocios, la religión y la política.

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El pirata que cambió su brújula por una botella de ron

Cuando, abandonado por su tripulación y derrotado por el tiempo, el capitán Jack Sparrow intercambia su brújula por una botella de ron, desata sin saberlo su peor pesadilla. Salazar, un…

Título original: Pirates of the Caribbean: Dead Men Tell no Tales; Dirección: Joachim Rønning, Espen Sandberg; Guión: Jeff Nathanson (Personajes: Ted Elliott, Terry Rossio Stuart Beattie, Jay Wolpert); Música: Geoff Zanelli; Fotografía: Paul Cameron; Reparto: Johnny Depp, Javier Bardem, Brenton Thwaites, Kaya Scodelario, Geoffrey Rush,Orlando Bloom, Kevin McNally, Martin Klebba, Goran D. Kleut, Jessica Green, Paul McCartney,Keira Knightley

Cuando, abandonado por su tripulación y derrotado por el tiempo, el capitán Jack Sparrow intercambia su brújula por una botella de ron, desata sin saberlo su peor pesadilla. Salazar, un mítico cazador de piratas, es liberado del cautiverio sobrenatural donde fue capturado por el primero en su juventud y ahora busca vengarse a toda costa, engullendo a su paso cualquier nave que luzca la enseña de las cuatro tibias y la calavera. Esto pone en aprietos al capitán Barbosa, que comanda docenas de buques y se ha convertido en el terror de los mares. Apremiado por salvar su flota, negociará con el enemigo sobrenatural la cabeza de Sparrow con tal de ganar tiempo y poder conseguir el Tridente de Poseidón, legendario artefacto capaz de doblegar cualquier maldición marina.

Esta trama, resaltada como subtítulo de la quinta entrega de la saga y no carente de interés, resulta que es, sin embargo, la menor en importancia de toda la película. El filme dirigido por Joachim Rønning y Espen Sandberg prefiere delegar a un segundo plano la historia de persecución y venganza de Salazar para centrarse en las diatribas del joven Henry Turner, hijo del malogrado Will Turner, que busca con ahínco el Tridente de Poseidón para liberar a su padre de su condena como capitán del navío submarino Holandés Errante donde terminó en pasadas entregas. Encontrará por casualidad la inesperada ayuda de Carina Smith, una joven astrónoma que también busca el Tridente para cumplir con la voluntad de su desconocido padre. Por supuesto, el romance está sembrado desde el instante en que cruzan sus miradas.

Todas las tramas confluyen por el azar de los guionistas en la figura de Jack Sparrow, que se funde así con el mismo Tridente como McGuffing de una película más interesada en sorprender mediante la acumulación pirotécnica digital que en mostrar un mínimo de desarrollo argumental. Sparrow se despoja por completo de la astucia que desplegaba en las primeras entregas para desparramarse en el registro paródico, y el relato abandona por completo todo viso de verosimilitud histórica, planteando a la armada inglesa guillotinando piratas en el Caribe o presentando con descaro que los navegantes no sepan interpretar constelaciones.

Eso sí, han pasado catorce años desde el comienzo de la saga, por lo que no es de extrañar que muchos disfruten la película aunque sólo sea por el recuerdo de su más tierna infancia.

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Personal Shopper: Gucci y Güija

Maureen es una joven estudiante que, durante su estancia en París, trabaja como Personal Shopper de una celebridad del mundo de la moda. Es decir, su labor consiste en ir…

Título original: Personal Shopper; Dirección y guión: Olivier Assayas; Fotografía: Yorick Lesaux; Reparto: Kristen Stewart, Lars Eidinger, Nora von Waldstätten, Anders Danielsen Lie, Pamela Betsy Cooper, Sigrid Bouaziz, David Bowles

Maureen es una joven estudiante que, durante su estancia en París, trabaja como Personal Shopper de una celebridad del mundo de la moda. Es decir, su labor consiste en ir de tienda de lujo en tienda de lujo en lugar de su representada y elegir para ella vestidos y complementos, experimentando de manera vicaria la sensación de ponerse diseños exclusivos de firmas inaccesibles para el común de los mortales y anhelando en su fuero interno poder lucir ella misma las joyas, vestidos y corsés que elige para la otra y que tiene taxativamente prohibidos. Y también quiere contactar con el fantasma de su hermano.

En efecto, Maureen, igual que su mellizo antes que ella, es médium. Tiene el don de poder entablar conexión con los espíritus y fantasmas que habitan en los antiguos caserones de la ciudad. Su hermano falleció de una dolencia cardiaca que ella también sufre y, quizá por eso, la joven pasa su duelo pernoctando en los lugares abandonados donde cree que puede encontrar el espíritu de aquél con la sencilla intención de despedirse. No obstante, su hermano le es esquivo y tan sólo parece encontrar fantasmas desagradables y peligrosos. Eso, o acosadores por mensajes.

Porque Maureen, casi sin quererlo, se ha visto de pronto envuelta en un juego arriesgado a través de su inseparable iPhone. Un desconocido, quién sabe si físico o ectoplásmico, no para de asediarla con mensajes controladores y obsesivos que poco a poco van subiendo la apuesta: ponte ese vestido, mándame una foto, ven a mi hotel… Una aventura al tiempo erótica y peligrosa que no sólo pone en peligro la relación que mantiene vía Skype con su novio, sino que además la llevará ante la policía cuando aparezca asesinada, como adelanta el trailer, la celebrity para quien trabaja.

Personal Shopper pretende conjugar tres argumentos enmarcados en tres géneros de difícil cohesión y con un único nexo común: la abúlica Kristen Stewart, que apenas sostiene la interpretación entre los tics impostados y el remedo de ella misma —cosa que, sin duda, hace estupendamente—. La cadencia lenta y el aspecto casi documental de la propuesta, unido a las calculadas elipsis, parecen querer enmascarar los agujeros del guion con la falsa excusa de la inteligencia del espectador. Se hace complicado empatizar con la protagonista, y más entender sus motivaciones, ya sean espirituales o terrenales.

No obstante, además de causar un entendible revuelo en Cannes, el filme de Assayas se desenvuelve con un trazo profesional para presentar una propuesta efectivamente diferente y profunda que pone sobre el tapete la superficialidad de la sociedad de consumo y sus influencers.

 

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Alien Covenant: experimento genético de predecible resultado

Después de resultar dañada en una tormenta espacial, los tripulantes de la nave colonizadora Covenant abandonan su sueño criogénico para encontrarse por azar con una canción de John Denver en…

Título original: Alien Covenant; Dirección: Ridley Scott; Guión: John Logan, Dante Harper, Jack Paglen, Michael Green; Música: Jed Kurzel; Fotografía: Dariusz Wolski; Reparto: Michael Fassbender, Katherine Waterston, Billy Crudup, Demián Bichir, Danny McBride, Carmen Ejogo, Jussie Smollett, Guy Pearce, Noomi Rapace, James Franco

Después de resultar dañada en una tormenta espacial, los tripulantes de la nave colonizadora Covenant abandonan su sueño criogénico para encontrarse por azar con una canción de John Denver en pleno espacio sideral. Alertados por lo inesperado del descubrimiento, deciden poner rumbo hacia un planeta que por gracia de los guionistas resulta que no aparecía en las cartas de navegación estelares.

Tras aterrizar y descubrir un hábitat perfectamente colonizable, hallan casi por casualidad dos elementos sorprendentes: por un lado, una nave estrellada en medio de la nada con vestigios de humanidad en su interior; por otro, una espora maligna que terminará por contaminarlos y hacerles enfermar. Por suerte, aparece de entre las sombras un rostro conocido que promete echarles un cable en sus pesares y que, sin embargo, se ve de lejos que calla más de lo que cuenta.

