Se cuenta que en el principio de los tiempos una Eva convenció al resto de la humanidad para que comiera del fruto prohibido. ¿Podrá ahora otra Eva convencernos de que nos embarquemos en una serie tópica hasta decir basta?

Penny Dreadful se ambienta en el Londres victoriano y con eso ya está dicho todo. O debería. Parece que no hay una época y un lugar más característicamente literario; más veces adaptado y más flagrantemente socorrido. Casi se podría decir que el victoriano es un periodo que, sencillamente, todavía no ha terminado. Al fin y al cabo la reina Victoria supo enlazar a su prole con todas las casas reales que regían en Europa en la época y que, a la sazón, siguen teniendo su impronta en el viejo continente —como la nuestra, de hecho—. ¿Es muy descabellado afirmar que seguimos en esa ola?

Quizá lo más intrigante y llamativo del periodo sean los villanos literarios y no tan literarios que surgieron en su seno. A diferencia de los serial killers psicopáticos que surgirían en el siglo posterior, y a diferencia de las aberraciones moralizantes que traería consigo el slasher —entiéndase los Freddy Kruegers, Mike Myers y compañía de la factoría estadounidense—, los villanos victorianos tenían esa dualidad entre monstruo y aristócrata culto que sólo quizá Hannibal Lecter ha podido revivir en la actualidad con cierta independencia. Al conde Drácula se unen eminencias científicas como los doctores Frankenstein, Jeckyl/Hyde, o el verídico Destripador —pues todo parece querer apuntar que pertenecía a este colegio—. Cultura y ocultismo; estratos elevados de la sociedad que se sumergen en las simas abisales de la demencia; la dualidad entre las apariencias y la realidad que tan bien supo plasmar Wilde en su única novela… ya saben: el Londres victoriano su moral ambivalente. ¿Hace falta decir más?

Bueno, pues Penny Dreadful nos lo trae todo en un surtido bien completito donde no falta tampoco el pistolero del far west o el explorador de flema británica bien pertrechado en su manor house, su hall o su castle. Ea. Todo junto y entremezclado. Tutti frutti. Reconocerán al doctor Frankenstein; se dejarán seducir por un hedonista Dorian Grey; Drácula hará alguna que otra aparición con su amada Mina, y así hasta resolver los crímenes del viejo Jack o disfrutar de los macabros espectáculos que promovía Oscar Méténier en París y que no han tenido inconveniente de trasladar a la capital británica, no sabemos todavía por qué. Todo ya contado. Todo ya visto. Bueno… todo, excepto Eva.

[Tweet “La única «musa de Bertolucci» que también es «chica bond»”]

El personaje de Vanessa, interpretado por Eva Green es, quizá, uno de los pocos que parecen no tener un apoyo trascendental en el bagaje literario del XIX —o al menos yo no he sabido encontrarlo—; y uno de los pocos de la ficción que es capaz de decir muchas cosas sin abrir los labios. Y tal vez ahí esté el verdadero reclamo, el verdadero motivo para sumergirnos en la propuesta. Sí, Eva, y no se lo tomen a la ligera: es la única mujer que puede lucir con orgullo las etiquetas de «musa de Bertolucci» y «chica bond» sin sonrojarse. ¿Puede el magnetismo de la francesa seducirnos lo suficiente como para que aceptemos una propuesta que parece no tener ni pies ni cabeza? La acompaña Josh Hartnett y Timothy Dalton —mira, un James Bond—, el guión lo firma John Logan —guionista de… sí, de las últimas entregas de James Bond— y la produce Sam Mendes —y sí, director de las últimas de James Bond, casualidades…—

Mientras se deciden pueden irse dejando convencer por una ambientación magnífica, una fotografía más que sugerente, una promesa de erotismo del morboso, la dirección de Bayona —los dos primeros capítulos, no se me alteren—, y una chispa del terror gótico de insectos, vampiros, y crucifijos invertidos. El primer episodio se emitió anoche en Showtime, aunque ya llevaba bastante rondando por Internet por mediación del propio canal, que lo lanzó a la red en abierto como reclamo para cazar frikis. Y puede que lo hayan conseguido con la mezcla de claroscuros, cartas de Tarot y escenas de acción de ritmo endiablado donde matamos vampiros a balazos al más puro estilo tarantinesco. Ya se lo he advertido: una mezcolanza, pero con Eva Green. Lo dejo en sus manos. Yo ya he mordido la manzana.♦