2014. Showtime. Guionista: John Logan Reparto: Josh Hartnett, Timothy Dalton, Eva Green,  Reeve Carney, Rory Kinnear

2014. Showtime. Guionista: John Logan
Reparto: Josh Hartnett, Timothy Dalton, Eva Green, Reeve Carney, Rory Kinnear

Penny Dreadful tiene como único creador y productor ejecutivo a John Logan, guionista de —entre muchas otras— las últimas películas de James Bond; la produce Sam Mendes, director —entre otras— de la última de James Bond, y además cuenta en el reparto con un ex James Bond y una ex «chica Bond». Por eso quizá llame la atención que se trate de una serie de terror gótico ambientada en el Londres victoriano, y que además tenga una lectura más profunda de la que se puede intuir de un producto de género que combina a todos los monstruos de la Hammer. Ya hablamos en su día de cómo Juan Antonio Bayona, director de sus dos primeros episodios, había logrado devolverme la fe en la artesanía de un oficio que hasta entonces consideraba más bien de gerente. Ahora, llegado el final de su segunda temporada —en la emisión original— toca hablar de las capas del relato que propone una pieza en absoluto trivial, aunque su género y su temática pueda invitar al desparrame.

Desde una perspectiva superficial, Penny Dreadful no es más que una historia de brujas y monstruos. La segunda temporada retoma el hilo de la trama demoníaca de la primera e introduce a la villana —ya presentada por Bayona en sus capítulos— de Madame Kali (magnífica Helen McCrory) y su aquelarre de brujas en pelotas. El motivo sobre el que gira toda la trama no es otro que la posesión —reposesión, diría— de Vanessa (Eva Green), objeto de deseo del mismísimo Lucifer. Mientras la pandilla de monstruitos trata de descifrar heurísticamente la lengua maldita del Diablo para salvar a Vanessa de sus garras, las malvadas brujas irán tejiendo una trampa en la que enredarán a unos y otros a través de inquietantes maniquíes de voodo.

Esta trama, básica y sencilla en todos los sentidos, está retratada, de hecho, a retazos y sin demasiado esmero. Unas cuantas incursiones, unos cuantos sortilegios y varias imágenes espeluznantes —el momento en que asesinan a un bebé para meter su corazón en un maniquí de madera es francamente inquietante—, pero poco recorrido. Tanto el guión como la producción saben que lo más importante, lo más jugoso del relato está en la lectura más profunda de la serie y de cada uno de sus personajes; de las subtramas de relación y, sobre todo, de los conflictos internos que afloran en cada secuencia.

Porque Penny Dreadful es una obra acerca de la identidad o, más concretamente, del rechazo a la propia identidad. ¿Qué pasa cuando el monstruo descubre que es, efectivamente, un monstruo? ¿Qué sucede cuando uno se da cuenta de que no encaja en ningún estamento, no ya de la sociedad, sino de la completa obra de Dios? En Penny Dreadful todos y cada uno de los personajes sienten aberración por sí mismos, tratan de huir de sí mismos y, como es de esperar, terminan por encontrarse consigo mismos en un enfrentamiento inevitable.

Ethan Chandler, monstruo a la luz de la luna

Penny Dreadful
Creo que no se desvela nada a estas alturas si expongo a las claras que Ethan es un hombre lobo con todas las de la ley. Ya se intuía en la primera temporada —desde el primer capítulo, de hecho, cuando Bayona nos mostraba con sutileza que el personaje tenía un reloj con calendario lunar impropio de la época—. Se desvelaba en el último episodio de la anterior temporada. En esta segunda tanda acompañamos al joven norteamericano en su diatriba diaria. No sólo es perseguido por los esbirros que ha mandado su padre, sino que además tiene a Scotland Yard pisándole los talones por los crímenes que ha cometido su otro yo en su forma bestial que, a la sazón, le producen un hondo conflicto personal. Chandler rechaza su condición hasta el punto de estar dispuesto a quitarse de en medio a la mínima mientras vaga por el mundo como pistolero a sueldo. Serán las brujas quienes, mitad por admiración, mitad por ganárselo a su causa, le descubren el importante papel que tiene que desempeñar según los planes que profetizan los escritos diabólicos.

Dr. Victor Frankenstein, el monstruo condenado

Penny Dreadful
Frankenstein es un alma en pena condenada a un purgatorio en vida por haber osado transgredir las leyes de la naturaleza. Si la amenaza de su primera criatura no fuera condena suficiente, ahora además sufre un mal mucho mayor: de Prometeo ha pasado a Pigmalión, se ha enamorado de su propia obra. El conflicto del joven y audaz doctor se agudiza en cada escena, al tiempo que el personaje se vuelve cada vez más hermético y silente. Su pugna de amor se encontrará de frente, no sólo con la presencia omnisciente del monstruo original, acreedor del encargo de una mujer a su medida, sino con la irresistible irrupción del apuesto Dorian Gray que, como ya se sabe, no le hace ascos absolutamente a nada. Su caída en la drogadicción es sólo una cuestión de tiempo.