Covenant no es ni por asomo un filme perfecto, si bien la resolución y el acabado resultan de mucho mejor gusto estilístico y narrativo que el fiasco de su antecesor Prometheus. Sin entrar en demasiadas diatribas filosóficas y teológicas, esta nueva entrega de lo que parece que será un piélago de precuelas aporta toda la acción y auto-homenajes que no aportaba la entrega anterior. Eso sí, muy lejos todavía de la claustrofóbica inquietud que procuraba la película fundacional de la saga.

El xenomorfo original regresa, por fin, a la gran pantalla bajo la batuta de su director primigenio, y de la mano, eso sí, de una suerte de villano intergaláctico que parece aportar el nietzchiano ímpetu de quien trata de matar a su creador. De nuevo una protagonista femenina deberá hacer frente a la bestia en sus diversas formas, armada con una recortada y sin más ayuda que la de un esquivo androide. Y de nuevo, cómo no, el alien más discreto —a pesar de su tamaño—, se ocultará en los recovecos más oscuros de la nave de turno en el planeta que toque.

De nuevo una protagonista femenina deberá hacer frente a la bestia en sus diversas formas, armada con una recortada y sin más ayuda que la de un esquivo androide

El problema, no obstante, es que todo lo mencionado se resuelve en tan sólo diez o quince minutos. El resto del relato se sumerge en una suerte de deriva explicatoria que poco tiene que ver con la tónica habitual de la saga. Los instantes de reconocimiento y aceptación entre ambos androides, flauta de por medio, así como los vaivenes de ritmo derivados de un malvado que sobre-explica en cuanto puede sus más funestos planes, lastran un poco una propuesta que, a pesar de todo, parece pensada más como desagravio con los fans por el desaguisado de la última que con la pretensión de volver a hacer, como antaño, sencillamente buenas películas.

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Z. La ciudad perdida: un relato de aventuras «a la antigua»

Acuciado por su falta de condecoraciones y por limpiar el buen nombre de su familia, el joven comandante Percival Fawcett abandona a su mujer e hijo recién nacido para embarcarse…

The Lost City of Z

Título original: The lost city of Z; Dirección y guión: James Gray, (basado en el libro de David Grann); Música: Christopher Spelman; Fotografía: Darius Khondji; Reparto: Charlie Hunnam, Robert Pattinson, Sienna Miller, Tom Holland, Edward Ashley

Acuciado por su falta de condecoraciones y por limpiar el buen nombre de su familia, el joven comandante Percival Fawcett abandona a su mujer e hijo recién nacido para embarcarse en un encargo que, en apariencia, no tiene ni toda la épica ni todo el reconocimiento que él ansía: trazar un mapa de la frontera entre Bolivia y Brasil a comienzos del siglo XX, en pleno declive de la época victoriana.

A lo largo de su misión, no obstante, gracias al contacto con los indígenas del lugar, empieza a creer en la existencia de una ciudad perdida en el corazón de la selva y que, supuestamente, habría estado habitada por una sociedad avanzada. El contacto con manuscritos que mencionan ciudades de oro y el hallazgo de algunas piezas de alfarería en el nacimiento de un río amazónico inexplorado sembrarán en él la obsesión por encontrar tan esquivo lugar.

Convencido de su teoría, logra regresar a la selva en una segunda expedición, esta vez mejor preparado y predispuesto, no ya a explorar una región recóndita, sino a descubrir la ciudad de sus desvelos que él mismo bautiza con el nombre de Z, por ser, en su opinión, «la última pieza del puzzle de la Humanidad». No obstante, la cerrazón de algunos de sus colaboradores, que no aprueban su familiaridad con los indígenas caníbales; los problemas conyugales en un hogar que tiene prácticamente en el abandono en la lejana Inglaterra, y la irrupción de la Primera Guerra Mundial darán al traste con su objetivo.

No será hasta después de la contienda, ya cincuentón y en compañía de su hijo, cuando emprenda la que históricamente sería su última incursión en la selva en dirección a la supuesta ciudad perdida.

Con un trabajo elogiable tanto en fotografía como en producción, el filme narra el perfil biográfico del histórico explorador con detallismo y precisión, dejando espacio para trazar la aventura desde las diversas perspectivas de aquellos a quienes atañe: el padre ausente, la madre, el hijo…

La película se mueve en una tesitura inusual que recuerda el trazo de los antiguos relatos de aventuras

Sin embargo, quizá el origen literario de la fórmula y el hecho de que el director firme también el texto, lastran en suma gran parte del potencial que presenta el relato. La historia se vuelve por momentos monótona, lenta y hasta vacía de ritmo, con diversos instantes del todo injustificados y vaivenes dramáticos en unos personajes que probablemente no hayan encontrado en el protagonista de Sons of Anarchy a su mejor percha.

A pesar de todo, la película se mueve en una tesitura inusual que recuerda el trazo de los antiguos relatos de aventuras, por completo ajeno a la actual fórmula comercial y más centrado en una narración madura y sosegada. Eso sí, tal vez demasiado.

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Guardians of the Galaxy Vol 2: Padres e hijos

Después de birlar un mcguffin, la cuadrilla formada por Peter Quill / Star-Lord se ve obligada a escapar a toda prisa del ataque de una altiva raza de dorados sujetos…

Título original: Guardians of the Galaxy Vol. 2 (2017); Dirección y guión: James Gunn, (personajes de Dan Abnett y Andy Lanning); Música: Tyler Bates; Fotografía: Henry Braham; Reparto: Chris Pratt, Zoe Saldana, Dave Bautista, Bradley Cooper, Vin Diesel, Kurt Russell,Michael Rooker, Karen Gillan, Elizabeth Debicki, Tommy Flanagan, Sean Gunn, Pom Klementieff, Chris Sullivan, Sylvester Stallone

Después de birlar un mcguffin, la cuadrilla formada por Peter Quill / Star-Lord se ve obligada a escapar a toda prisa del ataque de una altiva raza de dorados sujetos estrellando su nave en el primer planeta que se encuentran en su camino. Todo les va mal pero, no obstante, como caído del cielo aparece un personaje en el momento adecuado que les salva y les cataliza, como en las buenas historias, hacia una deriva que por supuesto hace levantar una ceja a los espectadores resabidos. No es otro que Kurt Russell, reconvertido en padre del protagonista y a quien de hecho ya hemos visto en el prólogo, rejuvenecido digitalmente, sembrando flores por el universo. Trasladados al planeta de diseño de este recién llegado, los protagonistas se encontrarán con nuevos peligros mientras los ofendidos alienígenas dorados contratan para que les den caza a los peores saqueadores de la galaxia.

Resulta llamativo como la segunda entrega de Guardianes de la Galaxia logra entremezclar prácticamente una historia individual para cada miembro del reparto. Mientras Peter Quill lleva adelante la trama paterno-filial y su conflicto interior; su compañera/amada Gamora tendrá que solventar la rivalidad que mantiene con su hermana Nébula y que las trae de pelea mortal en pelea mortal; el malvado Yondu deberá hacer frente al motín que lleva a cabo su tripulación cuando se le empiezan a notar sus demonios interiores; Drax encontrará a alguien que quizá le recuerde a su hija perdida, y el deslenguado Rocket tratará de escapar una y otra vez para demostrarle al mundo y a sí mismo que es mucho más que un mapache.

No obstante, todo este cruce de arcos dramáticos se ve eclipsado por el insospechado encanto del pequeño Groot, el esqueje-bebé que se verá envuelto en todas las escenas de acción y que terminará sencillamente robando tanto el protagonismo como la atención de la cámara, que sin duda prefiere centrarse en sus gracietas que en las tediosas batallas interestelares de siempre.

