Bueno, ya que parece haber pasado la ola de críticas y vítores hacia la ceremonia de entrega de los Goya me siento con libertad como para desfogarme a fondo con el temita. De entrada, debo decir que me parece muy mal. Pero que muy mal. Y no me refiero a que se utilice la tribuna de los Goya para hacer manifestaciones políticas —con más o menos acierto, con mayor o menor necesidad, la verdad es que cualquiera puede expresar lo que le dé la gana, aunque quede cateto—. No. Mi repulsa es a los premios en sí. ¿Para qué queremos unos Goya?

Me da mucha lástima. Sinceramente. No sé qué necesidad tenemos de flagelarnos de esta forma. ¿Unos premios a la industria cinematográfica española? ¿Pero qué nos hemos creído? De entrada me suena bastante fuera de lugar. Los franceses hacen menos ruido con sus César, y eso que son la cuna del cinematógrafo, de la cinemateca, de las revistas de cine —solo Cahiers es un argumento de peso— enseñan cine en las escuelas, financian el cine nacional con los beneficios de la taquilla extranjera, inventaron la Nouvelle Vague… ¿Nosotros? Baste buscar nombres como Rollin o Lahaie para darnos cuenta de que no hemos inventado ni el Destape.

Nuestros Goya son una copia —bastante deprimente después de haber visto ambas galas de entrega— de los premios de la industria estadounidense. ¿Acaso nos creemos que se puede comparar? ¿Acaso nos creemos siquiera que tenemos una «industria» cinematográfica? Si la respuesta fuera positiva, como parecen creer algunos, podríamos proceder a contrastar. Busquemos ejemplos: después de 85 entregas, el director que históricamente más Oscars acumula es John Ford. El director de cine español que tiene más Goyas es Amenabar. Ford, después de 50 años de trabajo —empezó en el cine mudo— y más de 140 películas dirigidas acumuló 4 estatuillas. Amenabar lleva 9 Goyas, aunque en diferentes apartados. Los actores que más Oscars han obtenido a lo largo de toda su historia son Jack Nicholson (76) y Daniel Day-Lewis (56), ambos con tres. El actor que más Goyas ha logrado a lo largo de nuestra historia —veintisiete años— es Javier Bardem (43) con cinco —más otros dos que tiene como productor—. La actriz viva con más Óscars es Meryl Streep, con tres. Exactamente el mismo número que Goyas tiene Candela Peña. ¿Soy yo, o es un poco raro? Quiero decir, ¿es que en nuestra industria no hay más directores o actores? ¿por qué siempre ganan los mismos? Y eso que Amenabar y Bardem son precisamente director y actor que también han ganado algún Oscar —Almodóvar no tiene ningún Oscar como mejor director—. ¿Es comparable Nicholson a Bardem? Les invito a preguntar al profesor Michi Huerta (@michihuerta) si se puede comparar a Amenabar con Ford —discúlpenle el exabrupto que les suelte—.

Tradicionalmente somos un país de buenos festivales de cine. El Festival de San Sebastián o la Seminci empezaron sus ediciones en los años cincuenta. Sitges se remonta a los sesenta. Quiero decir que tenemos buenos festivales internacionales con solera y prestigio. ¿Por qué arruinarlo con unos Goya tan mediocres que no hacen sino poner de manifiesto la pobreza de nuestra industria, la dependencia de las subvenciones estatales y la irrisoria falta de iniciativa y liderazgo como empresa cultural? Ya puestos, podrían dejar que dieran los premios representantes de ALMA, para que así tuvieran tribuna para proclamar públicamente que en nuestro país no se paga a los guionistas y terminar de airear nuestras vergüenzas.

Con todo, en España hay excelentes directores, actores, actrices y profesionales del cine. Con trabajo, subvenciones, y más mal que bien, logramos sacar algunas películas buenas cada año. ¿Por qué no potenciarlas, promocionarlas, y exhibirlas por el mundo para que abanderen el buen cine español, en vez de autoconcedernos unos premios cada vez más desprestigiados, enturbiados por la política y que no parecen sino algún tipo de compensación para consolar nuestros propios complejos?