John Clare, monstruo a su pesar

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Clare recita poemas de memoria con su rostro contrahecho y su corpulencia avasalladora. Es un hombre educado, culto y noblote a pesar de las apariencias y de la suciedad que arrastra consigo. Al comienzo de la temporada sus modales le permiten encontrar un trabajo más o menos decente en un museo de cera regentado por un patrón que parece honrado; un empresario que, aunque quiere explotar el morbo de la sangre y las atrocidades de los crímenes más escabrosos —los crímenes de Chandler, de hecho—, vive honradamente con su esposa tacaña y su hija ciega. Mientras limpia y ordena el museo-taller, Clare sufre, como todos, los males del amor cuando ve que su novia prefabricada prefiere los arrumacos de otro. Pero eso no deja de ser un mal menor en comparación con el trauma que arrastra. Clare es un monstruo, lo sabe y no quiere aceptarlo. Él quiere ser poeta. Sin embargo, la sociedad no hace más que recordarle a cada instante su verdad; no hace más que sacar de sí toda la furia que lleva dentro. Resulta sublime esa escena final en la él, consciente de que con la fuerza de una sola mano puede romper el cielo, trata en vano de apelar a la diplomacia hasta sus últimos límites.

Sir Malcolm Murray, el monstruo humano

Penny Dreadful
A Sir Malcolm le ocurre algo parecido a todos los anteriores: de una forma o de otra, los fantasmas de su anterior vida le atormentan sin descanso. Afanado, como siempre estuvo, por la caza de la bestia, terminó confinando a su propia familia en trajes a medida de madera de pino. Sólo le queda un amigo fiel, sólo uno —Vanessa es una protegida—; por eso el desenlace de esta tragedia resulta especialmente emotivo. Malcolm Murray está tratando constantemente de ser el caballero al que el título y el nombre parecen obligarle. En otras circunstancias probablemente habría encontrado la felicidad en un arrabal portuario con cualquier meretriz con la que compartir botella. Pero nobleza obliga. El Sir está condenado a tratar por cualquier medio de reparar las heridas abiertas por su inconsciencia y su egoísmo pasados. Sus hijos lo claman desde la tumba, y su malograda esposa lo recuerda en cada aparición. Por eso adoptará a Vanessa y a Sembene como su única familia. Y por eso el miedo a defraudarles será el peor castigo que pueda llegar a sentir.

Dorian Gray, monstruo orgulloso

Penny Dreadful
Cuando vemos por fin el cuadro con el retrato de Dorian encontramos un cuerpo deforme y corrompido, casi como un Gollum victoriano. Cualquiera, al verlo, sentiría pavor o repugnancia, o ambas cosas a la vez. Sin embargo él, al contemplarse, lo hace con cierto orgullo. El aire de mofa de su rostro hacia su verdadera identidad al tiempo que pisotea al travesti que se ha trajinado esta noche lo hace patente. Si en la primera temporada Gray era tan sólo un hedonista entregado a los placeres, en esta segunda, en cambio, demuestra ser directamente un psicópata sin más afán por la vida que exprimir de ella cuantos orgasmos pueda proveerle. En su última intervención baila con parsimonia mientras riega el suelo de su gran salón con su propia sangre y la de su amante en lo que es, a toda luces, el éxtasis necrófilo.

Vanessa Ives, el miedo al monstruo interior

Penny Dreadful
Vanessa es el eje sobre el que pivota toda la serie. Buena parte de la primera y desde luego toda la segunda temporada se erigen sobre su personaje. Su condena es haber sido elegida por el mismísimo Diablo como su favorita por eones. Esto la convierte en bruja casi por derecho de nacimiento, y le otorga una serie de poderes que ella no hace más que rechazar de forma constante. Su drama es abrazar una religión que, a la larga, termina por provocarle más quemaduras que consuelo. La escena final, cuando ella termina sucumbiendo en parte al sortilegio con la esperanza de ser más fuerte que él, en este sentido, adquiere una connotación draconiana: Vanessa abandona la luz —sí, por eso las apaga— y quema su naves; acepta los regalos del demonio para emplearlos contra él… como si eso fuera posible.

Y Lily

Penny Dreadful
Pero de todos, el motivo principal para ver esta segunda temporada es Lily, la creación que realiza Frankenstein a partir de los restos del cadáver de Brona y que se convierte en eclosión de todas su obras anteriores. Lily es una criatura recién renacida, aparentemente, del limbo del olvido y sus ademanes son los de una niña pequeña encerrada en el cuerpo recosido de una mujer. Imposible no entenderla cuando, atemorizada por los rayos que ya en su momento le devolvieran la vida, corre presurosa a la cama de su creador. No obstante, y no quiero desvelar nada, no será todo tan inocente como parece. La construcción de este personaje me parece la mejor cuidada y presentada de todas, desde la puesta en escena hasta incluso la elección del nombre —Lily, Lilith, primera mujer de Adán anterior a Eva…—. Junto con la bruja malvada y la adopción del mundo oscuro por parte de Vanessa todo parece indicar que la tercera temporada, cuando llegue, tendrá un notable protagonismo femenino. Súcubos del abismo emancipados frente a hombres acomplejados de su identidad. No me negarán que no se antoja una lectura interesante.