Aunque cumple a la perfección su función como película de acción con toques de humor gamberro, lo cierto es que el filme cae un poco en el exceso de explicación, decayendo irremisiblemente el ritmo a lo largo del segundo tramo, cuando uno tras otro los personajes entonan a viva voz el conflicto profundo que les mueve y lastrando cualquier atisbo de suspense en el relato salvo el de la historia que termina por redimir al truhán de Yondu, que es, aunque moralmente, el auténtico protagonista de la película.

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El código pirata

La segunda entrega de la saga protagonizada por el impávido pistolero John Wick comienza con las imágenes del clásico de Buster Keaton El moderno Sherlock Holmes (1924). No son pocos…

Título original John Wick: Chapter Two; Dirección: Chad Stahelski; Guión: Derek Kolstad; Música: Tyler Bates, Joel J. Richard; Fotografía: Dan Laustsen; Reparto: Keanu Reeves, Riccardo Scamarcio, Bridget Moynahan, Ruby Rose, Peter Stormare, Ian McShane, Common, Alex Ziwak, Margaret Daly,Heidi Moneymaker, Laurence Fishburne

La segunda entrega de la saga protagonizada por el impávido pistolero John Wick comienza con las imágenes del clásico de Buster Keaton El moderno Sherlock Holmes (1924). No son pocos los que han querido ver en esa cita toda una declaración de intenciones en cuanto al tono y pretensiones de la pieza, más cercana al despiporre audiovisual y al espectáculo sanguinolento gratuito que al enfoque más dramático que se podía apreciar en la historia de venganza de la primera, cuando se alternaba matanza tras matanza con planos aéreos de las calles de Nueva York bullendo en rojo carmesí.

Esta entrega arranca donde terminaba la anterior. Nada más acabar de solucionar todos los flecos que quedaron colgados de la primera entrega, el asesino profesional John Wick solo desea regresar a la tranquilidad de su casa con su perro y su coche. No obstante, apenas una noche de descanso tras su regreso, un nuevo problema se presenta ante su umbral. Nada menos que uno de los principales capos de la camorra llama a su puerta exigiéndole el pago de una deuda pendiente. Deuda que se manifiesta como un encargo que, en todo caso, tanto si lo lleva a la práctica como si no, no puede acarrearle más que problemas.

El filme cuenta entre sus grandes virtudes, además de traer los deberes hechos de la pieza precedente, la capacidad de recrear todo un universo ficticio en torno al que parece un clandestino y aristocrático gremio de criminales y asesinos que, como los piratas Henry Morgan y Bartholomew Roberts, siguen un particular y bastante estricto código de honor.

Sin embargo, las estridencias visuales no ayudan a mantener una dinámica que por instantes se transfigura en una suerte de película de James Bond sacada de un cómic. John Wick, antes de emprender sus encargos de asesinato, se compra un par de trajes de corte italiano y tejido antibalas —no anti-cuchillos, ojo—; «cata» dos o tres pistolas con el «sumiller» correspondiente; y se enfrenta a decenas de hombres de goma que esperan gentilmente en la posición adecuada para que el inexpresivo Keanu Reeves les meta un tiro a dos palmos de la cara después de dar tres volteretas. Algunos instantes rozan tanto el ridículo —el duelo «de tapadillo» en el metro…— que la única manera de entenderlos es desde la perspectiva de la comedia y el humor negro.

Aunque carente de la diégesis de la primera, que sabía plantear la presentación del protagonista desde el suspense, esta entrega hará de nuevo las delicias de los fans del género de patadas, puñetazos y artes marciales a pesar de alejarse del drama sanguinario que promete para dar un divertimento más visceral que profundo.

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Negación: refutar la verdad

En septiembre de 1996, la historiadora norteamericana Deborah Lipstadt fue demandada por libelo en Reino Unido por el también historiador David Irving. El motivo fue que, en su libro Negando…

Título original Denial; Dirección: Mick Jackson; Guión: David Hare (Libro: Deborah Lipstadt); Música: Howard Shore; Fotografía: Haris Zambarloukos; Reparto: Rachel Weisz, Tom Wilkinson, Timothy Spall, Andrew Scott, Caren Pistorius,Alex Jennings, Jack Lowden, Will Attenborough

En septiembre de 1996, la historiadora norteamericana Deborah Lipstadt fue demandada por libelo en Reino Unido por el también historiador David Irving. El motivo fue que, en su libro Negando el Holocausto, la historiadora afirmaba que Irving había ignorado, manipulado y distorsionado documentos históricos con el fin de negar que el genocidio de millones de personas durante el régimen nazi hubiera tenido realmente lugar, además de llamarle antisemita. Irving era conocido por sus charlas en grupos neonazis como un acérrimo defensor de que en Auschwitz no se gasearon judíos, o que Hitler no estaba realmente al corriente de ello, basando sus palabras en investigaciones pseudocientíficas o de dudosa fiabilidad, como el peritaje Leuchter, que encontró menos trazas de cianuro en las paredes de las ruinas de la cámara de gas de Auschwitz que en las paredes del cuarto donde desinsectaban la ropa —lógico, por otra parte, pues, además de llevar décadas a la intemperie, resulta que para matar a un piojo hace falta una exposición al veneno muy superior y más prolongada que para matar a un ser humano—.

Si bien la acusación podía tener poco recorrido en cualquiera de los casos, Irving trató de valerse de una particularidad del sistema judicial británico que jugaba en su favor: en las demandas por difamación en Reino Unido, corresponde al demandado demostrar su inocencia. Es decir, era la propia acusada Lipstadt quien tenía que probar que, en efecto, el historiador había manipulado los datos para negar un genocidio que en efecto existió.

El filme dirigido por Mick Jackson traza el recorrido de la demanda desde el momento en que el personaje de Irving, interpretado por un demasiado envejecido Timothy Spall, revienta una de las charlas de la profesora ofreciendo mil dólares a quien fuera capaz de aportarle una prueba empírica de que en Auschwitz se gasearon judíos, hasta el momento en que el juez dicta una sentencia de más de trescientas páginas dando la razón a la autora y condenando a Irving al descrédito académico.

El filme termina por olvidarse de los personajes más interesantes del relato, como por ejemplo la abogada novata que realiza en off la verdadera investigación

Con especial énfasis en la figura del malencarado abogado defensor, y haciendo hincapié en los enfados de la protagonista, a la que no permiten ni declarar ni llamar al estrado a los supervivientes del Holocausto —el juicio se basó en exclusiva sobre pruebas periciales, no contó con ningún testimonio—, termina por olvidarse de los personajes más interesantes del relato, como por ejemplo la abogada novata que realiza en off la verdadera investigación.

La sobre-explicación de diversas escenas, y el marcado y buscado simbolismo de otras, lastran interpretaciones que, pese a todo, están bien llevadas por parte del elenco principal.

Filme interesante para los amantes de los procesos judiciales.

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Kong, la isla de la calavera: mejor malo conocido

King Kong, la película de 1933, es uno de esos filmes tan icónicos e inmortales que sigue siendo capaz de sobrevivirle a todos los remedos contemporáneos, ya estén protagonizados por…

Kong Skull Island, King Kong

Título original: Kong Skull Island; Dirección: Jordan Vogt-Roberts; Guión: Dan Gilroy, Max Borenstein, Derek Connolly (Historia: John Gatins); Música: Henry Jackman; Fotografía: Larry Fong; Reparto: Tom Hiddleston, Brie Larson, Samuel L. Jackson, John Goodman; Género: Bélico

King Kong, la película de 1933, es uno de esos filmes tan icónicos e inmortales que sigue siendo capaz de sobrevivirle a todos los remedos contemporáneos, ya estén protagonizados por los desnudos de Jessica Lange en los setenta o por el gesto contenido de Naomi Watts en 2005. En esta ocasión, quizá para desvincularse de sus precedentes y alejarse lo más posibles del resto de historias de simios que cada dos o tres años llegan a las carteleras del planeta, se nos presenta una película que no sólo no rinde pleitesía a su originaria sino que además no la respeta en absoluto. Ni la chica es el reclamo erótico ni el mono trepa rascacielos.

Apenas terminada la intervención estadounidense en la guerra de Vietnam, un grupo de científicos logra el beneplácito de las autoridades para desarrollar una investigación en una isla aparentemente desconocida del océano Pacífico. Según se narra, un ciclón perpetuo ha protegido el lugar de ojos curiosos durante siglos. Comenzada la expedición, a nadie parece extrañarle, en principio, que el director del proyecto solicite apoyo militar, pero lo cierto es que él ya sabe por anteriores experiencias lo que se van a encontrar allí: insectos gigantes, animales extintos y un simio de cuarenta pisos de altura custodiando todo el lugar.

El filme, no obstante, abandona rápidamente su premisa inicial (dar a conocer al monstruo) para centrarse en un particular duelo de egos entre el Coronel Packard, interpretado por Samuel L. Jackson, y el desproporcionado gorila que se ha convertido de la noche a la mañana en la obsesión vital del militar. Mientras tanto, el resto de la expedición, que se ha dispersado a causa de los manotazos del simio, termina hallando a un curioso mentor que se encarga de explicarles todas las reglas del juego de viva voz.

Con una factura visual interesante, por atrevida y postmoderna —y que no niega el constante homenaje a Apocalypse Now—, el fondo de la historia parece querer sugerir una lectura un tanto maniquea: los monstruos que nos protegen de otros monstruos son tolerables. Kong, que es el ominoso monarca de la isla a quien temen y adoran cual dios sus únicos habitantes, resulta ser también el único capaz de mantener a raya a una especie rival de lagartos de dos patas. No se dice, pero se sugiere la lectura política: si Kong desaparece, nada detendrá a los reptiles en su ascenso a la superficie.

Con todo, se trata de un filme de acción dinámico y rítmico que se deja disfrutar y que sabe alternar instantes de puro homenaje visual con una estética en ocasiones videoclipera y momentos de brillante ejecución. Lástima que la historia sea, en el fondo, tan convencional.

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Arrival: incomunicados

Referida a la capacidad del cine para transmitir ideas simbólicas y metáforas profundas, normalmente se atribuye a Frank Capra la frase «si quieres mandar un mensaje, prueba con Western Union»….

Dirección: Denis Villeneuve; Guión: Eric Heisserer (Relato: Ted Chiang); Música: Jóhann Jóhannsson; Fotografía: Bradford Young; Reparto: Amy Adams, Jeremy Renner, Forest Whitaker, Michael Stuhlbarg, Mark O’Brien, Nathaly Thibault

Referida a la capacidad del cine para transmitir ideas simbólicas y metáforas profundas, normalmente se atribuye a Frank Capra la frase «si quieres mandar un mensaje, prueba con Western Union». No es que el medio no sea proclive a la disertación o el ensayo, es que cuando la finalidad lírica del asunto se hace de manera evidente, resulta a menudo chocante. En este sentido, el filme Arrival mezcla con buena praxis diferentes temas con una finalidad tan dogmática como tramposa.

Cuando diversas naves extraterrestres aparecen sobre la superficie de La Tierra en distintos continentes, los Estados Unidos recurren a una experta lingüista para que trate de establecer contacto con los alienígenas. No obstante, el resto de naciones no tienen pretensiones tan comunicativas. La falta de cohesión entre los pueblos terrícolas supondrá el principal obstáculo a la hora de afrontar una visita interestelar que no deja claro, de entrada, si es o no bienintencionada.

El filme, dirigido con trazo firme por un Denis Villeneuve inspirado, tiene en la sólida interpretación de Amy Adams su principal punto fuerte. No cabe duda de que la película, tanto por su ritmo como por su acercamiento a la tesis que plantea, recupera el tono grandilocuente que ya diera a la ciencia ficción los trabajos de Spielberg y otros allá por los ochenta —o antes—. Y, sinceramente, el filme se deja degustar con el buqué de los buenos vinos, muy lejos de la tónica últimamente habitual del género en sus propuestas, tanto las de franquicias de rápido consumo como las de operísticas resonancias interestelares.

El problema reside en la trampa, por supuesto. Para quien no haya visto el filme digamos sencillamente que el juego audiovisual tontea con la recepción por parte del espectador del relato.

Para quienes la hayan visto ya, aquí el spoiler: sencillamente, el filme juega a engañar al respetable con el antes y el después, trastocando las normas espaciotemporales que se plantean al comienzo para lograr sus pretensiones moralistas. ¡Sorpresa! El flashback es lo contrario, y Amy Adams es capaz de solucionar los problemas del presente gracias a lo que le dicen en sus ensoñaciones en el futuro. Sí. La paradoja como resolución. Y qué mal que los humanos no nos entendamos mejor, y qué coraje ella que decide tener a su hija aun conociendo el porvenir…

Sin embargo, a pesar de lo moralista del tema y lo grandilocuente y tramposo del relato, el filme está a años luz —nunca mejor dicho— de lo habitual en este palo. Y quizá sólo por eso ya merezca una loable mención en el Panteón de las buenas películas.

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El Guardián Invisible: la mujer detective

Aunque la narración de El Guardián Invisible se hace fluida y la producción se manifiesta cuidada y potente, la película presenta dos problemas fundamentales: el atropello y la literalidad.

El Guardián Invisible

Título original: El Guardián Invisible; Dirección: Fernando González Molina; Guión: Luiso Berdejo (Novela: Dolores Redondo); Música: Fernando Velázquez; Fotografía: Flavio Martínez Labiano; Reparto: Marta Etura, Elvira Mínguez, Francesc Orella, Itziar Aizpuru, Carlos Librado, Miquel Fernández, Pedro Casablanc; Género: Thriller

Quizá fuera El silencio de los corderos, con permiso de Fargo, la película que retomó para el gran público la tradición literaria de la mujer detective; de la tenaz investigadora encargada de resolver y ajusticiar unos crímenes que, quizá demasiado a menudo, tenían a la mujer también como víctima. El filme de Jonathan Demme, estrenado en 1991, sentó lo que podrían definirse como los ingredientes básicos del género: el mentor, el trauma infantil y, sobre todo, el conflicto eterno de quien quiere ser respetada en un mundo de hombres. El Guardián Invisible, filme basado en el éxito literario de Dolores Redondo, los respeta todos.

Amaia Salazar es una joven y experimentada inspectora de la Policía Foral de Navarra que lleva una vida más o menos tranquila junto a su marido, con quien está intentando tener hijos. Su último caso, no obstante, requiere toda su atención: en la vereda del río Baztán comienzan a aparecer estranguladas adolescentes de los pueblos de la comarca, y todo apunta a que se trata de la actuación de un asesino en serie. Por si la complejidad de la investigación no fuera suficiente, Salazar tendrá que hacer frente también a sus traumas del pasado cuando las pesquisas la lleven de vuelta al pueblo de su infancia y empiecen a salpicar a sus familiares más directos.

Aunque la narración se hace fluida y la producción del filme se manifiesta cuidada y potente, la película presenta fundamentalmente dos problemas narrativos: el atropello y la literalidad.

No hay duda de que la labor de adaptar uno de los mayores éxitos literarios de los últimos años se antoja compleja y delicada. Quizá por ello, tanto el texto de Luiso Berdejo como la realización de González Molina caen en algunos instantes en un ritmo atropellado y un tanto difícil de seguir para quienes no conocen la obra de Dolores Redondo. Asesinatos previos que apenas se mencionan de pasada; testigos encarcelados que no se terminan de ubicar en el relato, personajes que irrumpen en escena a voz en grito por las calles del pueblo…

Igualmente, en algunos instante la naturalidad de la narración queda un tanto en entredicho. Los personajes elaboran unas construcciones gramaticales tan complejas y literarias que casi parecen estar recitando diálogos de las páginas del libro que, sin duda, no suenan tan artificiosos cuando son leídos.

Pese a estos detalles, el El Guardián Invisible teje con acierto una historia de suspense en diferentes capas que logra con éxito llevar al espectador en un in crescendo dramático que sabe además jugar con el misterioso encanto del bosque y la mitología vasco-navarra.

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Un golpe con estilo: atraco geriátrico

Este remake, que maneja con gracia diversas ocurrencias a menudo apoyadas en el incuestionable talento interpretativo de su plantel, rescata chistes pasados de moda —como el de los ancianos fumando marihuana…—, y eleva a la parodia a todos los villanos de la contienda.

Título original Going in Style; Dirección: Zach Braff; Guión: Theodore Melfi; Música: Rob Simonsen; Fotografía: Rodney Charters; Reparto: Michael Caine, Morgan Freeman, Alan Arkin, Joey King, Matt Dillon, Ann-Margret,Maria Dizzia

Cuando se quedan sin su pensión, tres jubilados neoyorquinos traman la manera de, por un lado, vengarse de aquellos que con poca deontología asfixian sus cuentas, y de alcanzar, por el otro, el nivel económico que sus más de treinta años cotizados como trabajadores en la misma factoría les merecen. Para ello, no tienen mejor idea que atracar el banco donde todos ellos tuvieron sus nóminas, eso sí, sin llevarse más que la cuantía correspondiente a las pensiones que les quitaron. El problema, como resulta obvio, es que todos superan los setenta años y sus achaques son más que evidentes.

Aparte de los elementos propios del filme, si algo sorprende de Un golpe con estilo es que, a pesar de los casi cuarenta años de diferencia, esta película y su antecesora hayan surgido en procesos cuanto menos parecidos en lo político y social. En efecto, la versión original de la que esta es remake se estrenó —sin que llegara a las salas españolas— en 1979, con George Burns, Art Carney y el conocido Lee Strasberg en los papeles protagonistas. Es decir, el filme se proyectó justo en pleno periodo entre crisis petrolíferas varias y justo antes del triunfo de la corriente republicana en las elecciones estadounidenses que encumbraron a un viejo conocido de las pantallas.

Salvando las distancias, lo cierto es que el regusto crítico que deja el filme podría muy bien servir como compendio explicativo del triunfo electoral de Donald Trump entre la clase trabajadora: la desconfianza hacia los bancos y los políticos; la pérdida de las pensiones por culpa de la deslocalización de la antigua empresa hacia un país extranjero; la carta roja anunciando el inminente desahucio…

No obstante, el punto de actualidad no asegura un buen resultado. Tras un comienzo perfectamente hilvanado y una presentación de personajes suficiente para el conflicto, el filme se ahoga en un lento desarrollo para luego retomar el ritmo en la etapa final, concretamente después del robo, cuando los ancianos deberán procurarse una coartada convincente.

Sin embargo, este remake, que maneja con gracia diversas ocurrencias a menudo apoyadas en el incuestionable talento interpretativo de su plantel, rescata chistes pasados de moda —como el de los ancianos fumando marihuana…—, y eleva a la parodia a todos los villanos de la contienda, desde los banqueros hasta el propio policía encargado del caso, un esquivo y desafectado Matt Dylon.

Pese a todo, no deja de resultar positivo encontrar en la gran pantalla a actores del talento interpretativo de los que juegan en esta partida, y verlos planificar y ejecutar un robo de semejante envergadura a sus edades, independientemente de lo bien llevado del guion, se antoja de interés.

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Es por tu bien: los supercuñados

El gag visual se sobrepone a los chistes de diálogo, desencadenando en ocasiones auténtica comedia de situación que encuentra en las dotes interpretativas, tanto las de ellas como las de ellos, el gran soporte para su desempeño.

es por tu bien

Título original Es por tu bien Dirección: Carlos Theron Guión: Manuel Burque, Josep Gatell Música: Javier Rodero Fotografía: Miguel P. Gilaberte Reparto: José Coronado, Javier Cámara, Roberto Álamo, Pilar Castro, Carmen Ruiz, Silvia Alonso, Georgina Amorós, Andrea Ros, Miki Esparbé, María Pujalte Género: Comedia

Forjado en las trincheras de la comedia televisiva, el director Carlos Theron (Olmos y Robles, Los Hombres de Paco, El chiringuito de Pepe…) lleva a la gran pantalla un texto de los guionistas Manuel Burque y Josep Gatell cargado de sátira actual, humor gamberro y una historia con un trasfondo llamado a tocar el corazón de su público.

Arturo, Poli y Chus son tres cuñados y padres de familia que, de la noche a la mañana, descubren que sus pequeñas ya no lo son tanto. Sus tres hijas se han echado tres novios totalmente inapropiados según su sobreprotectora opinión. Por ello, entre los tres deciden urdir un plan para librarse de los muchachos y devolver «el orden» a sus hogares, siempre pensando en lo que ellos consideran que es lo mejor para sus primogénitas. Pero no son conscientes de que su estratagema no va a hacer sino poner de manifiesto lo obvio: muy a su pesar, ellas han tomado el control de sus vidas.

Comedia de enredos familiares, el gran acierto de la premisa reside en manejar con soltura todos los recursos del lenguaje cinematográfico en una puesta en escena en absoluto televisiva y finamente hilada, así como en sacar comedia de enfrentar, en el grupo masculino, a los polos más opuestos posibles mientras el sector femenino —tanto las hijas como las esposas— asiste con sorpresa al devenir de los acontecimientos.

El gag visual se sobrepone a los chistes de diálogo, desencadenando en ocasiones auténtica comedia de situación que encuentra en las dotes interpretativas, tanto las de ellas como las de ellos, el gran soporte para su desempeño. El trío encabezado por José Coronado parece sentirse cómodo en los zapatos del grupo de «Supercuñados», logrando un buen equilibrio entre el realismo de la propuesta y el histrionismo de una comedia gamberra que parece emparentada con las obras de Ben Stiller relacionadas también con el duelo yerno-suegro.

Los problemas residen, no obstante, en un predecible final, quizá demasiado almibarado y demasiado conservador para un filme que ha venido jugando con situaciones que rozan lo descabellado y que, sin duda, podría haberse arriesgado más en función del público al que va dirigido. Igualmente, el uso y quizá abuso de los clichés a menudo juega a la contra del relato, proponiendo unos arquetipos tan socorridos como desdibujados, especialmente en el caso de los pretendientes.

Con todo y con eso, se trata de una propuesta bastante recomendable. Hay momentos de auténtica comedia visual que no cae en la parodia ni la exageración histriónica o zafia, tan común, por otra parte, en otras muchas comedias de este palo.

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Ghost in the Shell: El moderno Prometeo

Poco queda en la versión actual de las diatribas en cuanto a los problemas de identidad social y heterotopias del clásico, y mucho menos de los conceptos de alma y memoria, mente y máquina que plantea la narración original.

Ghost in the shell

Título original Ghost in the Shell; Dirección: Rupert Sanders; Guión: William Wheeler (Manga: Masamune Shirow); Música: Clint Mansell; Fotografía: Jess Hall; Reparto: Scarlett Johansson, Pilou Asbæk, Juliette Binoche, Michael Pitt, Takeshi Kitano, Peter Ferdinando, Christopher Obi

La comandante Mira Killian ha tenido un «nacimiento» particular. Rescatada de un atentado terrorista donde quedó maltrecha, su cerebro fue transplantado a un cuerpo enteramente artificial que le permite realizar proezas fuera de lo común, incluso en un entorno futurista donde las «mejoras» tecnológicas en seres humanos están a la orden del día. Ahora dirige un comando de la misteriosa Sección 9 del gobierno, centrada en antiterrorismo cibernético, y su último caso es detener a un peligroso hacker que está asesinando a todos los doctores implicados precisamente en el proceso de fabricación de cyborgs como ella misma. No obstante, el encuentro cara a cara con el villano hará que se replantee todo aquello que conoce, incluida su propia identidad.

La versión en imagen real de Ghost in the Shell bebe directamente de los filmes de animación realizados por Mamoru Oshii y otros en los noventa a partir de la saga de cómics de Masamune Shirow, de ahí que las críticas derivadas de su comparación hayan llovido desde mucho antes de su estreno, especialmente en lo referente a la «occidentalización» de los personajes principales y el debilitamiento dramático de todo el fondo filosófico que planteaba la película anime original de 1995.

Poco queda en la versión actual de las diatribas en cuanto a los problemas de identidad social y heterotopias del clásico, y mucho menos de los conceptos de alma y memoria, mente y máquina que plantea la narración original. La versión protagonizada por Scarlett Johansson se entreteje como un thriller de ciencia ficción con una premisa mucho más básica y asequible: atrapar al villano, primero, e intentar comprenderlo, después.

Los interrogantes internos y el trauma dramático de la protagonista son sencillamente verbalizados frente a una taza de té

Y precisamente ahí es donde reside el problema fundamental de la narración. No hace falta incidir en la falta de fidelidad a los referentes para destapar los resquicios de un relato que, cegado quizá por el éxtasis digital, termina por presentar una historia anodina y predecible donde el descubrimiento del villano carece del menor interés, y la resolución de los interrogantes internos que fundamentan el trauma dramático de la protagonista son sencillamente verbalizados frente a una taza de té.

Impresiona, eso sí, el desarrollo visual de la película. Pese a ser pocas, las escenas que juegan a remedar la versión animada de 1995 no dejan, en lo visual, nada al azar, incluyendo la piel —carcasa en esta versión— transparente de la protagonista. La fotografía, el montaje y el desarrollo estético sorprenden en cuanto a la realización y puesta en escena tanto en la recreación del entorno urbano futurista como en el diseño de los androides y las escenas de acción.

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Jackie: la desolación y nada más

A través de esta suerte de retazos, el filme pretende mostrar una representación fragmentaria y cubista de la primera dama más famosa de la historia —con permiso de Melania—.

Jackie

Título original Jackie Dirección: Pablo Larrain Guión: Noah Oppenheim Música: Mica Levi Fotografía: Stéphane Fontaine Reparto: Natalie Portman, Peter Sarsgaard, Billy Crudup, John Hurt Género: Drama

Enmarcado en los instantes previos y posteriores al magnicidio de Kennedy, Jackie se construye a partir de retazos en apariencia inconexos: el asesinato en sí y la organización del funeral; el entierro posterior de los hijos nonatos de la protagonista; el documental que realizó para la televisión enseñando los interiores de la Casa Blanca antes del crimen, y una entrevista novelada con un periodista después de los hechos.

A través de esta suerte de retazos, el filme pretende mostrar una representación fragmentaria y cubista de la primera dama más famosa de la historia —con permiso de Melania—. No obstante, en su afán, realmente la película termina por perfilar las múltiples facetas de una mujer en distintos grados de intimidad y bajo distintas capas de falsedad. Jackie, cigarro en mano, asegura a la prensa que no fuma; niega lo que acaba de pronunciar y escruta con denuedo las notas de los periodistas, cercenando sin conmiseración cualquier atisbo de verdad que pueda filtrarse entre las grietas del retrato que ella misma se ha encargado.

Así dispuesto, la historia reflexiona no tanto sobre la impronta del poder ni el tema femenino como acerca del eterno conflicto entre el espacio público y el entorno privado. Jackie son realmente muchas Jackies: la contumaz esposa que se lanza sobre el capó de un coche para rescatar los restos del cráneo de su marido; la madre que adorna la realidad de la muerte de cara a sus hijos; la escenógrafa preocupada por cuántos caballos llevarán el cortejo fúnebre o hacia dónde orientar la lápida de un Jefe de Estado; la presentadora de televisión empeñada en mostrar al mundo las reliquias de su casa.

El problema es que, más allá de dar vueltas sobre el mismo asunto, la película no aborda nada más. Planteada la tesis del contenido frente a la forma; de la representación frente a la realidad, la narración no se aventura más allá. Jackie entierra a su marido y se marcha a trompicones de la Casa Blanca mientras su sucesora —en un giro melodramático bastante inverosímil— elige el nuevo color de las cortinas. Punto.

Y resulta chocante, cuanto menos, no ya que el guionista y el director hayan decidido mostrar una versión a todas luces novelada de la historia, sino sencillamente que hayan optado por centrarse apenas en un instante de la que sin duda fue una vida tortuosa. Nada hay en el filme del matrimonio privado en la isla de Skorpios con uno de los hombres más ricos del mundo —a quién se dice que no amaba—; nada hay de la extravagancias de sus últimos días, ni de la tormentosa relación con sus hijastros.

En definitiva, un filme de fotografía impoluta e interpretación trabajada que muestra algunas facetas de Jacqueline Kennedy. Pero sólo algunas.

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El Bar: locura fecal

En alguna entrevista, el propio Álex de la Iglesia ha comentado que un bar es como un microcosmos; como una representación terrenal del Universo. Por allí deambulan sin conocerse personajes…

Título original: El bar; Dirección: Álex de la Iglesia; Guión: Álex de la Iglesia, Jorge Guerricaechevarría; Música: Carlos Riera, Joan Valent; Fotografía: Ángel Amorós; Reparto: Blanca Suárez, Mario Casas, Secun de la Rosa, Carmen Machi, Jaime Ordóñez, Terele Pávez, Joaquín Climent, Alejandro Awada, Jordi Aguilar, Diego Braguinsky, Mamen García

En alguna entrevista, el propio Álex de la Iglesia ha comentado que un bar es como un microcosmos; como una representación terrenal del Universo. Por allí deambulan sin conocerse personajes de tan diverso ánima y cariz, que nadie sabe realmente si está compartiendo el café con un asesino, con un terrorista, o con su próxima historia de amor. Y ahí reside, en la metáfora, el verdadero potencial de la película. Representantes de distinto cuño y estrato social se ven obligados a arrastrarse literalmente por la mierda para poder salvarse de un incierto destino.

El argumento está bien presentado ya desde los trailers: un grupo de desconocidos se encuentra en un bar de barrio. Unos están desayunando, otros juegan a las tragaperras y otros sencillamente trabajan allí. De pronto, uno de los clientes muere de un disparo en la cabeza en el momento de abandonar el local. Un operario que acude en su ayuda corre la misma suerte. El pánico y la paranoia se apodera del resto de clientes, que ven atemorizados cómo la policía, en vez de ayudarles, monta barricadas frente al lugar. El agobio, el instinto de supervivencia y el miedo sacará lo peor de todos ellos.

Con una factura visual impecable, como es ya costumbre en la casa, el director Álex de la Iglesia comienza el relato —pergeñado junto a su guionista de cabecera— sosteniendo con trazo fino una historia que está a medio camino entre la comedia y el suspense, con un tono bien llevado a través de diversos «episodios» apuntalados por fundidos a negro. El diálogo restallante del plantel, así como la premisa del relato, traen a la memoria a clásicos del cine de enclaustramiento colectivo, desde La Niebla hasta Diez Negritos. Destacan una sensata Blanca Suárez, cada vez más versátil en distintos registros, y un elocuente Secun de la Rosa.

No obstante, la llegada del último tercio deriva la historia hacia un territorio tan alejado como escatológico. El filme termina rozando el disparate —lo cual bien podría ser, por otro lado, otra marca de la casa—, llevando hasta el extremo a algunos personajes que, en el afán de los narradores por desnudarlos y embadurnarlos con lo peor de ellos mismos, terminan por ser incongruentes al propio cliché que representan, incluyendo el homenaje final, con Suárez cual pija travestida en la Angelina Jolie de los videoclips de los Rolling.

Con todo, el gamberrismo narrativo de De la Iglesia sigue en plena forma. En esta ocasión, además, con cierto fondo crítico con la sociedad, con el sistema, con la humanidad en general… En definitiva, un ritmo apabullante con pirotecnia final para un filme que se deja disfrutar.

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Cincuenta sombras más oscuras: (dis)tensión sexual no resuelta

Tras un lapso de tiempo separados, Anastasia y Christian deciden darse una segunda oportunidad. Él ha hecho propósito de enmienda y ha accedido a dejar sus vicios masoquistas; ella, por…

Título original Fifty Shades Darker Dirección: James Foley Guion: Niall Leonard (novela de E.L.James) Música: Danny Elfman Fotografía: John Schwartzman Reparto: Dakota Johnson, Jamie Dornan, Kim Basinger, Luke Grimes, Eloise Mumford, Max Martini, Eric Johnson, Rita Ora, Victor Rasuk 

Tras un lapso de tiempo separados, Anastasia y Christian deciden darse una segunda oportunidad. Él ha hecho propósito de enmienda y ha accedido a dejar sus vicios masoquistas; ella, por su parte, quiere mantener su independencia económica y su trabajo en una firma editorial. No obstante, los celos, los problemas laborales, las pasadas relaciones de Grey y sus traumas personales suponen, aparentemente, una colección de obstáculos que sólo juntos podrán sortear.

Aunque se ha promocionado como una secuela más atrevida en lo erótico que su antecesora, lo cierto es que la carga sexual de esta segunda entrega no supera en absoluto a la primera, llegando de hecho a ser bastante comedida en numerosos aspectos. Los fans de los libros van a ver sus aspiraciones defraudadas en ese sentido pues, al parecer, son más de uno y más de dos los escarceos sexuales de la novela que el metraje no ha querido mostrar.

Igualmente, la química que ambos personajes emanaban en la película anterior parece haberse disipado en esta. Es sabido que la fuerza motriz de las historias de «tensión sexual no resuelta» reside precisamente en la «no resolución», algo que en esta entrega, como resulta obvio, queda ya lejos de la discusión. Anastasia y Christian terminan mostrándose en ocasiones casi como un matrimonio compenetrado, dialogante y bien avenido, lo cual es sin duda deseable en la vida pero aburridísimo en el cine.

No sólo no hay ningún tipo de conflicto importante entre ellos, sino que incluso los problemas externos o individuales de la pareja se antojan pasajeros e intrascendentes. Los traumas infantiles de Grey se verbalizan a la primera de cambio, dejando de significar un problema para la relación; la presencia intermitente de una antigua sumisa abandonada por el millonario —y aparentemente dispuesta a llevarse a su nueva novia por delante— es rápida y fácilmente neutralizada; y la amenaza del jefe acosador, además de predecible, suena tan exagerada y naíf que se le podría incluso encuadrar dentro del grupo de los villanos de cómic.

Quizá por su ubicación como filme intermedio —se ha rodado a la vez que la tercera parte de la saga, Cincuenta sombras liberadas, que se estrenará en 2018—, lo cierto es que la película promete con su final —y con su escena después de créditos— tramas más interesantes que las que desarrolla. Queda en vilo no sólo el devenir de la venganza del villano, también el conflicto que surge con el personaje interpretado por Kim Basinger, mujer que instruyó a un adolescente Grey en el mundo del sado, y que, como prueba el clásico El Graduado (Mike Nichols, 1967), sí sugiere un asunto que podría ser de calado… si quisieran abordarlo.

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Logan: referentes profundos

Estoy convencido de que muchos leerán esta crítica y se llevarán las manos a la cabeza por la sencilla razón de que no pienso mencionar en ningún punto —salvo este—…

Título original Logan; Dirección: James Mangold; Guión: Scott Frank, James Mangold, Michael Green; Música: Marco Beltrami; Fotografía: John Mathieson; Reparto: Hugh Jackman, Patrick Stewart, Dafne Keen, Boyd Holbrook, Stephen Merchant, Elizabeth Rodriguez, Richard E. Grant, Doris Morgado, Han Soto, Julia Holt, Elise Neal, Al Coronel

Estoy convencido de que muchos leerán esta crítica y se llevarán las manos a la cabeza por la sencilla razón de que no pienso mencionar en ningún punto —salvo este— el precedente comiquero. En lugar de eso, prefiero lanzarme a comentar con mayor ahínco un precedente mucho más lejano y, en mi opinión, más emparentado con el filme: el clásico Raíces Profundas.

Revisada por Clint Easwood en El Jinete Pálido (1985), Raíces Profundas (George Stevens, 1953) narra la historia de una familia labriega que ve como sus pretensiones de prosperidad se ven amenazadas por la acción de un terrateniente y sus matones hasta que irrumpe en sus vidas un misterioso forastero, Shane, del que nada se sabe pero todo se intuye. Será su intervención, procurada fundamentalmente por la amistad que forja con el pequeño de la familia, la que logre dar al traste con las intromisiones del latifundista que aspira a adueñarse de todo el valle por la fuerza.

Se trata de un clásico que contempla todos los elementos naturales del género —la pugna entre la ley civil y la ley natural, el espacio fronterizo…—, y además se atreve a hacer algo virtualmente imposible en la actualidad: deja al espectador completar la historia en base a su propio acervo personal.

Shane es un pistolero que viene huyendo de sí mismo; la esposa del granjero se enamora de él nada más verle; compite sin quererlo en el ideario infantil con la figura paterna de su progenitor, quien encuentra en el extraño no sólo a un amigo sino también a un rival en todos los ámbitos pues es perfectamente consciente de lo que ocurre… y, sin embargo, nada de esto se reafirma en ningún momento, ni se explica, ni se verbaliza. El espectador lo sabe porque es así. Punto.

Raíces profundas aparece citada en Logan al menos en tres instantes. En primer lugar, como propio filme: los personajes lo ven en televisión con marcado ensimismamiento. En segundo lugar, como referente verbal. En una escena sin duda de gran simbolismo e importancia, son los diálogos de la película de 1953 los que toman protagonismo. Y, en tercer lugar, de manera más alusiva pero igualmente evidente: en un episodio concreto que muchos han considerado, según parece, bastante fuera de lugar en la historia de Lobezno. En efecto, durante el segundo acto de la película, Logan, el personaje, será él mismo un forastero que salvará una plantación de la acción de los latifundistas.

Sin embargo, las referencias no quedan sólo en lo obvio. Logan, al igual que Raíces profundas, aborda los temas del hogar, el concepto de familia y la idea de paternidad. El hogar en vías de construcción, como la propia finca de los Starret, en cuya tierra apenas agarran las tomateras entre envite y envite de los hombres del malvado Ryker. La familia perdida, enmarcada en el relato de la no tan indefensa Laura y su afán por llegar hasta las coordenadas donde, según está convencida, aguarda el resto de niños-probeta con los que comparte origen. Y la paternidad, fundamentalmente por el rol que adopta el viejo Logan, personaje que, garras aparte, se ve obligado a compaginar el cuidado de un anciano senil —y potencialmente peligroso— y de una niña que, sea como fuere, lleva su sangre.

A este conjunto de similitudes hay que unir otro aspecto igualmente llamativo del llamado western crepuscular, género al que bien podría adscribirse: la autorefencialidad. Si en Raíces profundas no es necesario más que el plano detalle de un revólver para identificar al pistolero —pues juega con los elementos iconográficos que han conformado el género—, en Logan el juego se lleva a cabo desde una perspectiva obvia —mismos actores, semejantes personajes, escenas de garras y zarpazos por doquier— y desde otra más metareferencial: en el filme, los cómics de los X-Men juegan un importante papel dentro del relato (aunque no fueran originales).

Sin embargo, homenajear un clásico no implica que se trate de una buena película. El filme dirigido por Mangold ha tratado pretenciosamente de enarbolar una forma de discurso más trascendental que la de sus precedentes equismeniacos, pero sin renunciar a los aderezos y refritos habituales en la saga. Una vez más, los villanos no tienen razón de ser; la violencia gratuita y sangrienta copa largas fracciones de la película; la historia se presenta vacua y apenas entrelazada con dos hilvanes, y los personajes, pese al intento, no dejan de ser en su esencia los clásicos clichés de toda la vida.

A pesar de lo hermoso de la propuesta, y a pesar de sus indudables logros en cuanto a la revisión tanto del personaje como de la propia saga, hay tan poco de Sin Perdón como de Luna de papel o León El Profesional, y es una lástima, porque sin duda han quedado muy cerquita de lograrlo.

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Manchester frente al mar: Navegantes de la vida

La tragedia de la muerte tiene un sentido paradójico: afecta más a quienes no la sufren en primera persona. Manchester frente al mar narra la dolorosa vuelta de un hombre…

Manchester frente al mar, manchester by the sea

Título original Manchester by the sea Dirección y guion: Kenneth Lonergan Música: Lesley Barber Fotografía: Jody Lee Lipes Reparto: Casey Affleck, Michelle Williams, Kyle Chandler, Lucas Hedges, Tate Donovan, Erica McDermott, Matthew Broderick

La tragedia de la muerte tiene un sentido paradójico: afecta más a quienes no la sufren en primera persona. Manchester frente al mar narra la dolorosa vuelta de un hombre desgraciado al mundo de los vivos. Herido y roto por dentro, la responsabilidad y la deuda moral adquirida supondrán una expiación y una enseñanza personificada en una mortaja que, caprichos del destino, no podrán enterrar hasta que termine el invierno.

Joe es un hombre sencillo, íntegro y respetado en su ciudad. Una dolencia cardiaca ha sentenciado su existencia a unos pocos años de vida, por eso su fallecimiento, aunque trágico, era más o menos esperado por todos. Ha dejado un hijo adolescente y un barco que, como él, tiene las millas contadas por problemas en el motor.

Cuando Joe pasa a mejor vida, su hermano, llamado Lee, abandona temporalmente su trabajo como chico de mantenimiento para encargarse de todos los trámites del entierro. Para ello, se ve obligado a regresar a su pueblo natal, de donde marchó huyendo después de que una cruenta tragedia diera al traste con su familia y, al menos en sentido figurado, con su propia existencia. Deseoso de escapar otra vez y regresar a su nueva ciudad y a su nuevo y anodino trabajo, Lee quiere solucionar todo lo referente al sepelio lo antes posible. Sin embargo, en el testamento, Joe lo nombra único tutor de su sobrino adolescente, que no quiere por nada del mundo cambiar de vida ni alejarse de sus amigos, ni muchos menos malvender el ajado barco de su padre.

Kenneth Lonergan escribe y dirige con trazo contenido y sosegado un relato trascendental. El protagonista, que además de su trauma personal arrastra la deuda moral hacia el hermano que —casi literalmente— le amuebló la existencia, tiene ahora que enfrentarse a los monstruos y errores de su propio pasado para lograr sacar adelante a un adolescente que, según se deja claro desde los primeros acordes, no tiene a nadie más en el mundo —aunque tampoco parece importarle—.

Además de la narración, valiente, discreta, cotidiana y salpicada de elementos tanto simbólicos como llenos de humor negro, el gran punto fuerte de la obra es sin duda la magnífica interpretación de Casey Affleck, hermano pequeño tanto dentro de la pantalla como fuera de ella, que deja transpirar toda la fuerza del relato a través de una coraza maltrecha.

Resuelto a cumplir la última voluntad del hermano ausente, el descarriado deberá convertirse en guía de su ahijado para conseguir que pueda —de nuevo casi literalmente—, navegar solo en la vida.

Manchester frente al mar es un filme realmente necesario e inexcusable cuyo único punto flaco quizá sea lo sobrevenido de la resolución final.

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La Bella y la Bestia: pusilánimes princesas y peluches digitales

Por todos es sabido que el clásico de Disney La Bella y la Bestia, de 1991, no sólo supuso un espaldarazo en taquilla para la firma sino que además vino…

la bella y la bestia, emma watson

Título original: Beauty and the Beast. Dirección: Bill Condon. Guión: Stephen Chbosky, Evan Spiliotopoulos (Novela: Jeanne-Marie Leprince de Beaumont) Música: Alan Menken. Fotografía: Tobias A. Schliessler. Reparto: Emma Watson, Dan Stevens, Luke Evans, Emma Thompson, Ewan McGregor,Ian McKellen, Kevin Kline.

Por todos es sabido que el clásico de Disney La Bella y la Bestia, de 1991, no sólo supuso un espaldarazo en taquilla para la firma sino que además vino a confirmar un avance tanto en lo técnico como en lo narrativo en el que muchos han querido ver el inicio de una nueva etapa dorada de la casa de animación. Tal vez por ello, la adaptación en imagen real realizada ahora, veintiséis años después, debe total y absoluta reverencia a la pieza original.

El filme dirigido por Bill Condon prácticamente copia plano por plano su precedente, apenas introduciendo algunos insertos orientados a ampliar los trasfondos dramáticos de los protagonistas. La música es la misma, las canciones son iguales, y hasta las coreografías y demás aspectos de puesta en escena parecen calcados. No obstante, la película en su conjunto no alcanza al original.

Según han declarado tanto el director como la protagonista en distintas entrevistas, la pretensión ha sido, parece, la de remozar la obra un punto más feminista. El resultado, sin embargo, no termina de corresponder con el objetivo, tanto quizá por el fondo de la historia literaria o por el referente inmediato de 1991: los personajes en esta siguen ciñéndose al cliché; los roles de género siguen siendo los tradicionales, y la protagonista se sigue enamorando de su grosero carcelero nada más comprender que, debajo de tanto pelo, es un intelectual como ella.

El filme renquea con las interpretaciones de los actores principales. Emma Watson, pese al esfuerzo, ha terminado perfilando a una princesa un tanto pusilánime e inexpresiva mientras que él, un irreconocible Dan Stevens, presta la percha a una Bestia digital de pobre acabado y escasa «bestialidad», pareciendo más un peluche de ojos azules que el terrorífico monstruo que pretende ser.

Salvan la papeleta los secundarios, quienes realmente parecen sufrir el conflicto más potente de la historia.

Salvan la papeleta los secundarios, quienes realmente parecen sufrir el conflicto más potente de la historia. Hechizados todos junto con su señor —al parecer, como pena por la omisión en su educación cuando era un infante—, están condenados a ser piezas vivientes de orfebrería hasta que caiga el último pétalo de una rosa encantada. Entonces se esfumará de ellos todo hálito de vida —la Bestia continuará siendo tal—, y perderán toda posibilidad de reencuentro quienes se aman, muriendo en efecto hasta el pequeño Chip, la procaz tacita de café.

El filme juega en taquilla la baza de la nostalgia, y probablemente sea capaz de juntar en las salas a los treintañeros que recuerdan el original con los veinteañeros que crecieron con Hermione Granger… pero no sabemos si gustará a los demás.

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